Por Javier Pardo de Santayana

(3 Girls. Acuarela de Milind-Mulik en watercolorspainting.com)(*)
No sé por qué, pero constato que de vez en cuando caigo en la tentación de hablar de moda. Quizá sea por su carácter cambiante y, desde luego, lo es por su tendencia a la excentricidad, características éstas que incitan a la reflexión y dan suficiente motivo para el comentario. Así salieron a la palestra los talles bajos que exponen el ombligo y el lomo a la vista del público y muestran la marca de las prendas íntimas, el torpe desaliño indumentario de los presentadores de televisión españoles, o, más recientemente, esos pantaloncillos femeninos que por arte de magia surgieron como setas creo que hace dos veranos, y que tan cortos son de talla que les rebosan los bolsillos propiamente dichos. Y, aparte de eso y de algunas otras cosas, describimos las crecientes redondeces que ponen en duda la eficacia de esos mensajes maravillosos que alientan a cuidar el físico y que nos meten por los ojos las bellas imágenes de modelos esbeltísimas.
Esta vez, digo, se trata de la aparición en nuestras calles, y no digamos en nuestros enclaves lúdicos, de unos supertacones, taconazos o como los quieran ustedes llamar para describir lo que realmente son: unos tacones altos, altísimos, casi imposibles. La verdad es que no sé mucho de esto, pero mi impresión es que todo comenzó con las llamadas «cuñas», solución a la pulsión femenina en pro del aumento artificial de talla que, como su nombre directamente indica, consiste en una cuña de madera o material parecido que ocupa el espacio que media entre la suela y el suelo y debe dar consistencia al paso de su dueña. Quienes tengan, digamos, alrededor de los setenta años, recordarán un artilugio parecido que formaba conjunto con los altos tupés, las cejas pintadas y los labios de un rojo acentuado. Yo los relaciono con «Chaparrita la Divina», aquella canción de la posguerra. Mi apreciación señala por otra parte la reciente coexistencia de este artificio con otro invento parecido: el del tacón de aguja, esa cosa casi imposible sobre la cual la mujer se convierte en un ser inestable por necesidad. Yo le recomiendo a usted que no mire hacia abajo – por muy imposible que parezca – ante una joven o no tan joven portadora de tacones de aguja, pues le será difícil mantener la serenidad y concentrarse en lo que pretenda hacer.
Mas, cuando parecíamos haber alcanzado ya el no va más del calzado femenino, primero con el vertiginoso tacón de aguja y luego con la cuña – más segura sí, pero que permitía superar alturas – este año, o como mucho hace un par de ellos – aparece un fenómeno nuevo y realmente aparatoso: una especie de acorazados Potemkin enormemente sólidos, que imitando el perfil clásico del zapato le añaden un cuerpo y una solidez extraordinarios con el solo objeto de aumentar desmesuradamente la estatura.
El efecto es espectacular. Por ejemplo, mis sobrinas se han izado hasta una altura insuperable que las hace parecer en levitación permanente, aunque también las veo como más seguras de sí mismas, cosa normal si tenemos en cuenta que ven a los demás como en un estrato inferior y supongo que también como pequeños seres insignificantes. Yo compararía esta impresión con el contraste que veo en los partidos de baloncesto cuando las periodistas se acercan a unos muchachos que miden de dos metros para arriba.
Yo creo que las tendencias del calzado merecerían ser objeto de análisis y evaluación, y lo sostengo por cuanto éstas pudieran ser origen de efectos sociales importantes a la larga; por ejemplo en cuanto a la relación entre los sexos, entre las personas de distinta edad o entre las generaciones coincidentes. Así, imagino los complejos que pueden adquirir los hombres ante unas mujeres que por esta vía artificial les superan con creces en estatura y en porte, y los aires de superioridad que adoptaría la mujer respecto al hombre. ¿Y los efectos del engaño? Porque uno puede enamorarse de una mujer esbelta para luego descubrir que es un vulgar retaco. Y a eso no hay derecho. Luego está, como digo, la relación entre generaciones, terreno donde podríamos observar un desprecio aún mayor que el actual de los jóvenes hacia quienes les superan en edad. Al fin y al cabo estamos hablando de «mirar por encima del hombro» al prójimo.
Ignoro si, como moda que es, este fenómeno – no ya tanto de «supertacones» como de «superzapatos» – responderá a una actitud efímera y volátil o si, por el contrario, habrá nacido para perpetuarse, mas yo creo que, si bien pudiera ser tomado como un avance más del feminismo y por tanto como un paso adelante y sin vuelta atrás, lo más probable es que acabe anatematizado por atentar contra la salud y la seguridad, tan en boga hoy en día.
Que se lo cargue la preocupación por la salud será seguro en cuanto salgan a la luz las estadísticas de tobillos torcidos y caderas rotas o alguien quede cojo de un pisotón, y no digo nada si los chinos entran en la fabricación y se extiende la venta en sus bazares. En cuanto a los problemas de seguridad, lo mismo ocurrirá cuando los traficantes de droga o los terroristas descubran las inmensas posibilidades que el superzapato ofrece para esconder sustancias prohibidas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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