Por Javier Pardo de Santayana

(La puerta. Acuarela de Milind-Mulik en watercolorspainting.com)(*)
El pueblo se llama Gama y pertenece al ayuntamiento de Bárcena de Cicero. Tomamos un camino asfaltado que durante mucho tiempo fue de tierra y que arranca a la altura de la iglesia, de junto a una señorial casona adornada por las clásicas hortensias. Ya bastante avanzado el camino, «la capilla del Cristo», que perteneció según tengo oído a una familia descendiente de la del Gran Capitán, y que puede entreverse desde el coche. Al final, el barrio llamado de «la Bodega», de donde arranca un carrejo ahora ya de bastante mejor tránsito que el de antaño, cuando era sendero de vacas y había que ir pisando con cuidado por entre sus piedras relucientes.
Curiosamente, la entrada a la casona a la que nos dirigimos está justo mirando al pie de la ladera del monte y mirando a él. Lo primero que uno encuentra es la capilla, directamente abierta al camino y fabricada de piedra como el resto de los edificios, con su espléndida reja de Amberes y su pequeño atrio descubierto protegido de la intromisión del ganado. Inmediatamente, la portalada, con la gran puerta de madera y escoltada por unos elegantes remates de piedra. Dentro, un jardín no muy extenso, justo para permitir una amplia reunión familiar bajo la palmera, y con sus matas de hortensias formando un bello entorno de color. La fachada de la vivienda se engalana con un buganvilla carmesí que mi abuela trajo de Lisboa; planta entonces exótica y ahora definitivamente aclimatada a la región como lo fueron los eucaliptos o las propias palmeras, introducidas en ella por los «indianos». Arriba, la torre y sus leyendas nacidas en las noches de invierno, cuando el viento sopla y crujen las estructura de la vieja mansión.
Es el día de la gran fiesta – o sea, cuando se abre la capilla para la celebración del día del Carmen – y la gente ha acudido a la misa. La imagen de la Virgen preside el gran retablo de la capilla, que se va llenando de gente hasta rebosar. En uno de los lados, la genuflexa figura del señor de Rugama; «el gachó de la capilla» como le llamaban mi abuela y sus ocho hermanos en aquellos tiempos de los que tanto oí hablar. Arriba, a la derecha, con su cancela de tablillas verdes, el balcón que conecta con la vivienda. Y la pequeña escalera de piedra en forma de caracol. En lo alto, la gran bóveda habitada por los impertinentes murciélagos.
El lugar está lleno de recuerdos entrañables; algún tiempo pasé en él cuando era yo muy joven, un poco como quien descansa en un monasterio para reponerse del trajín de la ciudad. Recuerdo el suelo de madera encerada de los salones y el ruido que las tablas hacían al pisarlo, los arcos de piedra de sillería separando las estancias; la pequeña biblioteca con sus viejos libros piadosos de tapas de piel arrugadas y amarilleadas por el tiempo; aquellas camas antiguas de madera o de hierro con sus abultados colchones de borra; mis ancianas tías haciendo punto o jugando a los solitarios junto a las ventanas que dan sobre el jardín. Y, sobre todo, aquel día en que, recién liberado Santander, entré por primera vez y vi el lamentable estado en que habían dejado el lugar los milicianos, con la escalera cubierta de excrementos y aquellos trapos negros esparcidos por doquier que quedaron para siempre en mi memoria. También las viejas historias para niños, como la de la habitación secreta donde se guardarían las joyas de la casa para protegerlas del saqueo de «la francesada».
Durante la misa se me acumulan otros recuerdos entrañables: los de quienes allí vivieron y soñaron. Es un ejercicio de toma de conciencia de pertenencia a algo, de enlazar de nuevo con las raíces, de compromiso moral con el pasado. Luego, la jornada se cierra como lo hicimos siempre, es decir, con una generosa merienda ofrecida por la dueña de la casa – siempre atenta y activa pese a sus buenos noventa y tantos años – y charlando con nuestros parientes montañeses, a quienes apenas vemos salvo con ocasión de esta Fiesta del Carmen, es decir, al reunirnos en este lugar inigualable donde las viejas piedras hacen patentes las raíces comunes. La conversación discurre entre gente ciertamente interesante: un joven sacerdote, la viuda de un poeta y madre de un campeón olímpico de vela, una investigadora de galeones hundidos y otra de temas genealógicos, y parientes de mucha edad que evocarán con nostalgia aquellos tiempos felices que ya nunca volverán.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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