Por Carlos de Bustamante
(Árbol seco. Acuarela de Manuel Prieto Hernández, en su exposición de mayo pasado en la Galería de Arte Samuel. 36×26)(*)
¿Les llegó al olfato a ustedes el olor del heno? Si en la montaña es el predominante en caseríos, pueblos, e incluso en la capital, al observatorio llegan constantes los efluvios del heno castellano. Cultivo de regadío por excelencia, en la Dehesa ocupa, cíclicamente, poco menos de un tercio de la extensión de los terrenos de cultivo. Dehesa de Peñalba con propiedad, pues, la Verde y ganadera. La alfalfa, heno castellano. “Ensalada” en el pienso base de la alimentación del ganado. Rodeado de mis amigos cánidos y vulpes en el observatorio, pasa ante mis ojos la película de mis sueños.
Como si de fotografía aérea se tratase, las parcelas que ocupa la alfalfa destacan por el color verdinegro intenso. De regadío, dije, por excelencia, la alfalfa recibe grandes caudales de agua. Limitado el sembrado en calles –eras-, el regador abre la torna con caudal mayor que en ningún otro cultivo. Preferible el terreno nivelado, no es óbice que la inundación provocada, cubra hoyos y cotarros. En el platillo de la balanza, las ventajas del heno castellano, son difícilmente igualables. Pero, ¡ay!, que en el otro, pesan también algunos inconvenientes. El agua no es bendición gratuita; y, por abundante que sea, el líquido elemento no es capítulo menor en la lista de gastos.
Agua y calor influyen tanto en el heno, que crece y se desarrolla a ojos vistas. A cada “chapucón” que recibe, la alfalfa crece y crece como mar enorme. La alfalfa de calidad para el ganado, tiene un punto ideal de desarrollo. Si en él no se efectúa la siega, los alfalfares florecen muy hermosos, sí, flores color malva, pero se desprenden las hojas y la caña se endurece. Pierde así las propiedades del caroteno, abundante en estadios anteriores.
Es de destacar en el platillo de las ventajas, el aporte de nitrógeno a las tierras que ocupa en período no inferior-creo que ya les dije- a 5-6 años. Aunque arriesgado por la dificultad que representa, si no hubo retraso en los riegos tras la siega, es normal que, durante el verano, se le den no menos de siete “cortas”. El perfume del heno castellano lo exhala cuando se orea y seca sobre el terreno. Entonces, el valle del Duero es pura fragancia. La que envuelve al soñador en la cabaña de Ignacio. Mas no pocas veces, contemplé el panorama que en nada se parece al actual. Uno, dos, tres o más guañinos, según la extensión del cacho, siegan sin parar, seguidos del regador que pide pronto paso, para inundar el rastrojo verde y acelerar la corta siguiente. Veo-sueño-el bullicio de tiempos próximos en años y lejanos por el controvertido progreso.
Eugenio “Carreño”, es el caporal y maestro de guañinos. Aún a distancia, la figura es inconfundible: alto, espigado, juncal de cintura por el continuo movimiento de giro incompleto que imprime a la guadaña. Afilada como la navaja con la que corta las tajadas del almuerzo, roncha, siempre al mismo ritmo, la vegetación espesa que abarca la hoja curva y los brazos, muy largos, del famoso guañino. La alfalfa queda, exacta, recostada sobre la era que delimita el riego. La brisa y el sol, sacarán de ella parte del agua sin exponerla en exceso, para que conserve todas las propiedades.
Si el platillo de la balanza de inconvenientes, puede llamarse negativo, los quehaceres con la alfalfa se llevan la palma. “Sigún aprete la calor”, a uno o dos días de la siega, la cuadrilla de mujeres la enrolla formando pequeños haces. Sigue el desfile de personajes que veo desde la cabaña, con los muleros y carros para carga de los haces. Dejan los regadores el agua sobre terreno despejado del producto, y acuden todos a la carga. Los horquines de largos varales, depositan sin prisa y sin pausa los haces, aún con toda la color. Desfile luego de olores por los caminos de la Dehesa hasta el caserío.
Ahora nuevos carros, muleros y cargadores (hasta las mujeres ayudan) sustituyen a los que almacenarán la alfalfa en el muy amplio desván por encima de las cuadras.
Labranza de muchos pares, tendrán así muy a mano del cuadrero y vaqueros el alimento de invierno para mulas, bueyes, caballerías y ganado vacuno de la importante vacada morucha que pasta, semibravía, por prados y riberas en verano.
La nueva Era trajo cambios. Sueño despierto. En mi observatorio. La lluvia provocada- riego por aspersión- eliminó eras y regadores. Emigraron las mujeres a “servir” en la capital o, más aún, a las fábricas. La alfalfa, sin haces, la engulle sin parar un increíble instrumento que dicen empacadora. Muy aprisa, todo se hace ahora con prisa, veo desde mi observatorio lo que no es sueño, sino asombrosa realidad. Entran los tractores en el cacho. Con la empacadora uno; remolque y cargadora otro. Recién oreada y empacada la alfalfa, vuela al almacén donde en menos espacio se acumula miles de kilos de alfalfa, prieta, prensada. Cae inmediatamente la lluvia sobre el alfalfar despejado y “la calor” del verano hace el resto. Cuando menos, se han ganado dos cortas.
Menos los olores, nada parecido a las labores vistas en la película de mis sueños.
De los numerosos guañinos, nunca más se supo. Sólo Eugenio Carreño sigue, sin parar, en “el corte”. El tiempo necesario para que le desalojaran de su oficio las “máquinas de los demonios”. Segaba a su ritmo Eugenio, cuando otro bicho extraño entró en el cacho. En el frontal de un tractor, ¿cuántos de ellos precisa ahora la Dehesa?, las aspas, como de un pequeño molino, arrimaban la vegetación a cuchillas voraces que, a ritmo del monstruo, segaba cuanto se le pusiera al paso. Dejó Eugenio colodra, bota y guadaña junto a los olmos del cacho del Olmo, y, cariacontecido, tomó el camino del pueblo.
-Si ya me lo decían los hijos: “Se vengan padre a la capital, que ni el azadón ni la guadaña tienen porvenir en la Dehesa”. ¡Y que me voy con ellos y se acabó!
“Sigún daba de mano” al cachicán, añadió: “Sólo pido que cuando me maten las máquinas de la capital , me `intierren´ aquí en el pueblo”.
Miró sólo una vez atrás y, con el cuerpo erguido pero mirada lacia, exclamó: ¡¡ “A ver”!! En la cabaña de Ignacio, silencio.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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