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Simplemente fantástico

Tres foramontanos en Valladolid 28 Oct 2012 - 07:23 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Acrílico de Richard Thorn en richardthornart.co.uk)(*)

Algunas – pocas – veces en la vida tiene uno la impresión de haber estado como en las nubes; la sensación de haber experimentado algo irreal. Recuerdo que de niño solía sentirme desconcertado cada vez que, al salir del cine, pasaba a la calle desde la oscuridad de la sala de proyección, como si al volver bruscamente de la fantasía a la normalidad no llegara a entender de que iba ésta. Ahora, ya pasado el tiempo, supongo que el motivo de aquella turbación sería sencillamente que, de tal manera me embebía en la ficción, que el tránsito de ésta a la realidad me hacía caer en la cuenta de que el mundo en que vivía bien podría ser también un escenario.

Pues bien, ahora, ya a punto de llegar a los ochenta, no creo haber cambiado gran cosa en este aspecto. Creo, incluso, vivirlo aún más intensamente, porque una cosa es ver una película, leer una novela o incluso conocer una historia real narrada o publicada por otra persona, y otra bien distinta ver en directo desde tu propia casa un acontecimiento histórico de repercusión mundial, cosa antes punto menos que imposible cuando el acceso era imposible por naturaleza.

Y es que, efectivamente, hasta hace poco tiempo sólo podía hacerlo el propio protagonista y pocos más, fuera aquél héroe, aventurero, soñador, hombre de ciencia o cualquier cosa por el estilo. Pero hoy se ha llegado a tal perfección en la comunicación y hasta tal punto se han desarrollado las técnicas de transmisión, que ya estamos en condiciones de «vivir» hechos absolutamente fantásticos. Recordemos, por ejemplo, cuando el año 1969 pudimos presenciar en directo nada menos que la llegada del hombre a la Luna. Entonces vivimos el sobresalto de ver cómo la avería del sistema automático obligaba a cambiar al modo manual en pleno aterrizaje, y la emoción de asistir a un hecho histórico al oír la famosa frase de Neil Amstrong, primer ser humano en pisar nuestro satélite. Y la incógnita del regreso, con la amenaza cierta de que la aventura pudiera convertirse en una espantosa tragedia. Pero entonces las imágenes, imperfectas y en blanco y negro, nos trasmitían la impresión de ver algo lejano, lo que es por otra parte natural y lógico.

Pero ahora esto es distinto. Porque, si, como supongo le sucedería a usted, la llegada a la Luna me impactó profundamente, creo haber vivido momentos aún mas emocionantes con la reciente hazaña del austriaco Felix Baumgartner, retador del destino en su salto al vacío para superar por vez primera la velocidad del sonido a cuerpo limpio. ¿Por qué? se preguntará usted quizá. Y la razón es que todo esa parafernalia de sensores avanzados que se sitúan en lugares inverosímiles, todas esas cámaras y micrófonos de alta definición, todas esas pequeñas antenas suprasensibles de que disponemos, y el hábil manejo de todos estos recursos disponibles, nos permiten ahora vivir segundo a segundo la secuencia completa de una sublime machada como aquella a la que me refiero, y compartir desde la proximidad y el primer plano las emociones de quien se expuso a la muerte situándose voluntariamente en una situación límite.

Así, con la emoción y el temor que transmiten la inmediatez y el detalle, pudimos ser partícipes de un reto fascinante. Seguimos, sí, sin interrupción alguna y desde el interior de la propia cápsula y en «tacto de codos» con el astronauta, el largo ascenso por la estratosfera. Y pudimos ser testigos, no sólo de todos y cada uno de los movimientos de éste hombre valiente, sino hasta de aquellos mínimos gestos suyos que podrían ser interpretados como signos de serenidad o de preocupación. Así llegamos al extremo de sufrir cada vez que creímos ver como el sudor perlaba su rostro imperturbable o nos parecía percibir en él molestias físicas, y nos impacientamos temiendo que se retrasara temerariamente el salto cuando el globo iba ganando en volumen hasta parecer a punto de explotar. Y pudimos imaginar los pensamientos que le rondaban la cabeza a medida que se acercaba al momento de la verdad. Todo ello mientras los instrumentos de a bordo nos mostraban segundo a segundo la presión y la temperatura exterior e interior, la velocidad de ascenso, la altitud alcanzada o la velocidad de desplazamiento, y se nos transmitían las conversaciones del astronauta con su mentor, un oficial americano que en su juventud también osó desafiar al destino de forma parecida.

Luego veríamos el decisivo momento del salto en el vacío y cómo la figura del astronauta se hacía más y más pequeña y se perdía allá abajo en la oscuridad rompiendo la barrera del sonido. Y seguimos la larga caída, cuando el hombre aparecía como un pequeño punto luminoso, y el corazón nos dio un vuelco cuando durante breves segundos se le vio dando tumbos con el control perdido. Y respiramos hondo al verle estabilizarse de nuevo – qué mérito, Dios mío – y más tarde, al abrir el paracaídas, para, tras una caída de cuarenta mil metros, posarse tranquilamente sobre el desierto de Nuevo Méjico, cerca de aquella tierra que yo solía hollar hace ocho lustros,

Muchas serán seguramente las conclusiones científicas que se obtendrán de esta hazaña que ha puesto a prueba la resistencia humana, pero ya hay quienes dicen que en realidad el hecho carece de importancia, que no ha cambiado el mundo. Y quienes comentan que no pasó de ser un espectáculo. Gente que, por mucho que presuma de lista, debe desconocer su condición de terrícola: el hecho de que, lo quiera o no, está viviendo en un planeta. Mas para mí, que siempre me rebelé contra esas torpes interpretaciones de lo fantástico, contra ese vulgar acostumbrarse a las maravillas que de cuando en cuando salpican nuestras vidas, poder vivir con la intensidad que lo he hecho – es decir, casi como si fuera el protagonista del suceso – es en sí un acontecimiento tan prodigioso que doy gracias a Dios por disfrutarlo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8471/8128216033_d0902fb39d_b.jpg

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