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Desde mi observatorio en verano. Patatales

Tres foramontanos en Valladolid 17 Jul 2012 - 07:23 CET
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Por Carlos de Bustamante

(San Cebrián de Mazote. Acuarela de Manuel Prieto Hernández, en su exposición de mayo pasado en la Galería de Arte Samuel. 35×53)(*)

Ver un mar de flores blancas y moradas desde el observatorio-cabaña de Ignacio- nuevamente me lleva a soñar. El ayer que ya pasó es nueva película que se proyecta en la gran pantalla del valle que se domina desde mi lugar predilecto para la meditación y descanso. La sinfonía de colores, tiene protagonismo especial con el verde y blanco o verde y morado de los patatales. El tubérculo, trasladado por los conquistadores de las Américas a la madre Patria, arraigó fuerte en el valle del Duero. En las tierras ligeras, limosas y fértiles por donde discurre el gran río, encontró el hábitat ideal para el fácil nacimiento, desarrollo y abundante producción. Sin ser única la región en el próspero cultivo, sí es privilegiada en cuanto a rendimientos se refiere. Espectacular en la Dehesa de Peñalba. En cantidad y calidad.

Hay bullicio en el caserío. Y prisas. De madrugada y con la fresca, el señor Benito, el cuadrero, acciona a mano la bomba de agua y llena hasta arriba los pilones de piedra que, comunicados, son el abrevadero del ganado. Acto seguido, Mariano “Fogato” apareja la Colegiala y Capitana al carro grande cargado hasta arriba de sacos. Son las patatas sembraderas, procedentes de santo Domingo de la Calzada, que depositarán las mujeres más “péritas” en la materia en la tierra mollar del cacho de la Encina. Con alegría bulliciosa parten –ejército de paz- hacia el cacho. Les siguen tres pares con sendos arados de la moderna vertedera. ¿Arar sobre terreno arado?, se preguntaría cualquier profano en estas lides. Desde el observatorio, pronto hubiera salido de dudas. Precisión. Después de “carcular” Fogato las distancias, el primer arado parte el cacho, sin profundizar, en derechura a un punto de referencia lejano. Sembraderas al hombro de las mujeres, comienzan la labor: con pasos seguros y medidos, depositan a intervalos regulares las patatas sembraderas que pronto serán madres.

También de forma somera, el segundo arado tapa cuantas sembraderas fueron depositadas en el corte del primero. Vuelve sobre sus pasos con su par Nicolás “el Croner” y abre nuevo surco. Surco que, sembrado, tapa el tercer arado y par de Emilio “Meagorras”. En continuo ir y venir, llenan una y otra vez las mujeres las sembraderas que llevan al hombro, y a la hora del almuerzo, descansan a la sombra de la encina. Labor dura para las castellanas, que tras el día entero del trabajo, han de atender las labores propias del hogar que, aún sencillo, enjalbegado de cal o rojo el piso de almazarrón, es hogar de familia, por lo general numerosa, y, a la vez, o por ello, luminoso y alegre.

Desde la altura de mi observatorio, he soñado con labores pasadas que, con abundancia de trabajo personal y ganados, no llegan a una obrada lo sembrado de patatas al cabo del día.

Un chaparrón oportuno y el tempero guardado en tierras bien labradas de invierno, hicieron que, al morir pronto la madre, dejase en el cacho en pequeñas matas el fruto de sus entrañas. Como “la calor” aprieta, y las humedades se van pronto, desde el observatorio cuento al menos seis regadores. Uno por obrada. Dos por hectárea.

Labor similar en el cacho del Moral Pequeño; y en de los “Máices”; y en la Matilla; y en el cacho Carraprao. Remolachas, alfalfas y patatas dan el color verde que ya perdieron los trigales y cebadas. Verde florido en los patatales que, con los riegos oportunos –muchos y frecuentes- se engalanan como las novias para la boda.

“Allí riba”, todavía sueño: regaba Emiliano “Luna” en el cacho del Moral Pequeño, cuando Zorro el Viejo-no tanto por entonces- me “dio de mano”.

-El fato me dice, Carolus, que Luna ha dado con una madriguera, me dijo al tiempo que se relamía el hocico. Por no sé qué impulso especial, corrí ladera abajo y, a nado, crucé el río.

-¡¡No Luna, no destroces la madriguera!! Detuvo Emiliano el azadón en alto y, a mano, escarbamos. Era una hura pequeña, cubierta de pelo de conejo. Del que se desprendió la madre, para abrigar a sus hijos que nacieron “en cueros”. Había ocho gazapillos. Los mismos que, desde entonces, tuvieron humano cuidador. Omito la historia que nos aparta del hilo conductor y que creo, además, haberla relatado en los albores de este mismo blog.

La alegría bulliciosa, desborda en el cacho del Moral Pequeño, cuando entra en él la cuadrilla de mujeres. Lleva cada una –y no se me alarmen, que tiene explicación- una media en la mano. Contiene polvos de “arseniato”. Veneno del que si ellas han de protegerse con la boca y cara tapadas, de nada les vale a los escarabajos que reciben el polvo mortífero a cada sacudida de -¿lo ven?- la media. Una jornada entera de trabajo desde el amanecer, hasta la puesta del sol; con el riesgo añadido. Una, dos, tres, cuatro veces durante el período vegetativo.

Nada, en lo que a personal se refiere, en “comparanza” con la saca del tubérculo que, pasado el verano, es ya otra historia…

Despierto. Miro, veo y medito. Desde mi observatorio en la cabaña de Ignacio. Es ahora un tractor el que irrumpe con estrépito en el mismo cacho de la Encina. Lleva a remolque otra “máquina de los demonios”: la sembradora de patatas. Repleta la panza de patatas sembraderas, a la hora del almuerzo, está todo el cacho sembrado. El que, con la “lluvia” (riego por aspersión) será pronto un patatal florido. Progreso. Luego, el mismo u otro tractor lleva “el bombo” con insecticida. El que, con brazos descomunales, saldrá a presión por las boquillas, desinsectando el cacho en un verbo. Excepto las explosiones de los motores, en el campo reina el silencio y falta alegría. Nueva Era. La del controvertido -¿o ya no?- progreso.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7265/7552077456_8c07052f74_c.jpg

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