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Máscaras de la tragedia

Tres foramontanos en Valladolid 22 Nov 2012 - 07:21 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Pocoyo y sus amigos en pekegifs.com)(*)

Como es lógico, estos últimos años de decadencia económica se ha hablado mucho de la necesidad de impulsar la creatividad empresarial entre los jóvenes, y creo que, efectivamente, estamos asistiendo a una toma de conciencia en tal sentido. Pero tengo la impresión de que quienes verdaderamente han aguzado la imaginación han sido los desheredados de la fortuna: ya saben ustedes que la necesidad obliga.

Uno de los campos más destacados es, desde luego, el del ahorro, concepto dominado especialmente por las ancianos y las viudas. En este sentido uno de los más acertados logros es el de aquella anciana sin posibles que reciclaba el agua resultante de sus abluciones diarias. Como también el de los abuelos que, por falta de espacio en su piso, endosan durante el día al vecino generoso el colchón del hijo que retornó al hogar paterno con la mujer y los niños y que no tiene cabida en la estrechez de la vivienda. Pero hay otros muchos rostros de la pobreza vergonzante que nos mueven cada día al escalofrío, como el del joven ingeniero que inventa mil triquiñuelas para pasar desapercibido cuando acude con su hijo a los comedores de Cáritas. Tantas y tantas situaciones conmovedoras que parecerían hasta ridículas si no representaran mejor que ninguna otra cosa el rostro de una tragedia repetida. Escenarios en las que aflora la tragedia del hombre, solo ante el destino adverso pero rodeado de ocasiones de mostrarse ante los demás exhibiendo involuntariamente su pudor. Escenas inspiradoras en la medida que resultan prototípicas de la lucha interna del ser humano por mantener el tipo y no revelar su desnudez en la desgracia: de no dejarse ver en sus heridas y en sus cicatrices.

Dentro de este panorama lacerante, una imagen me mueve especialmente a la reflexión, pues me recuerda la lucha de los animales hambrientos por un mendrugo de pan duro. El periódico del domingo incluye una fotografía y unos comentarios al respecto. El escenario es la Puerta del Sol, y en este sentido sitúa nuestro ejemplo gráfico como un símbolo.

Un rostro destaca sobre un retazo de cielo azul y de edificios conocidos: el de un hombre de aspecto serio y preocupado; dolorido. Su edad frisa los sesenta años, y su fisonomía bien pudiera corresponder a un presidente de consejo de administración, a un importante político o a cualquier otro señor respetable y respetado. Su tez está curtida o quizás revele su lugar de procedencia. Nos dicen que es boliviano, así que suponemos que se tratará de un emigrante que vino a España con la ilusión de hacer fortuna.

Nuestro hombre lleva su mano derecha cubierta por un guante blanco, y con ella despeja un curioso tocado. Pero éste no es un sombrero, como pudiéramos suponer, sino la cabeza de Mickey Mouse, porque el caballero usa disfraz. Es uno de los muchos personajes que con éste o cualquier otro atuendo parecido se ganan el condumio diario dejándose retratar en lugares típicos del centro de Madrid junto a niños y turistas en general. Éste tiene – nos dicen – cinco hijos, y hay jornadas en que consigue reunir hasta diez euros.

Tras él se ve otro de los muñecos preferidos por los niños: el famoso Bob Esponja, amarillo de los pies a la cabeza. Y se sabe que por allí pululan, Pocoyó, Minnie, el Pato Donald, algún Pitufo y otros varios. Todos ellos van a lo mismo: hacerse ver hasta que unos niños o unos turistas de cualquier edad se les acercan para añadir su imagen al reportaje fotográfico de su visita a Madrid que más tarde enseñarán entre risas a los amigos.

La noticia es que, al parecer, los euros son pocos y la competencia mucha, y que esto ha dado ocasión a alguna que otra pelea que, al producirse allí, en la plaza pública, ha cobrado relevancia gracias a la proyección que adquiere todo cuanto se expone en la red. Así que Youtube ha otorgado su efímera fama al acontecimiento, y esto ha redundado en una mala imagen de los esforzados hombres y mujeres que diariamente exponen su dignidad por rebañar a la desgracia unas monedas. Y han surgido voces como la de este hombre devenido en Micky Mouse para reclamar paz y tranquilidad y recuperar su maltrecha dignidad.

Yo imagino lo que habrá pasado por la cabeza de este hombre, ahora serio y consciente de su figura contradictoria, antes de decidirse a comprar el disfraz, que dicen cuesta doscientos euros en España y veinte en el Perú, meterlo en una bolsa, coger el metro hasta la Puerta del Sol para vestirlo a la vista de la gente, y transformar su sueño en pesadilla. Y supongo con qué tristeza afrontará la posibilidad de que, aquellos amigos de siempre que dejó en su lejano barrio de Bolivia, lleguen a ver en Youtube en qué acabó el hombre que de allí partió con sus ilusiones aún incólumes de comerse el mundo: un Mickey Mouse patético que lucha con otros desgraciados por un lugar al sol.

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