Por Carlos de Bustamante

(Canal del Duero, en la Ronda, Valladolid. Acuarela de J. M. Arévalo. 34×46)(*)
Decía nuestro amigo y cachicán en La Dehesa de Peñalba “la Verde” que, con la nueva maquinaria, “la agricultura estaba vencida”. Pero decía también con sabiduría de Séneca, ¡que “no `luhay´ como la mano del obrero”. Y “ó” les digo que, en mi modesta opinión, ni “lóuno”, ni “lóutro”.
Aún recuerdo que, aprendida de niño y recitada entonces y ahora, hay una oración que, en latín se denomina “Trium puerorum”. O sea, “himno de los tres jóvenes”. Sería largo y prolijo indagar sobre el origen de ella. Lo que, en resumen, sí les puedo decir es que en ella se alaba a la Creación entera: “Bendecid al Señor, fríos, hielos, nieves, lluvia y escarcha. Bendecid al Señor nubes y ríos, montes y collados, animales y plantas… Puesto que finalizo con este relato la serie Labores de Ayer, nada tan oportuno, en mi modesta opinión, como bendecir al Señor por todo cuanto les he ¿cansado? con mi insistencia en hacer patente el mandato divino de “trabajar y custodiar la tierra”. Si por su probada amabilidad quisieran: Bendigan conmigo al Señor en todo lo creado.
¿Frío..? : sí; un frío penetrante que, como hemos visto, “entumía” las manos de las mujeres en labores de “escular” remolachas. Y en los castellanos- obreros al soportar hora tras hora las inclemencias de un “temporal”, habitualmente ingrato en los campos de Castilla. Frío, muy frío, en “ivierno” y sofocante “la calor” del verano.
¿Rocíos…? Sí; muy intensos al alba en primavera y otoño. Dígalo si no el “guañino” Eugenio Carreño que, para entrar en el cacho de alfalfa a segar, le era preciso enrollarse con sacos de plástico (los del nitrato) casi hasta la cintura.
¿Escarchas…? SÍ; Las que como perlas de bellísima frialdad hacían de “la Verde” un gran manto blanco, helador. Por el que era preciso moverse en los continuos trabajos a la intemperie durante los nueve meses de invierno o los tres de infierno.
¿Nieve…? Sí; la que, en otros tiempos allanaba caminos, pequeños valles, cotarros, y hondonadas. La que, como los tules del traje de una novia, vestía la arboleda de encajes primorosos en el rodapié de las laderas o junto al río en las tierras de labor. Nieve, que si era de la intensidad de “ayer”, hacía aún más duros los trabajos en invierno.
¿Lluvia…? Sí; la que no impedía “bajar al corte”, para cobrar un jornal tan necesario como la lluvia, moderada, a la tierra. Y como “agua del cielo no quita riego”, la que tenían que soportar los regadores sin más protección que la liviana manta del hato. O si arreciaba el temporal, hacía buena la sabiduría popular de que “quien debajo de hoja se posa, dos veces se moja”.
¿Fuentes…? Sí; las que, abundantes por doquier en la Dehesa, “enfrescaban” la ración diaria de vino en la bota de los castellanos-obreros, o calmaban la sed en la cuadrilla de mujeres encorvadas y sudorosas en labores cuasi inhumanas. O las que, al caer desde la altura al padre Duero, cantaban en susurros o francos y continuos murmullos las historias acaecidas junto a ellas.
¿Montes y montañas…? Sí; los que en el amplio recinto de la Dehesa amparaban en la espesura, todas las especies cinegéticas habidas y por haber. Las que eran motivo de celebración gozosa en las cacerías del día de “la Maña” (el fin de la recolección de una cosecha).
¿Ríos…? Sí; padre Duero que serpeaba en preciosos meandros el fondo del valle donde también “enfrescaba” a la Dehesa. El que proporcionaba la sabiduría del conocimiento del medio a los chavales que lo buceaban en seis kilómetros o pescaban barbos tremendos en las cuevas profundas, o los más pequeños de la superficie con caña y anzuelo. El que lavaba, junto con arena de la orilla (el mejor jasbón), la roña acumulada de los agosteros, finalizadas las labores, y no antes, de “hacer el verano”.
¿Montañas…? Sí; las que, tras pinas laderas finalizaban en la belleza singular del páramo infinito, terrible. Las que hicieron cazadores de escopeta y perro a los protagonistas de tantas historias relatadas. Páramos que fueron escenario excepcional de lucha entre la velocidad de los galgos, la facilidad en el quiebro de las liebres perseguidas y a punto de ser una y otra vez alcanzadas. Los que hicieron a los jóvenes cazadores de pelo y pluma hombres de corazón grande y pulmones, por capacidad, -tantas veces puestos a prueba- potentes.
Animales, parajes, plantas, cielos y nubes…
Lista interminable que podría continuar la amabilidad del lector, que es interminable motivo de las continuas alabanzas del “TRIUM PUERORUM”. Labores de Ayer y de hoy y su entorno, que les sobran motivos para repetir incansables: ¡Bendecid al Señor! ¡Bendecid al Señor!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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