Por Carlos de Bustamante

(El Pisuerga en Simancas . Acuarela de J.M. Arévalo. 34×46)(*)
Los diferentes cultivos han de acoplarse en el campo al devenir de las Estaciones. No sucede, no debe de suceder, lo mismo que “los signos de los tiempos”. Cuando éstos traen perversidad o malas costumbres, no son las personas como Dios manda las que deben acoplarse a ellos, sino al revés; serán los signos de los tiempos los que deberían cambiar hacia las personas de bien. Tan “oreado” después de la sentencia, acudo enseguida al tema de hoy, cuando terminado el verano y sus labores, nos adentramos en las labores de Ayer durante el otoño, abocado al invierno. En un artículo escrito Dios sabe cuándo, les decía cómo quedó de herida nuestra Patria después de tres años de guerra. Vencieron, sí, los “nacionales” a los que, apoyados por la Rusia comunista, les hubiera gustado que España fuera uno más de sus países satélites.
Quedamos, pues, libres del yugo comunista que propalaba una democracia más falsa que Judas. Mas el precio en sacrificios y vidas humanas fue demasiado alto. No digamos de la tan hoy tristemente en boga economía. España herida, esquilmada y, les dije, “hecha unos zorros”.
Fue principalmente el campo el instrumento -sin descartar otros- del que se valió el “dictatorial…”(¿) Jefe del Estado, para rescatar el barco casi hundido de la Nación. España, los españoles unidos -todos a una-, respondieron con largueza a los planes establecidos. Florecieron progresivamente las industrias: junto a deberes ineludibles, surgieron de donde no había ¡nada! los derechos sociales que, por serlo, merece todo ser humano.
Para endulzar, siquiera un poco, tanta amargura pasada, se estableció (no por casualidad) en el campo la llamada “remolacha de reserva”. Con un plan hidrológico de futuro, aumentaron los terrenos de regadío. Con él la posibilidad de un cultivo tan exigente en riegos como es la remolacha. A velocidad de vértigo (¿demasiada…? ) florecieron, espléndidos, terrenos y más terrenos de remolachas “como cántaros”. Para estos terrenos nuevos en tal cultivo se estableció (no por casualidad) un precio especial; muy superior al existente anterior. Etapa en el campo de grandes transformaciones, vividas -a veces, y es tema ya tratado hasta la saciedad, sufridas-, con similares cambios en las grandes industrias: azucareras, entre otras, en buen número de capitales. Desapareció el paro en el campo y en las ciudades. Familias enteras de numerosos pueblos, tuvieron jornales en labores con el incremento del cultivo, tan exigente en mano de obra.
Jornales ganados –no se les regaló nada a nadie- con el sudor de la frente, abundante en los obreros, castellanos, andaluces, aragoneses… de más de media España. Pero hubo trabajo para todos. Al fin, pasaron, ojalá hubiera sido para siempre, los malhadados años del hambre. Quien hizo posible la victoria en la guerra, también por él, o por los buenos gobernantes elegidos, capitaneó y ganó la batalla de la paz; la que, sin prisa y sin pausa, trajo -¿o no?- también la prosperidad. En el campo y en la ciudad. Por haberme ido por las ramas, como de costumbre, queda poco espacio para exponer los trabajos, ya primitivos, en los campos con las famosas remolachas de reserva. Sólo antes, recordarles cómo en presencia del artífice de la prosperidad dicha, coreábamos por el vacío hecho a España de nuestros vecinos europeos: “¡Si ellos tienen “uno” (ONU), nosotros tenemos “dos”…!”.Y “sin uno”, pero con “dos”, salimos “divinamente” adelante.
Las remolachas, como bien saben, se siembran en primavera. Conocen también la evolución en máquinas, semillas y el impresionante trabajo de las cuadrillas para el “entresaque” hasta dejar cada una a la distancia debida entre cientos de las nacidas. Creo haber dejado escrito también muchas de las aventuras y desventuras, para del riego surco a surco “por pie”; pasar luego al riego por aspersión; con tuberías portátiles primero (no se “mudaban” solas) a la “cobertura total” posteriormente. “Vinon” después los impresionantes “Pivot”. Artilugio que, autopropulsado, recorría el terreno dejando caer desmenuzada, como el “calabobos”, la lluvia suave y benefactora. Creo que hoy existe, en éste u otros cultivos el “riego por goteo” que sólo visto, no llegué a utilizar.
