Por Carlos de Bustamante

(En Arcas reales. Acuarela de J. M. Arévalo. 34×46)(*)
Les dije en “La avaricia rompe el saco” que don José -el “amo” de la Dehesa-, tuvo un serio descalabro por el número de hectáreas sembradas de patatas. Animados por el buen precio anterior, fueron muchos los labradores que cayeron en el mismo error. El exceso de oferta, hizo que se desplomaran los precios.
El cosechón en las desacostumbradas superficies sembradas, hizo que, junto a las tempranas no vendidas, tomara la determinación de almacenar las extraordinarias “Desiree” tardías, en el gran almacén que se convirtió la cuadra desoladoramente vacía de ganado. Antes que malvender, las retuvo en espera de mejores precios. Aunque es cierto lo que les dije en algún artículo pasado sobre la avaricia… En su descargo debo de añadir, que no fue la avaricia la que llevó a don José a tan excesiva siembra de patatas, sino la posibilidad de pagar tan numerosos jornales y el vencimiento de las “letras” por la maquinaria adquirida a crédito.
La saca de patatas tardías comenzó bien entrado el otoño. No por repetida deja de ser la escena motivo para el recuerdo. Regadores y no regadores, todos los castellanos-obreros de la Dehesa, azadón en ristre cavando palmo a palmo la tierra, para extraer de ella miles y miles de kilos del tubérculo, en el presente tan depreciado. Y decenas de mujeres, recias las de estos pagos, recogiendo de sol a sol cuantas patatas dejaban “sus hombres” sobre las “chasconeras”. Como los carros y muleros pasaron a la historia, fueron los tractores y “galeras” los que, sin parar, transportaban el cosechón a la cuadra-almacén.
Con tablones sobre las montañas del producto, los que lo descargaban subían cargados con los sacos que se les clavaban en los “reñones”. Vaciados en lo más alto, la cuadra enorme, aún podría resultar pequeña; tan enorme fue ese año la producción de las rojas Dessiree. Si en español quiere decir “deseadas”, don José podía darse por satisfecho. Finalizaba octubre y la extensión de terreno aún sin sacar era importante. Imprescindible acelerar la saca y recogida.
Cuando el día anterior a que finalizase el mes llegó el personal al corte, esperaban dos tractores con extraños artilugios atrás.
-No, si “entodavía” –dijo el Croner- el amo “nos manga” con estos “paratos” una de esas máquinas de los demonios que “diz” sacan ellas solitas las patatas. -Tú lo has dicho, Nicolás, dijo don José. El invierno se nos echa encima –añadió preocupado- y aún nos quedan muchas patatas en la tierra. ¡A ver…! Pero “diquiá” el “ivierno” y con más personal “enllenamos” a escape la cuadra, finalizó Nicolás.
-¡Vamos chiquitos andar agudos, que se nos hace la hora del almuerzo y áhura tién que trabajar las arrancadoras!, dijo el cachicán. Con el espinazo doblado, prosiguieron el trabajo tremendo. Por poco tiempo, porque cuando rugieron los tractores y comenzó el ruido ensordecedor de cadenas y engranajes, todos en pie contemplaban la escena insólita: el gran cucharón de cada arrancadora hendía el terreno que, con matas secas, tierra y patatas se deslizaba máquina arriba por una cadena de varillas de acero que cribaba todo menos las rojas Dessiree. Otra con movimiento vibratorio y lateral, remataba la criba al tiempo de formar la “chasconera” lo que se dice en un verbo. La misma que costaba tiempo y sudores a casi-sin casi- un centenar de personas.
-Pái que trabaja de primera en primera, dijo “Peduco”; pero al cabo que no dejará patatas enterradas… Y digo ó, que no luhay como la mano del obrero. Don José que miraba las máquinas y escuchaba al personal, le dijo que lo comprobara con el azadón.
-Las que halles, Peduco, me las como ó en tortilla, le dijo el cachicán que antes ya había “exprimentau” las máquinas en otro cacho. Volvió Peduco. Mientras, perplejo, se rascaba la cabeza bajo la gorra, dijo muy serio:
-¡Nian una cochinera siquiera pa muestra! Todas las ha echado el bicho éste, en la chasconera. ¡Superiorona de verdad la herramienta!, reconoció al fin, aunque con la mirada perdida que lo decía todo.
El último día de octubre los tractores con las dos máquinas, sacaron y sacaron… Dejados los azadones –“quisió” si los volverían a coger-, hombres y mujeres recogieron sin parar todo el día. Por muchos viajes que echó otro tractor al almacén, en la noche de “todos los Santos”, quedaban en la tierra una importante cantidad de género sobre el terreno.
-¿Las tapamos con matas señor Julio?, pregunto don José al cachicán por aquello del hielo. ¡Quítesustihombre!, y usté perdone, le contestó; ¡si velay la noche que aún páice de verano!… Marcharon todos.
Al “desiguiente” día del de fiesta, llegó don José el primero al corte abrigado con buena zamarra. Los castellanos-obreros luego, arrecidos aún con la manta. Los tractores con los remolques –volquetes a estrenar-esperaban.
En torno a cada chasconera de patatas, miraban y remiraban todos. La cuestión era si había helado o no sobre ellas. Por unanimidad de hombres experimentados, la conclusión fue que en absoluto. Y que “velay estaban todas rojas y sanas como recién sacadas”. Don José hubo de rendirse a la opinión general, sin excepción. En muy poco tiempo, todas descansaban en el almacén. Se cerraron puertas y ventanas, por aquello del hielo que más pronto que tarde, acabaría por llegar…. Almacenadas todas, a la espera del alza en los precios.
Llegado el momento de sacar las remolachas -¡Señor, ¿cuándo se descansa en el campo?…-, el cachicán abrió el portón de la cuadra-almacén, para sacar los picos de dos puntas para arrancarlas. Con cara de espanto, corrió en busca del “amo”: ¡Don José, don José, que las patatas están todas “marrotadas!, le dijo. Entraron. Por el pasillo entre los montones enormes de patatas, contemplaron y “olieron” el insólito espectáculo: embudos como el cráter de un volcán maldito, del que propiamente salía, un olor ¡de los demonios! Las últimas patatas almacenadas sobre las anteriores, ¡sí estaban heladas! Hipersensibles al hielo, se pudrieron y contagiaron a las demás. Más de cincuenta, ¡casi cien!, vagones de patatas ¡todas “marrotadas”, podridas! Como en una película de terror, don José vio alineadas delante de sus ojos atónitos, espantados, las máquinas, tractores, remolques volquetes… ¡¡y casi un centenar de castellanos-obreros a los que era preciso abonar los jornales ganados en buena lid!! Porque lo fue. Se equivocó en la determinación.
¡Mandó Frotar con sacos y lavar una a una en grandes artesas y “barreñones” las que parecían sanas! Aún así, seguían oliendo a podrido que apestaban. Sólo ésas las pudo vender a una fábrica feculera, a tan solo unos céntimos -pocos- el kilo. Jamás se volvieron a contemplar campos de patatas en la Dehesa. Y nunca acabó don José de levantar cabeza ante tamaño descalabro. Pero labrador por vocación, jamás tampoco se dio por vencido. Si Dios es servido, nos vemos con las remolachas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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