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Conversación a la puerta de una iglesia

Tres foramontanos en Valladolid 29 Jun 2012 - 07:22 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(A mi madre. Acuarela de Lola Catalá, lolacatala.com)(*)

Terminada la misa del sábado coincidimos en la puerta de la iglesia. La viuda vive en el pueblo desde ha tiempo, y el matrimonio, amigo nuestro, en nuestra propia urbanización. Aquélla y éste sólo se conocen de verse en la parroquia, pero hoy mismo han asistido a la clausura del curso de un colegio próximo donde estudian sus nietos respectivos.

Una de las hijas de la viuda está a punto de hacer los primeros votos como monja, así que la conversación deriva hacia el futuro acontecimiento familiar. De algunos de los comentarios se deduce que la señora ha creado una familia numerosa: nueve hijos nada menos. Yo intervengo para informar al matrimonio amigo de que tan extensa familia acabó en el pueblo huyendo de los terroristas, cuando, destinado el padre en el país vasco, un día aciago los coches de los aduaneros aparecieron marcados por la Eta. En el plazo de veinticuatro horas, la familia tomó precipitadamente sus enseres y emigró para acabar aquí, en este pueblo tranquilo donde todavía los asesinos están mal vistos.

El matrimonio nos relata otra experiencia parecida. O más bien dos, porque en este caso se trata de amenazas procedentes de dos mafias distintas. El matrimonio vive en Madrid, donde él tiene abierto bufete de abogado. Un aviso: «Está usted en la lista de posibles víctimas de Eta. Así que por de pronto no salga ni a la hora ni por la puerta acostumbrada».

Pero no fue esto todo. Otro día se abren las puertas del despacho y aparece un grupo de policías. Los agentes vienen armados y van directamente a él, le encaran con sus armas y le muestran una foto. «¿Conoce usted a este hombre?» le preguntan. Él responde: «Sí señor; ayer mismo estuvo aquí conmigo». Indudablemente la sospecha aumenta, porque el agente refuerza su expresión de vigilancia. «¿Tiene usted relación con terroristas en su actividad profesional?», insisten. «No señor, en absoluto» contesta. La tensión aumenta. Pero, por fin, él se atreve a decir muy suavemente: «¿Podrían hacerme el favor de coger esa chaqueta que tengo ahí, sobre la silla, y buscar en ella mi cartera? Si toman mi cartera verán que soy comandante de la Armada…»

Al día siguiente, nuestro amigo irá a la comandancia para identificar al hombre. Sí, en efecto, se trata de aquel tipo que le visitara en su despacho. «Pues se ha librado usted de que le maten» comenta seriamente el policía. «Es un miembro del Grapo, y ya sabe usted como las gastan éstos».

Entonces me toca el turno a mí. Les recuerdo algo que ya tenía casi olvidado: que mis señas figuraron en una lista de Eta hallada en una de sus casas-guarida de Madrid. Y que además – ¡qué triste tiempo aquél! – fui objeto y testigo directo de un atentado con dispositivo lanzagranadas, perpetrado en este caso contra el ministerio de Defensa desde una calle aledaña. Uno de los artefactos atravesó el pasillo de mi propia planta.

A veces uno se asombra de algunas de las cosas que ha vivido y que habrían podido cambiarle la vida por completo. Pero lo que me dicen estos recuerdos del pasado, ahora que que todo se está viniendo abajo, es que calificar nuestra sociedad de entonces como «del bienestar» era una especie de sarcasmo. Y conste que, aún en aquella situación y con todo el sufrimiento que ésta acarreaba, no ocurría lo que ahora padecemos, y es que los cómplices de tanta muerte e injusticia – sí, los cómplices: no nos dejemos engañar por eufemismos – gobiernan una porción de España y hasta llegan a manejar sus presupuestos.

Escribo esto, con el alma en vilo, el día en que Europa se la juega en los comicios griegos, a una hora en que aún se ignora el resultado. Pero cualquiera que éste sea, lo que allí ocurra se producirá en un territorio habitado por quinientos millones de ciudadanos libres, esto es, en una Unión que sobrevivirá contra viento y marea porque, con todos sus problemas, constituye una de las grandes potencias económicas y culturales del planeta. Por eso mi preocupación por el futuro de Europa, con ser grande, no lo es tanto como por lo que pudiera suceder más tarde – dentro tan sólo de unos meses – en una región de España torpemente entregada a minorías previamente modeladas para la secesión en un contexto falsamente democrático en que el terror impidió – y aun impide – la libertad de expresión y el libre juego de partidos. Un contexto en el que la mala fe y la manipulación de la enseñanza por una parte, y la desidia de algunos políticos por otra, propiciaron la «fabricación» de generaciones inmorales educadas en el odio y en la justificación – cuando no el aplauso – de la violencia más brutal.

¿Recuerdan aquello de «unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces? Pues, evidentemente aún fuimos más allá: quienes sacudían el árbol de la muerte recogen ya las nueces del poder.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8012/7439230104_d5e04cf87e_z.jpg

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