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El puente Hinojo

Tres foramontanos en Valladolid 25 Sep 2012 - 07:27 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Puente en el Canal de Castilla, Valladolid. Acuarela de J. M. Arévalo. 36×43)(*)

Escribía “Ayer”… sobre la autovía del Duero. Hice sólo un parón-siempre soñador- en el puente Hinojo; pero incompleto. Lo veremos ahora. En una casa de seis varones, seis, la llegada de forasteros amigos al caserío en la Dehesa, siempre era un acontecimiento; y más si se trataba de un matrimonio con varias hijas con escalas de edad similares a las de los seis hermanos. No acostumbrados al trato familiar con féminas, los saludos cordiales de bienvenida, resultaron un tanto embarazosos.

Como la Dehesa era labranza familiar, la vivienda de los abuelos de formidable construcción, era contigua a la de los seis y su madre. Al no parecer apropiado la mezcolanza en la misma vivienda (sabias las madres de entonces) los forasteros y forasteras… se alojaron en la vivienda de los abuelos: la abuela y tres hijas solteras de cierta edad… El problema para ellas consistía en procurar a los forasteros una estancia divertida o por lo menos agradable. ¿A quién recurrir sino a los chicos…? De no se sabe qué tiempos, dos bicicletas para mujer aparecieron a la puerta de la casa de los varones. Acostumbrados a una sola bici para seis, aquello fue una sorpresa de lo más agradable. La pregunta “in mente”-ignorantes…- surgió de inmediato: ¿para qué y para quién?
El que estaba más “a por uvas” se ofreció de inmediato: ¿Os apetece un paseo en bici? La que estaba más “a por uvas” de las forasteras, asintió. Dos jóvenes imberbes circulaban enseguida por la carreterilla de tierra hacia la carretera de Soria. ¿Destino..? Sólo paseo en dirección a Sardón de Duero. Hacía calor en aquellos días de final de agosto pese a estar el día de caída. No acostumbrados los imberbes a cabalgar por tales caminos, sintieron el alivio del asfalto de la carretera. Incompleto, porque, aún menor, los baches continuos eran un continuo sufrimiento. Alto obligado. ¿Lugar? ¿Cuál mejor que el amplio pretil de piedra en el puente Hinojo? Espectáculo no contemplado por nadie, porque nadie circulaba por aquellos pagos. Y azoramiento de los imberbes. El silencio del lugar, que ya dije en mi artículo anterior, se hizo aún más intenso. Sólo una familia de arrendajos ponía voz y sonido al silencio “clamoroso”. Voz, sonido y color. El joven azorado no había reparado en el vestido de colores vivos de la excursionista. Ni lo que en tantas ocasiones fue motivo de admiración hacia la belleza del lugar. De pronto, y con el nuevo embarazo ahora por el sepulcral silencio, recordó: la historia del puente Hinojo. La que, corregida y aumentada, el tiempo hizo leyenda.

-Ahí abajo, comenzó el imberbe, vivió un bandido famoso al que llamaban Musilas. Nuevo silencio.

-¿Dónde…? , preguntó la jovencita.

-Ahí, debajo del puente bien oculto entre la espesura.

-Y ¿no sabes más de ese bandido?, preguntó la joven, también con creciente rubor.

Situación tensa sin saber porqué; pero en absoluto desagradable sin saber tampoco el porqué.

-Sí “mujer” (¡qué cosa para él tan nueva!), claro que lo sé –contestó decidido. No hace muchos días -añadió- me lo contó todo la “señá” María de Peñalba.

-Pues cuenta, cuenta, que parece interesante, dijo la joven con el alivio de romper un silencio tan… ¿elocuente?…

Hubo un tiempo, comenzó con extraña zozobra… que derrotado el ejército carlista, un joven soldado huyó del ejército isabelino, seguido muy de cerca por los soldados vencedores. Pausa, como para recordar; en realidad para tomar el aire que al joven le faltaba por momentos. Al parecer realmente interesada, apremió:

-¿Y qué más…?, preguntó al tiempo que un automóvil viejo y ruidoso casi aapagó la pregunta.

-¿Qué…? ¿cómo…? ÉL se acercó un poquito para que le escuchara mejor; aunque el ruido desapareció allá, a lo lejos.

En este preciso momento, la bandada de arrendajos prorrumpió en una charla alborotada. La joven sonrió al tiempo que se retiraba una miajita del joven atrevido. Restablecidas las “posiciones”, el imberbe, más incauto, propuso:

-¿Bajamos…?

No fue fácil. El sendero era tan empinado y la espesura tan densa, que por breves momentos pasó por el lugar una miríada de ángeles: el silencio de Dios. Quedó sólo uno: Cupido. Pero como Dios estaba allí, las flechas lanzadas fueron de la más pura inocencia. Sin embargo, parece que una dio en el blanco y el adolescente cayó estrepitoso entre la espesura. Tras recibir múltiples arañazos, una pequeña planicie le frenó en el rodar como una croqueta. Se levantó. Miró asombrado y exclamo recio:

-¡Aquí está…!

-¿Qué…?, preguntó ella desde afuera.

-¡La cueva del Musilas!, contestó él, impresionado por el hallazgo.

Después de una cura de urgencia con el pañuelo de la jovencita, de nuevo en el pretil del puente sobre la carretera asfaltada, tomaron allí las bicicletas y cuando entre arreboles se ponía el sol, bellísimo, tras el páramo de Peñalba, regresaron.

Como, prudente, creo, no quisiera cansar al no muy probable lector, si Dios quiere y con ello es servido, prolongo un día más el tema con la historia aún inédita.

P. D. obligada: normal es que el escritor-o simple relator en este caso- base sus escritos en hechos reales. Más frecuente es, sin embargo, que con esta base, diga mejor no lo sucedido (seguro invento imaginativo), sino cómo él hubiera querido que le ocurrieran. La “loca de la casa” (la imaginación) juega a veces pequeñas trastadas de las que ruego me disculpen.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8317/8006414796_c6620c3891_b.jpg

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