Por Javier Pardo de Santayana

(Retrato de Jaume Miravitlles como jugador de fútbol. 1921. Óleo de Salvador Dalí, en pintura.aut.org. 103 x 85.5)(*)
Lo habrán visto cada vez que la televisión ofrece una vista general de las gradas del «Camp Nou». Me refiero a un inmenso letrero en el que se lee literalmente «mes que un club».
Como ustedes ven, alguien aprovecha la ocasión para lanzar un mensaje de camiseta a quien lo vea. Y, claro, uno piensa qué dirá el letrero, por ejemplo, a los entusiastas forofos chinos del Barça, y supone que éstos se quedarán como nos quedaríamos nosotros mismos si el el letrero estuviera escrito en mandarín. Y algo parecido ocurrirá con los ilusionados partidarios de Qatar o de cualquier otro lugar de escritura árabe donde las hazañas de este equipo español se congregan en los cafetines para seguir a Messi y compañía. Ya saben ustedes del éxito obtenido por los victoriosos futboleros desde que se popularizó el balompié en la televisión. Pero sin duda habrá otra mucha gente que entenderá más o menos la frase, bien por ser de habla española o por pertenecer a algún país latino. Gente que, lógicamente, intentará comprender el significado más allá de su expresión literal. Y se dirá: «Bueno, y esto ¿a qué viene?»
«Más que un club…más que un club…» – meditarán algunos, como medito yo al leer los lemas impresos en las camisetas. «Esto habrá que descifrarlo». Y a algunos se les ocurrirá, por ejemplo, que lo de «más que un club» bien podría ser un modo de magnificar las glorias deportivas; algo así como decir que el Barça es todo un pedazo de equipo. Igualmente podría significar que se trata de una organización compleja que no sólo se ocupa del deporte, pues también dedica una parte de su actividad o su dinero a alguna acción social o caritativa. Es decir, que va de ONG o algo por el estilo. Y otros incluso podrían suponer que la cosa va en el sentido de que, más que un club, el Barça es una especie de hermandad donde todos se quieren muchísimo: algo así como el ideal del amor fraterno. O que el club anda forrado, que esto sería un aspecto importante para sus mentores, a los que conocemos ya de antiguo. Todo esto sin excluir, claro está, que se quiera recordar que «más que un club» el Barça es un negocio.
Bueno, cosas así son las que yo pensaba hasta hace poco porque se me hacía difícil admitir alguna interpretación perversa que ya me maliciaba pero que intentaba rechazar con un argumento bien sencillo: la exigencia de caradura y propensión a la desfachatez que tal suposición demandaría. Yo me decía por ejemplo: imaginemos que en sus tiempos de mayor esplendor el Real Madrid hubiera desplegado un letrerón como el del Camp Nou que dijese, incluso en tono de aparente humildad: «Nosotros sólo somos el mejor club del mundo», basándose en el reconocimiento recibido oficialmente por su historial a lo largo del pasado siglo. ¡Horror! habrían exclamado entonces los culés al contemplar la arrogancia del aserto. Y la hipótesis de que el club merengue hubiera salido del ámbito deportivo para sugerir «posicionamientos» de otra índole habría supuesto caer en lo políticamente incorrecto y socialmente inadmisible según los estándares habituales.
Pues bien, esto, que habría levantado ampollas y provocado el escándalo entre sus adversarios deportivos y se habría convertido en carne de anatema y motivo para el rasgado de vestiduras, es precisamente lo que mejor parece cuadrar al rótulo del Camp Nou desde que llegó a confirmarse plenamente el más disparatado de los supuestos cuando supimos cómo había de interpretarse el sentido de la frase de marras. Interpretación de todo punto fidedigna puesto que la oímos de boca del presidente del club, y según la cual ese club «es más que un club» porque es sobre todo un bastión ideológico y un recurso para hacer política.
¿Qué dirían ustedes – y supongo que también ese deslenguado presidente – si, por ejemplo, su colega del Real Madrid hubiese afirmado que su club «es más que un club» porque es un instrumento de la derecha, la representación del centralismo político o cualquier otra cosa por el estilo? Pues dirían seguramente lo más lógico: que la política no debe entrar en el deporte, que muchos de los seguidores del club madrileño son de izquierdas, y que nadie puede arrogarse ésta o aquella intención política en nombre de los socios, seguidores y simpatizantes; que eso es meterse en camisa de once varas. En resumidas cuentas, que «quién se habrá creído ese tío para meterse en lo que no le importa». Y no digamos si el colega madrileño o cualquier otro se hubiera permitido definir a su club como una organización que, siendo supuestamente deportiva, tenía por misión contribuir a saltarse la Constitución a la torera; algo que está incluso penado por la Ley.
De verdad que, dada la escasa categoría de quien tanta estupidez formula, todo esto no me importaría demasiado si aquellas personas cuyo juicio fue suplantado – socios, jugadores y simpatizantes del club – saltaran como resortes para decirle al presidente: «Oiga, que usted no es quien para hablar en nuestro nombre ni el de nadie». Me gustaría, por ejemplo, ver al manchego Iniesta y al asturiano Villa dirigirse a este individuo para decirle: «a mí no me atribuya eso que dice» o «ya puede usted irme preparando el finiquito». Y me gustaría ver las firmas de los muchísimos socios, seguidores o simpatizantes que no comulgan con las ideas separatistas de este individuo impresentable recriminándole la desfachatez mostrada al secuestrar su club para hacer política y convertirlo en una sucursal de partido. Me gustaría, incluso, no volver a ver a Puyol representando al club en la Diada – ¿a qué viene y con qué derecho lo hace? – en nombre de una ideología que consiste en despreciar e intentar desunir a un país al que él mismo representa en las competiciones internacionales. Porque no quiero imaginar que lo defienda por cobrar las primas.
¡Ay, si toda esta gente se atreviera a hablar! Porque en esto estriba nuestro gran problema: en la borreguil y temerosa actitud de gran parte de los españoles a la hora de poner las cosas en su sitio y no dejarse avasallar por tanto caciquillo y tanto irresponsable. Me gustaría, sí, ver la rebelión de los más jóvenes y la indignación de los mayores.
Entonces ya podría decir: «Seguimos vivos».
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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