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Bandolero “Musilas”

Tres foramontanos en Valladolid 20 Oct 2012 - 07:31 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Dueñas. 1971. Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)

No lo era; pero se hizo bandolero. Huido del ejército carlista derrotado, buscó apoyo y ayuda para subsistir en los lugares donde buscó y encontró refugio. Nadie se lo dio. Musilas, que vaya usted a saber cuál era su verdadero nombre, hubo de procurarse alimento, dinero y vestidos “por su cuenta y riesgo”. Se hizo bandido. Más bandolero cuanto mejor le iba el “negocio” recién emprendido. Musilas, que por este nombre se extendió su fama por estos pagos, de soldado huido pasó a bandolero fugitivo. Famoso y sanguinario a veces. “Otras”…

Me contó la “señá” María de Peñalba que cierto día en tiempos de su abuela (no hace, pues, tanto tiempo, aunque la señá María rondase los cien años) entró en el pueblo el Musilas y su banda a galope desenfrenado de sus caballos –robados- y a disparo limpio de enormes trabucos. La voz de alarma: ¡¡Que viene el Musilaaas…!!, hizo que los pocos vecinos se encerraran en sus casas. Su abuela cometió la torpeza de asomarse por el ventanuco de la puerta. La pobre recibió el plomo mortífero en pleno rostro. Arramplaron con todo bicho viviente de los corrales y desaparecieron como las sombras al venir la mañana, nadie sabía dónde.

¿Qué otras…? En las andanzas de los primeros tiempos de huido, Musilas robó para subsistir. Satisfechas las necesidades más perentorias, robaba-asaltaba- en carreteras y caminos a los ricos y el botín se lo entregaba íntegro, o casi, a los más pobres. De tal forma creció su fama de benefactor de necesitados, que por la protección recibida por los beneficiados, la guardia civil no veía forma de dar con él, para hacer justicia por tanta denuncia recibida. Aparecía, atracaba, entregaba el botín a quien él bien sabía y, como una sombra, desparecía como tragado por la tierra. Tal era el secreto de su guarida, que un aún “midiendo la guardia las costillas” a los que tuvieron algún contacto bienhechor, no conseguían ponerle la mano encima. Un caso parecido –y perdonen el inciso. Aunque no igual al del alcalde actual de Marinaleda.

La anécdota curiosa y esclarecedora surgió en Tudela de Duero. Uno de los vecinos precisó visitar a una familia amiga En La Parrilla; pueblo en el páramo y distante del suyo varios kilómetros. Salió de camino con la fresca de la mañana. El hombre iba inquieto. Él solo y por caminos en despoblado. Tenía miedo de que el Musilas, del que decían merodeaba por estos pagos, le saliera al encuentro para robar cuanto llevara. Aunque no era mucho, sí todo cuanto tenía. Meditaba sobre ello mientras subía la pendiente tremenda para acceder al páramo. A lo lejos vio otro caminante al parecer con el mismo destino. Sintió alivio. Al menos dos -se dijo- viajaremos más seguros. Apretó el paso. Se saludaron. Efectivamente, el viajero también tenía La Parrilla como final de trayecto.

Llegados al páramo, el viajero solitario, compañero del tudelano, tomó la palabra:

-¿Almorzamos…? Sin nada que ofrecer, el tudelano se sentó, sudoroso, a la sombra de una carrasca. El también viajero abrió las alforjas; sobre una manta expuso cantidad de viandas a cual más exquisitas. Y abundantes. Jamón en lonchas, tajadas de la olla… ; y una hogaza de pan tierno, esponjoso, como recién sacado del horno por el olor a leña de encina. Antes, y con amabilidad desacostumbrada para el de Tudela, le ofreció, con mayor cordialidad si cabe un trago de la bota, a reventar del más exquisito vino de la Ribera. Detalles que, junto a los modales, denotaban abundantes “posibles” del viajero de tan grata compañía. Repuestos de la fatgosa ascensión al páramo, prosiguieron viaje en la más afable camaradería. Como amigos de toda la vida. En la placita a la entrada de la Parrilla, y como al parecer tomaban rumbos diferentes, el tudelano agradecido, tendió la mano al viajero amigo al tiempo de corresponder con la presentación y ofrecimiento sincero:

– Teodoro Moyano, albañil en Tudela y con domicilio en la calle Mayor nº … , donde cuando guste -le ofreció de mil amores- tiene usted su casa. Con similar o mayor amabilidad a la mostrada durante el camino y almuerzo, el viajero pudiente, le estrechó efusivo la mano e incluso con un fuerte abrazo, correspondió con largueza y expresión de sonrisa franca y amigable:

-El Musilas, para lo que usted guste; y sin perder la sonrisa tras la primera andanada, añadió el siguiente bombazo: En la cueva del puente Hinojo tiene usted su casa…, para cuando guste.

El rostro de Teodoro pasó en el acto por todos los colores del arco iris, con predominio del blanco sobre rojo intenso. Sin advertencia alguna de guardar secreto, Teodoro voló hasta llegar a la casa de sus familiares. Corregido y aumentado, les contó todo. Éstos a sus vecinos. Ellos a otros… En menos de lo que canta un gallo, el pueblo entero sabía todo y más sobre el Musilas.

En el cuartelillo de la Guardia Civil tocaron generala. O mejor, zafarrancho de combate. Mandos al completo y los números todos sin faltar ninguno, se dirigieron a pie o a caballo hacia la guarida delatada por los vecinos de La Parrilla.

Registrado el terreno palmo a palmo, no encontraron cuevas, ni Musilas, ni más indicios que alguna rama quebrada en la maleza. En las inmediaciones del viejo puente medieval (el que salvaba el arroyo Valcorba en el camino real de Tudela a Sardón), montaron guardia con un retén numeroso. Tras la noche larga y sin novedad, el mando ordenó la construcción urgente de la que al día de hoy semiderruida, se la denomina “casilla de la Guardia Civil”. Noche infructuosa como las sucesivas durante meses. La Guardia supo esperar.

De “la forastera del puente Hinojo” que marchó pronto con los suyos a su tierra, nunca más se supo. Quedó sólo el recuerdo de amores adolescentes limpios como las entonces aguas cristalinas del Valcorba. Recuerdos purísimos y muy bellos, con fragancias de juventud imberbe pero sana. Aromas -tan puras como el pañuelo que curó los rasguños- a hinojos y zarzamoras. A tomillos y romeros de los pinares de por sí olorosos; con la música, grabada en la memoria del adolescente, de la familia de arrendajos, compañeros de la soledad del Musilas en su día. Bandolero con buenas intenciones al principio. Bandolero y no alcalde de Marinaleda luego que, atrapado al fin tras noches y noches de insomnio por los de la “casilla”, dio, a la postre, con sus huesos en la cárcel. Bandolero Musilas del que, excepto la leyenda en aumento, nunca más se supo.

Cueva, la que fuera su guarida, destruida por los captores. De la que queda constancia en el diario de operaciones del cartelillo en Tudela, que, siguiendo el curso del arroyo -sin dejar por tanto huellas-, penetraba entre la espesura el Musilas con caballo y todo. Amplia, grande, almacén de armas, riquezas y alimentos. Lugar seguro de descanso y ocultamiento durante tiempo indefinido y punto de partida de buenas obras, crímenes y tropelías.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8334/8086811352_e362fda201_b.jpg

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