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Desde mi observatorio en verano. Regadío

Tres foramontanos en Valladolid 21 Jun 2012 - 07:36 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Canal. 2001. Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)

El valle del Duero a la altura de la Dehesa de Peñalba “la Verde”, es un inmenso acuífero. Sea cual fuere el lugar donde se perfore el suelo, antes de los cinco metros de profundidad el hallazgo de una importante vena de agua es segura. Así pues, y por su fuera poco que el canal del Duero la atraviese de alto en bajo a lo largo de cinco kilómetros, el padre Duero la ciñe como límite durante otros seis. Un tercio al menos del terreno limoso de la Dehesa, es, así, de regadío. Y eso, con tan solo levantar las trampillas que jalonan el recorrido del canal. Más o menos en el punto medio del curso del mismo, la casa del vapor alberga una potente bomba de agua que accionada antaño a vapor-hoy motor eléctrico- vierte un caudal inmenso de agua sobre el depósito en alto del que parte el gran “almorrón” que la distribuye a gran velocidad hasta el postrer confín llamado Portillera. Entrada, como su nombre indica, a la propiedad familiar.

Por si no fueran suficientes las bendiciones del agua en toda la extensión de “la Verde”, otra elevación, ésta en el río, hace que el calificativo le cuadre, porque lo es. Verde en cualquier punto del gran uso que reverbera en verdores vista desde mi observatorio. Cuando “la calor” del verano aprieta, y en algún punto elevado tiene difícil acceso el agua del río o canal, con un mínimo de obra, el pozo oportuno, soluciona con creces el problema.

Así pues la Dehesa de Peñalba “la Verde”, es -¡ay, era!- una explotación agrícola-ganadera, totalmente de regadío. Si hasta el presente centré la atención en la Dehesa cerealista, es momento de rectificar. A pesar de ser el cereal (trigo o cebada) el rey de los cultivos castellanos, hay -hubo- otros diferentes en la Dehesa que se llevaron la palma.

Antes de que Carolus tuviera uso de razón, los renteros a los que los abuelos cedieron su explotación, extrajeron de las tierras mollares de regadío y calidad más que aceptable, grandes cantidades de remolacha azucarera, que endulzó durante lustros la España herida. Tanto fue así y tal la cantidad de raíz producida año tras año ininterrumpidamente, que las tierras quedaron poco menos que esquilmadas.

Vuelta la explotación a manos de los propietarios, fue precisa la introducción de cultivos que restituyeran a las tierras, los principios de fertilidad extraídos por las remolachas durante años de forma indiscriminada con solo fines rápidamente lucrativos. Necesidad que me pete resaltar tenía pocas, aunque necesarias, ventajas y múltiples inconvenientes.

Informo al lector, por si no lo sabe, que las leguminosas en general aportan al terreno gran cantidad de nitrógeno fácilmente asimilable, que se concentra en los nódulos de las raíces de este cultivo. Durante varios años de la posguerra, los llamados del hambre por la excepcional sequía padecida y de muy pobres cosechas, la Dehesa de regadío fue granero de la comarca y, por el motivo antes expuesto, importante productora de la legumbre más popular de nuestra Patria.

El cultivo de garbanzos, exquisitos los que producía la Dehesa, cumplió parte de los objetivos propuestos: restituyó gran parte de la fertilidad a las tierras horriblemente explotadas.

Pero…, intervenidos por la imperiosa necesidad de repartir de forma equitativa los alimentos de primera necesidad, los precios marcados fueron tan bajos, que apenas si cubrían los gastos de la ingente mano de obra necesaria. Resentida en grado sumo la economía familiar, otras leguminosas ocuparon grandes extensiones.

Las enormes cuadras y corrales que construyera la francesada, era hervidero de rumiantes cuya base de alimentación eran los yeros, muelas, y algarrobas. La explotación fue entonces más ganadera que agrícola. El ganado ovino y bovino dio vida al caserío con abundancia de reses, balidos y bramidos. Las tierras recobraron parte de las cualidades perdidas y las basuras del ganado las devolvieron la productividad. Desde mi observatorio pudo verse nítido otro gran producto regenerador. El que hizo que la Dehesa fuera más productiva y más verde. Muy hermosa: la alfalfa, “ensalada” imprescindible para el ganado.

En la necesaria rotación de cultivos, sin prescindir del necesario cereal, los garbanzos yeros, muelas y algarrobas restituyeron la fertilidad perdida. Con la alfalfa se consiguió con creces el objetivo: tal era la aportación al terreno del humus necesario, que, terminado el largo ciclo (5-6 años) sin resiembra anual, las parcelas de alfalfa levantadas, eran verdaderas roturaciones de terreno virgen. Paraíso y vergel la Dehesa, pero con tan ingente cantidad de mano de obra necesaria, que, salvo restituir lo “robado”, los beneficios eran casi lo “comido por lo servido”. Pero la Dehesa fue así fértil y bella. “La perla del valle del Duero”. Edén desde mi observatorio en las cuatro estaciones.

Me perdonará el lector estas simples nociones de agricultura. Nunca se las hubiera dado si no fueran precisas para alargar el verano en labores que le son propias en terrenos de regadío. Herencia del moro que los labró durante siglos. Herencia no citada al albur, sino basada en numerosos testimonios que dejaron impresa: tumbas y cementerios a lo largo de la Dehesa ribereña; Lugares, hoy testigos mudos, de la reconquista iniciada en el páramo y concluida en el valle. Batallas sin nombre, o lugar de torneos singulares entre caballeros. Dehesa de Peñalba romana, vaccea, mora y cristiana. La que si Dios es servido, contemplarán, preciosa en verano, desde mi observatorio, en la cabaña de Ignacio.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7075/7180530017_586b5e4022_b.jpg

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