Por Javier Pardo de Santayana

(La comida del ciego. Obra de Pablo Ruiz Picasso en pintura.aut.org)(*)
Hace tiempo escribí un artículo en el que animaba al lector a observar con atención el mundo que nos rodea para detectar esos pequeños chispazos de belleza que de cuando en cuando la vida nos ofrece y que debiéramos recoger con gozo por su contribución a nuestra felicidad más íntima. Se titulaba «Cazando mariposas», y en él recogía, juntamente con un pensamiento de aquellos que nos permiten ver las cosas desde un ángulo más penetrante que el habitual, una preciosa frase que recogí de una entrevista cuyo protagonismo correspondía a una atleta como dicen ahora «discapacitada».
Para ello me bastó con entrar en la última pregunta, cuando la periodista, impresionada por las fuerza moral de una joven entrevistada que en su silla de ruedas había conquistado nada menos que una medalla olímpica, y consciente de las dificultades que ésta tenía por delante para vivir con una cierta dosis de felicidad, pretendió sonsacarla una idea, por mínima que fuera, sobre hacia donde pensaba orientar su futuro. La pregunta fue exactamente ésta: «Y en esta vorágine, ¿quién será al fin Gema Hassen-Bey?» Y ésta fue la respuesta: «No lo sé. Lo que sueñe mañana.»
Ahora tropiezo con otro personaje admirablemente singular. Se trata de nuevo de un atleta paraolímpico que en esta ocasión interviene en uno de los muchos espacios radiofónicos dedicados al deporte. La voz del atleta es joven y fresca, pero sobre todo singularmente animosa. Es, sí, la voz de un hombre feliz si es que tal cosa existe. Le preguntan por sus participaciones olímpicas, y se ve que ha disfrutado con ellas, pero transmite la impresión de dominar el difícil arte de apropiarse de la realidad para embellecerla con su optimismo, de donde deduzco que es él mismo quien fabrica su propio bienestar.
He aquí dos perlas: le preguntan por su psicólogo, porque como ustedes saben, la psicología ha entrado con fuerza en al deporte como ingrediente orientado a la búsqueda de la perfección. Esta presencia es sin duda una buena muestra de hasta qué punto se afina hoy en día a la hora de procurar una marca atlética o, simplemente, la victoria. E imagino que en el caso de los atletas paraolímpicos quizá podamos encontrar una componente especial de superación de complejos y dificultades específicas. Y en efecto, así es. Nuestro amigo recoge la pregunta y nos dice que esto es cierto: cuenta con el apoyo de un psicólogo con el que lleva ya trabajando cierto tiempo. Pero con un matiz. Sonriendo y como en plan de broma, el atleta nos hace ver que, si al principio recibía de él los ánimos para vencer, ahora ha pasado a ser él mismo quien se los da al psicólogo. Que es como decir: mi moral es tan fuerte que ya no necesito ayudas, y poseo tanta como para ofrecérsela a los demás.
Debo puntualizar que nuestro atleta es ciego, mas no de nacimiento, pues la ceguera fue secuela de una enfermedad de la retina. Y esto, como él mismo comenta, hace aún más dura la pérdida de la facultad de ver, porque se parte del contraste entre la gloria de ver y la desazonadora oscuridad absoluta. Pero el muchacho es inasequible al desaliento, y se siente tan bien en su actual circunstancia que asegura que, en el caso de poder elegir una nueva vida, él elegiría la misma con que Dios le regaló. Naturalmente, intuyo con escasa posibilidad de equivocarme que una gran parte de la felicidad que transmite se debe a la mujer con quien comparte su vida.
Yo reflexiono sobre el buen sabor de boca que le queda a uno después de haber oído expresarse así a unos jóvenes que según los modelos socialmente aceptados deberían pasar la vida lamentándose de su mala suerte y de su incapacidad para disfrutar de lo que ésta nos ofrece. Porque lo normal sería tirar la toalla y desbarrar de todo…
Y, naturalmente, me vienen a la idea recientes imágenes de desesperados, indignados o simplemente «cabreados» que tienen una vista envidiable y pueden andar y correr con la mayor agilidad, pero que, sin embargo, parecen estar ya hartos de la vida y odiar al prójimo tanto como a sí mismos. Así que se esfuerzan por demostrarlo pintarrajeando las paredes, arrojando piedras y botellas contra todo cuanto encuentran a su paso o quemando el mobiliario público. Buscando, en suma, el rincón oscuro de la vida. O que, teniendo incluso todo a mano para ser felices, buscan una vía de escape en el botellón y las drogas, con lo cual fabrican torpemente su propia infelicidad. O que se lamentan de su situación y de su mala suerte cualquiera que ésta sea; algo que, siendo comprensible, contrasta abiertamente con la limpia alegría de estos atletas paralíticos cuya actitud nos parece admirablemente ejemplar, no sólo para quienes puedan encontrarse en su misma situación, sino, sobre todo, para quienes disfrutamos de buena salud.
Yo recomiendo que nos acordemos de ellos unos segundos antes de quejarnos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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