Próximo a finalizar-o ya finalizado- el otoño, comenzaba “ayer” (hoy antes) la saca de las remolachas, objeto de tantas labores y sudores, desde aquéllas pioneras “de reserva”.
Las manos como garfios congelados en innumerables castellanos-obreros, y similares en las que fueron manos delicadas de mujer. Manos “cuasi marrotadas”, “encentadas” (heridas) de tanto manejar el pequeño hocino, para “escular” durante dos, tres, o más meses todas las hojas y coronas de las tremendas raíces. Con frío, hielo, lluvia e incluso nieve, hombres y mujeres dejaron sobrada constancia de trabajos heroicos realizados por heroicos personajes. Cuasi agotados, pero nunca vencidos, cientos de héroes anónimos escribieron sobre el terreno la historia dura y bella no del todo comprendida, ni agradecida. Sirvan, pues, estas líneas como sincero agradecimiento para los que en labores de Ayer en el campo y otros diferentes pero también muy duros (las “cadenas” de las fábricas por ej.), hicieron posible tantos años de paz próspera. La que la insensatez ha desbaratado en siete años para olvidar. Para endulzar lo que sería un triste final, va la anécdota:
Con golpes poderosos de los picos de dos puntas, horquillaban los castellanos-obreros cada remolacha. Con un tirón que nacía de los “reñones”, afloraban a la superficie, helada las más de las veces, para ser “esculadas” por las mujeres de la cuadrilla.
-¡Veáhi una como un cántaro!, exclamó nuestro ya amigo “Santiaguillo Cagaris”
– ¡Y vehái otra!, dijo ahora “Bobarras”
-¡Va, va, va, todas!, remató “el Croner”, el regador del cacho. Que todas están “superioronas” y se acabó.
-¡A ver…! Porque “tién lo que tién que tener”, dijo Leocadio “el tío Pichón”.
-¡Y estas manos con las que ó las “hié mangau” unos “chapucones cojonudos”, no te jode!”, “pondereó” el Croner su trabajo en el cacho.
En el surco que sacaba Cagaris sobresalía una remolacha muy por encima de las otras y de un tamaño realmente exagerado.
-Áhi te quiero ó ver Cagaris-dijo el regador del cacho- que ésa tié más tajadas que lasquihay en tu cuerpo de gurriato…
-¡Cuál, exclamó muy serio el interfecto. ¡Ésa-añadió- la saco ó con la gorra!
-Con la gorra ¿eh?, “amusque”, si tié un cuerpazo más grande que el de un servidor, exageró el Croner. Que tú-añadió- me pai que tiés mucho diaquí, se señaló los labios, untados con el dedo de barro como si “serían” bigotes. Pero es “áhi”- le dijo señalando el “cántaro”- “ande tiés quihablar con hechos las palabras “quihas tirau”.
Se acerca a ella Cagaris… Expectación ante el reto entre ambos. Se quita Cagaris la nacional cubrecabezas, hace varios amagos al frente de tirarla, y, al fin, vuela dando giros sobre sí misma, para aterrizar justo, justo encima de la causante del curioso diálogo. Expectación en aumento y escepticismo, no sin cierta sorpresa, del regador ante semejante puntería. Junto a la remolacha, levanta, ahora, Cagaris el pico y con soplido de vendaval increíble para sus pulmones, horquilla la remolacha con gorra y todo encima. Tirón luego y, con la gorra “puesta” mira ufano al que, pálido, “tié” que darse por vencido.
Con las risotadas de hombres y mujeres, se les llega la hora del almuerzo. La misma remolacha asada que da abasto para endulzar a todos los castellanos-obreros. Reunidos en torno a la hoguera, cuentan y ríen hasta que el cachicán da la voz fatídica:
-¡Vamos chicos, todos “agudos” al corte, que “sigún” está de raso el cielo, “páice” que mañana “quisió” si no tendremos nieve o hielo!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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