Por José María Arévalo

(Acuarela de Antonio Solera en antoniosolera. blogspot.com)(*)
Cuando un amigo se va, es enormemente difícil para un periodista escribir algo de él sin entrar en detalles íntimos. No he sido capaz de colgar aquí unas líneas que reflejaran mínimamente la gran admiración que siento por mi amigo Satur, Saturnino Lorenzo, que se nos fue al cielo tras un largo camino de sufrimiento del que nadie le oyó quejarse, ni decir un ¡ay¡. Me ha resuelto el problema Jesús Fonseca, que ha publicado sobre Satur, en su columna de El Adelantado de Segovia, “El bloc del gacetillero”, el pasado día 8, un magnífico artículo con el que me confirma sus dotes de gran periodista. Así que para cubrir esa laguna de periodista emotivo y jubilado, me permito hacer mías sus palabras, que a continuación reproduzco.
Se titula “Palabras para Satur”, y reza: “No era esa bondad -tan natural en él, por cierto- su máximo valor. Tampoco su firmeza de convicciones y voluntad firme y participativa sus más destacadas cualidades. Su verdadera valía era su sentido hondo de la amistad. Quiso bien y supo demostrarlo. No fue de esos amigos que te hacen prisioneros de su círculo, sino que acrecientan tu libertad. Y no se olvidaba nunca de ti, aunque tú pudieras olvidarte de él. Tenía, también, el gusto por las pequeñas cosas. El valor de lo pequeño. Tal vez porque alguien le enseñó desde muy crío que «no hay papel pequeño cuando un actor es grande». A Saturnino Lorenzo, buena gente por dentro y no sólo en apariencia, lo trató y quiso toda la profesión periodística de Castilla y León. Además de contribuir a levantar la Agencia de Noticias ICAL en sus difíciles comienzos, dirigió la Oficina de Información del Opus Dei. Y lo mejor de todo es que lo hizo sin hacerse notar. Desde la disponibilidad. Poniéndose siempre en la piel del otro. Sin tratar de imponer nada o convencer de nada. Con una respuesta sincera y una palabra cordial, amable, generosa.
Lo cercano marcó su vida. Se notaba que disfrutaba con lo que hacía. Que sabía saborearlo y así ser feliz. Saturnino -todos le llamaban Satur, pero para mí fue siempre Saturnino- fue cuerpo a cuerpo por la vida, como una de esas personas que son capaces de hacerlo todo sin que parezca que han hecho nada. Menos lamentaciones y más quehaceres. Éste podría haber sido su santo y seña. La muerte le ha sorprendido con las manos llenas, repletas del bien realizado en su vida corriente y moliente. Alguien tuvo el acierto de colocar al pie de su ataúd, en la Capilla ardiente instalada en su casa -donde su familia lo cuidó con inmenso cariño hasta el mismísimo instante de cerrarle los ojos-, un centro de flores con una cinta en la que podía leerse: «pasó haciendo el bien», que es decirlo todo de una vez”.
Gracias Jesús, así era Satur. Le echaremos de menos, aunque sabemos que nos estará ayudando desde el cielo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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