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Desde la habitación 211

Tres foramontanos en Valladolid 15 Sep 2012 - 07:24 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Camisas. Acuarela de Jose Ato Saorin en Facebook)(*)

No diré que reponerse de una operación de peritonitis sea cosa divertida, pero sí que no excluye el poder disfrutar de alguna que otra faceta de la situación; que esto es factor común de casi todo cuanto – bueno o malo – pueda sucedernos, sobre todo si se culmina con un final más o menos feliz.

De entrada hay algo de lo que uno tiene casi obligación de mostrarse, no ya contento, sino incluso entusiasmado, y es de haber sobrevivido a un momento crítico en el que pudo pasar directamente a criar malvas. Este es el caso, sin ir más lejos, de nuestro flamante campeón Fernando Alonso cuando vio cómo caía sobre él su compañero Grosjean – en castellano, Juan el Gordo” – quien, si se desvía sólo unos centímetros, podía haberle pasado literalmente por encima, por lo cual imagino a nuestro héroe saltando de alegría tras el incidente y dando como yo gracias a Dios por haber salido entero de tan penoso trance.

Pues bien, en mi caso indudablemente medió una decisión aún oportuna, la existencia de un hospital cercano, la presencia de un cirujano a media tarde, y unas manos sabias y experimentadas a los mandos. Basta con pensar en la cantidad de circunstancias que podrían haber torcido el curso de los acontecimientos para que a uno se le pongan los pelos de punta. Y lo mismo puede decirse en cuanto a buena suerte del hecho de haber recalado en un hospital luminoso y lleno de gente simpática y amable como éste de un Laredo en fiesta, que añade al panorama un toque de optimismo que no he sino de agradecer. Sólo señalaré en la parte negativa algo que precisamente anoto a mi propio cargo con letra roja, y es el haber chafado al cirujano la ocasión de ver el partido entre el Madrid y el Barcelona por televisión.

Luego están esas cosas graciosas que uno con que uno tropieza en todas partes y hasta en las más siniestras. En este caso, por ejemplo, aquello de que llegas con toda prisa a urgencias con un dolor que te sientes morir, y, frente a la entrada principal te encuentras nada menos que esto: “Tanatorio Nereo hermanos”, “Funeraria Martínez”, “Funeraria La Montañesa” y “Funeraria La Propicia” (que no me digan que este ultimo rótulo no es insuperable), y uno piensa: “Pues qué bien, así mi ahora viuda “in péctore” no se quejará de no tener donde escoger“.

Luego, cuando recién iniciada la recuperación – ahora los rótulos quedan ya exactamente frente a la ventana de la habitación en donde yazgo – tienes la osadía de iniciar un lento y pausado recorrido por los pasillos en busca de la capilla del hospital, te aparece una puerta identificada como “Sala de curas”. Y claro, te dices: “pues no parece que vayamos demasiado descaminados…”. Bueno, piensas eso pero sólo para sorprenderte inmediatamente al ver, frente a esta puerta de la “Sala de curas” otra que señala “Lencería”. Y no puedes por menos de imaginarte a los curas saliendo por una puerta para toparse con unas señoritas someramente revestidas de sus ropas íntimas…

O sea que hay hasta para reírse. Pero también para experimentar otras muchas y variadas emociones, como, por ejemplo, la de conmoverse hasta el tuétano cuando viene la familia de tu efímero compañero de habitación, al que ya anunciaron el alta, y aquella nos ofrece un friso de hoscos rostros contrariados y de largos e insoportables silencios. O la de encontrar una sintonía de espíritus en el hallazgo de un verdadero hombre de Dios en la figura del anciano capellán – bueno, no tan anciano puesto que es más joven que uno mismo-. O la de saber que la otra noche alguien tuyo muy querido rezó un Rosario por tu salud en plena sabana africana, a más de ocho mil kilómetros de esta interminable playa de Laredo…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8435/7948899510_5f60650a8f_b.jpg

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