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¿Se repetirá la historia?

Tres foramontanos en Valladolid 28 Sep 2012 - 07:20 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Elegy to the Spanish Republic XXXIV. 1953. Óleo de Robert Motherwell, en Galería de Arte Albright-Knox de Buffalo, New York, en pintura.aut.org. 202,5 x 253,3)(*)

Fue en tiempos de la República. Concretamente el 7 de octubre de 1934. Según el Diario Oficial del domingo en esa fecha se proclamaba en todo el territorio nacional el estado de guerra. ¿Y qué…? Pues y… mucho. El Presidente de la República don Niceto Alcalá Zamora y Torres proclamaba en el lugar y fecha indicados (D.O. nº 232), firmado también por el Presidente del Consejo de Ministros Alejandro Lerroux García, el siguiente Parte Oficial:

“En Cataluña el Presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá. Ante esta situación el gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el estado de guerra en todo el País. Sin crueldad ni debilidad declaro la Ley Marcial. Madrid 6 de octubre de 1934”. Firma de las autoridades dichas. Recogido y publicado en la Gaceta nº 280.

Así pues, pasa mucho; porque si no es idéntica la situación actual, se le parece demasiado. Sin duda no estamos ni tenemos la misma mentalidad que en los años de referencia (1.934). Pero sí es idéntica la fiera que, aún dormida, todos llevamos dentro. Fiera o sentido de la Patria una e indivisible de todos los españoles, llámenlo como quieran. Pero el peligro está ahí y sería de insensatos no reconocerlo o alegar ignorancia.

Grave error el de argumentar que traer esto a la memoria sea aliento a la confrontación armada, rebelión militar o pensamientos de ultraderecha.

Es, mis improbables lectores, que cuando dejo a un lado artículos camperos desenfadados y entro en estos berenjenales, créanme que es que algo sucede. Si me siguieron hasta aquí, es, sin duda, que, ni cortos, ni ciegos, ni faltos de entendederas, están al corriente de los últimos sucesos que justifican, creo, la alarma.

Es evidente que por mucha molestia que les cause a los del puño y la rosa, en las cenizas muertas, sopló hasta convertirlas en ascuas vivas- todavía no la llama- pero casi, el inefable Presidente anterior. Sí; junto al caos económico, el inefable nos dejó también estos lodos de aquellos polvos. ¿Le estaremos agradecidos o, por el contrario, no nos cansaremos de echarle en cara la “herencia” recibida?

Los que libre y vocacionalmente elegimos la profesión –no de funcionariado, tan respetable- de defender a nuestra Patria su unidad (artículo 8º de la Constitución vigente) y valores, añado yo, porque lo juré, con total entrega, incluso de la propia vida, no nos podemos tomar esto a “título de inventario”. Los que en Acto de Servicio ya entregamos los años mejores y muchos (tantos como treinta y g. a D. todavía no extinguidos) de nuestra vida, tenemos la sagrada obligación de dar la voz de alerta. Los que por contiendas anteriores perdimos gran parte de nuestros seres más queridos, debemos ejercer el derecho y el deber de llamar la atención a nuestros gobernantes del peligro que, sin alarmismos, nos acecha a la vuelta de la esquina. Los que, conscientes desde hace años, hemos visto cómo los mismos o parecidos que declararon el estado de guerra y la ley marcial, nos llevaban a idénticas calamidades, hemos de proclamar, antes de que sea tarde, que en el siglo XXI y por “medias tintas”, el peligro es cierto y está al acecho.

Los que, por profesión, en fin, conocemos los horrores de una guerra, no podemos ni debemos permanecer indiferentes.

Si estos argumentos les parecieran pobres, mi conciencia está tranquila de que, si no convencidos, quedan al menos alertados. ¿O no?

No quisiera terminar sin hacerles llegar que jamás tuve odio, ni nada que se le parezca, sino más bien todo lo contrario, a catalanes ni vascos. Son varios por desgracia los compañeros, incluso de Promoción, los que procedentes de estas queridas REGIONES de España entregaron ya su vida por esta bendita unidad que la indiferencia ante el peligro, no puede silenciar.

Se lo diré incluso en latín: “custos quid de nocte!”. “Cor meum vigilat”.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8314/8022824815_ea7df65ac1_b.jpg

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