Por Javier Pardo de Santayana

(Barrio. Acuarela de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)
Una de las ventajas de vivir en una urbanización como la mía es que me permite vivir la vida de un pueblo. Un pueblo todavía de verdad, aunque en los últimos dos, o como mucho, tres años – el tiempo pasa ahora tan deprisa que me hace dudar incluso de eso – se le hayan instalado ya hasta cuatro supermercados de categoría. Hasta entonces lo único que teníamos eran – perdonen la aparente contradicción – dos pequeños súper, uno de los cuales, aun existente, responde al nombre de «la Nevera». Ya pueden imaginar el frío pelón que hace allí en invierno…
Pues bien, a pesar de los aires de modernización que por aquí corren y que ciertamente son de agradecer en la medida que nos facilitan la vida, el pueblo sigue siendo un remanso de paz si lo comparamos con la gran ciudad que asoma allá en el horizonte, con el ostentoso «pirulí» y las altas torres metálicas de Florentino. Aquí se valora, sobre todo, el entrañable encanto de la sencillez, la prioridad de la tradición y la ingenuidad del disfrute «low-cost». Amén, naturalmente, de lo que cunde el tiempo; lo que da de sí, por ejemplo, media hora, tanto que en ese plazo puede uno visitar todos los supermercados en busca del mejor precio, comprar el periódico y pasarse por la farmacia. Y aún le sobrarán unos minutos. Aunque si ha de acercarse a correos, eso es ya otra cosa, porque las colas son largas sobre todo desde que para echar una simple carta hay que pasar por la oficina.
Para ir a misa uno puede elegir entre dos parroquias a las que llegará en cinco o diez minutos cualquiera que sea la que uno escoja, y que corresponden a la parroquia de la urbanización – moderna – y la de siempre, o sea la del pueblo, cuyo nombre no puede ser más expresivo: Nuestra Señora de la Antigua. O sea que según vaya uno a ésta o a aquélla encontrará un ambiente de espiritualidad distinto, una distinta expresión del amor de Dios. Hasta los párrocos mostrarán la diferencia de sus respectivas parroquias aunque sólo en su edad y porte, que no en su compartido entusiasmo pastoral. Luego, dándose un paseíllo bajo la agradable sombra de los árboles, podrá uno acercarse por un largo camino hasta el Calvario, cuyas piedras antiguas se asoman desde el siglo XVII al inmenso valle del Jarama. Todo esto a pie y con el atractivo regalo del silencio.
Ciertamente, desde el alto escalón en el que nos asentamos no nos resultará difícil disfrutar de una posición dominante sobre la región. Hacerlo desde el Calvario es, sí, una buena forma de conseguirlo, pero no la única, porque aún nos quedará la gran plataforma del Llanomonte, que es por donde nosotros solemos entrar y que pronto se adornará con el doble seto de adelfas rojas que acoge al visitante. Desde la amplísima altiplanicie se puede vislumbrar la ininterrumpida sucesión de cumbres que enlaza Gredos con Somosierra pasando por Hoyo de Manzanares, la Bola del Mundo y el espolón de La Cabrera – todo un espectáculo – y abajo, el esplendor del valle, el vértice San Pedro y aun los contornos de la gran urbe, liberada por la distancia de los ruidos, las prisas y los olores cotidianos. Y por entre los pinos que crecen al pie del imponente observatorio, los cientos de pequeñas casas que salpican el paisaje de sabrosas notas de color.
Luego, si se nos ocurre mirar discretamente hacia atrás, descubriremos, más allá de la Residencia de La Buena Moza – qué buen nombre éste para un pueblo de rancias raíces castellanas – un mar de ondulantes encinares que ofrecen refugio a los corzos y jabalíes que a veces se asoman tímidamente para echarnos un vistazo.
Claro está que el pueblo son, sobre todo, esas gentes de siempre a las que vamos conociendo poco a poco, pausadamente como todo lo que por aquí se hace: las chicas que nos venden el ABC, el relojero que cierra los lunes, las cajeras de los súper, que recalaron allí después de vendernos otras cosas en otro sitios, los empleados y concejales del ayuntamiento, la jefa de correos, los dueños de ese bazar al que recurríamos en última instancia y que conocemos como «El Corte Inglés», las farmacéuticas, al empleado de la gasolinera… Más nos cuesta, en cambio, ligar con los chinos que pusieron aquí dos bazares a todo plan.
Nuestro conocimiento de la gente de aquí viene de hacer la compra y de las pequeñas gestiones, de cruzárnosla por la calle, de las esperas en el centro de salud – que, no crean ustedes, hasta tiene un helipuerto de cuando las vacas gordas -, y, sobre todo, de la Parroquia, principal elemento socializador de estos lugares todavía híbridos de pasado y presente. En cambio cada día tropezamos menos con los pastores que llevan a sus rebaños por las antiguas cañadas que se confunden con nuestro itinerario. Yo, desde luego, les echo de menos aunque aún les siga viendo por las laderas de cuando en cuando, como echo de menos también, sobre todo, a aquellos cazadores que hace apenas nueve años salían en guerrilla con galgos y escopetas desde el camino del pozo levantando liebres por los sembrados aledaños.
O sea que, aunque aún subsiste ese silencio propio de estos pagos que tanta tranquilidad nos proporciona, de aquellos tiempos de antes ya casi sólo nos quedan las cigüeñas, que esas sí son del pueblo de toda la vida y se resisten a dejarnos incluso durante las fiestas, cuando los cohetes ya no las dejan ni dormir. Prefirieron, como siempre, la torre de la iglesia al alto silo, tan característico sin embargo de este pueblo, que el municipio convirtió en edificio multiusos, eso sí con la bandera de España en todo lo alto. Que en esto no cabe poner reproches a un pueblo que, como el nuestro, nos recibe con ella presidiendo, desde la paz de los olivos repetidos, el homenaje a las víctimas del odio terrorista.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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