Por Javier Pardo de Santayana

(Mar movida. Acuarela de Manuel Gutiérrez de la Concha, en el libro homenaje editado por Caja Cantabria)(*)
Desde muy joven sentí fascinación por Edgar Allan Poe. Como suele ocurrir, creo que, no sé cómo ni cuando, cayó en mis manos un librito con sus narraciones, y su lectura me introdujo en un mundo fantástico animado por el morbo del terror. Eran cuentos o relatos cortos, y esto me liberaba de fárragos y largas descripciones, cosa que siempre agradecí. Quizá por eso cuanto he escrito tiene precisamente esa forma literaria, que propicia el ejercicio de la imaginación y otorga un papel importante a la originalidad.
Recuerdo especialmente «El pozo y el péndulo», «Los crímenes de la calle Morgue», El gato negro» y «El escarabajo de oro», relatos todos ellos que, aunque con el tiempo se fueron difuminando en mi memoria, dejaron en mí un regusto inolvidable. Ahora caigo en la cuenta de la influencia de Poe en el desarrollo de ese género literario tan de nuestro tiempo como son los cuentos o relatos cortos, en el que quizá las prisas y el agobio de las agendas apretadas favorecen el gusto por una combinación de brevedad e intensidad. Esto sin mencionar su influencia, no ya sólo en la novela negra, sino también en la cinematografía, donde toda la escalofriante saga de películas y personajes de terror que conocemos tienen en él sus últimas raíces. En este sentido podríamos decir que la actualidad del arte de Edgar Allan Poe ha crecido exponencialmente con el paso del tiempo, y que muchos de los mayores sobresaltos que nosotros mismos hemos experimentado en nuestras vidas los debemos precisamente al genio innovador del genial escritor de Boston.
Naturalmente, la tendencia a asimilar la figura de un artista a su propia obra ha deformado su retrato adjudicándole un cierto aire de ser esotérico e incluso demoniaco, de hombre entregado al vicio o martirizado por la depresión. Pero por lo que he leído, gran parte de esta deformación caricaturesca podría ser debida a que, como suele ocurrir con excesiva frecuencia, un hombre de su confianza, de apellido Griswold en este caso, le traicionó a su muerte tergiversando torticeramente la realidad desde su cargo de albacea literario, quizá – digo yo – como recurso fácil para rodear a su benefactor de un aura extraña que favoreciera la venta de sus éxitos.
Así se habló de que el maestro había caído en las redes del opio, cuando lo que se administraba era simplemente un derivado de éste – el láudano – simple producto farmacéutico utilizado en la época para tratar dolores y molestias más o menos normales y corrientes. Por otra parte, la excitación de las drogas a las que se refirió el albacea no fue el mayor acicate para la creación literaria del maestro, que siempre prefirió, según declaraciones propias, el silencio y la tranquilidad. Pero por unas u otras causas, el mismo Edgar Allan Poe acabó por convertirse para todos en una especie de personaje de novela único e irrepetible cuya figura ha venido fascinando a generaciones enteras por su oscuro halo de misterio.
Y tan es esto así, que, como en esas películas en las que los personajes salen de la pantalla para pisar el escenario de la vida, un personaje suyo tuvo la humorada de abandonar las añejas páginas de una novela suya – quizá la única que escribió, según parece – para encarnar en un desgraciado muchacho en cuya vida se repitieron con inquietante exactitud las extrañas circunstancias descritas en ella y que el autor no pudo por ningún concepto conocer de antemano, puesto que el personaje era simple fruto de su imaginación y antecedió en muchos años al personaje real.
Me refiero, en efecto, a una historia publicada por el escritor bostoniano allá por el año 1837 bajo el titulo de «Las aventuras de Arthur Gordon Pym», y en la cual los cuatro supervivientes de un terrible naufragio, tras haber permanecido varios días a la deriva, y sintiendo que iban a morir de inanición, acordaron asesinar a un grumete llamado Richard Parker – supongo que por ser el eslabón más débil y también de carnes más tiernas – y repartirse su cadáver entre ellos. Final ciertamente trágico e incluso repulsivo muy a lo Poe y – porqué no decirlo – también a lo Alfred Hitchkock (basta con recordar algunos de sus programas de televisión).
Y aquí viene lo curioso del caso: la inquietante casualidad de que, transcurridos ya cuarenta y siete años de este hecho editorial, una embarcación que ostentaba el atractivo nombre de «Mignonette», tras haber sufrido el embate de un poderoso temporal, acabase por naufragar y hundirse en las procelosas aguas del océano poniendo a sus ocupantes en parecidas circunstancias de desarreglo y hambre a las ideadas por Poe. Y el hecho de que en tales circunstancias los náufragos reales no tuvieran mejor idea que la de sacrificar a uno de ellos para evitar la muerte de los demás. Para lo cual, naturalmente, eligieron al desgraciado grumete que les acompañaba.
Y que quieren que les diga… Seguramente será difícil que me crean, pero no por ello me negaré a decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad, y ésta no es otra que, según los datos dados en su día a conocer sobre este caso, el nombre del elegido – o sea, del desgraciado grumete de carne y hueso de la «Mignonette» – era precisamente… ¡Richard Parker!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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