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New York, New York

Tres foramontanos en Valladolid 08 Nov 2012 - 07:29 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Neon rain New York. Acuarela de Paul Jackson en pauljackson.com)(*)

Cierre los ojos el lector unos segundos y trate de reproducir en sus oídos los espectaculares primeros compases de la canción de Sinatra. Y, con esa música de fondo, imagínese ahora a Times Square bajo el huracán nocturno, con sus inútiles luces de neón parpadeando para atraer a unos inexistentes peatones y a Battery Park invadida por la furia del océano; los semáforos barriendo el aire y las centrales eléctricas chisporroteando hasta convertirse en luminarias de la tragedia: el escenario perfecto para una película de terror dominada por la abrumadora sensación de la catástrofe. Vea luego apagarse los rascacielos de Manhattan.

Nueva York bajo las desatadas fuerzas de la naturaleza… Sí, Nueva York, la capital del mundo; el emporio del poder, de la imaginación, de la tecnología y, ya también, de la cultura.

Yo no podría evitar otro recuerdo. El de la alta torre que desafiaba al cielo o que quizá lo buscaba para tocarlo con las manos: aquella torre símbolo de la supremacía y del poder norteamericano, desde la que una tarde vi ponerse el sol sobre Manhattan, y que años más tarde se desplomaría a plena luz del sol como un coloso herido, ya convertida en una nube de cascotes que remedaba la espeluznante caída de quienes, desesperados, saltaban al vacío en su impotencia.

He aquí en qué ha acabado la ciudad alegre y confiada que recorrí de joven, cuando buscaba su alma en los espectáculos de Broadway, oteándola desde el Empire State y la estatua de la Libertad, pateando la Quinta Avenida o acercándome a los escaparates de Tiffany´s: una ciudad ahora convertida en paradigma de la vulnerabilidad de la obra humana frente a los cataclismos causados por nuestro planeta o perpetrados por nuestros enemigos.

He aquí dos momentos y dos escenarios parecidos y distintos a la vez: la misma ciudad zarandeada hasta su destrucción por la naturaleza y apuñalada por el odio como símbolo de nuestra evidente incapacidad para contener los excesos de la naturaleza y de nuestra triste condición humana; esas posibles excepciones que abordamos blindándonos con medios cada vez más sofisticados pero sin asegurar el corazón del hombre, lugar donde se aloja, quizá, el mayor peligro.

Así se erige también la gran ciudad en símbolo del tiempo en que vivimos: tiempos de incertidumbre y de impotencia en que nos vemos rodeados de riesgos y amenazas de los que no somos plenamente conscientes. Símbolo, incluso, de la fragilidad remanente o inducida por los cachivaches tecnológicos en los que depositamos nuestra confianza, por no decir nuestra alma.

De nuevo Nueva York como noticia. Otro sueño perdido que habrá que recuperar con gestos nuevos. Incorporando, quizás, esa su imagen de Ave Fénix; de ciudad que todo lo sufre y todo lo soporta, que de todo aprende y con todo mejora y crece; de ciudad que siempre reacciona con dignidad y orgullo para seguir viviendo intensamente. He ahí la prueba: sobre los escombros de las Torres se edificará, como aceptando el reto, otra aún más alta.

Yo sé que, más pronto que tarde, Nueva York – la «Gran Manzana», como a ella la gusta que la llamen – retornará a la normalidad y no se enredará en inútiles lamentos. No llorará otra cosa que sus muertos.

Y sé que pasará el tiempo, y que, lejos de regodearse en la desgracia, la ciudad serenará de nuevo su respiración algo agitada, y, consciente de que la naturaleza no descansa, se preparará aún mejor para otro huracán como este último. Y seguirá alerta – como suele – ante la amenaza de sus arteros enemigos, tan difícil de predecir porque depende de la imaginación de los perversos.

Ahora sí que Nueva York será la fabulosa ciudad que nunca duerme.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8490/8154398189_3654d97205_z.jpg

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