Por Carlos de Bustamante

(La Inmaculada Concepción.1607. Óleo de El Greco)(*)
Lo que les narro a continuación, es de sobra conocido desde hace años por cuantos militamos en la Infantería española. Tal vez no por todos aquellos a quienes van dirigidas estas Historias de nuestra Madre. La que es común para unos y otros, sea cual fuere la advocación. En cuanto a España se refiere, confirma con rotundidad cuanto nuestro soldado e insigne literato Calderón de la Barca decía en este caso concreto y en cuanto a la Infantería se refiere, los versos inolvidables:
Aquí la más principal / hazaña es obedecer, / y el modo cómo ha de ser / es ni pedir ni rehusar. / Aquí, en fin, la cortesía, / el buen trato, la verdad, / la fineza, la lealtad, / el honor, la bizarría; / el crédito, la opinión, / la constancia, la paciencia, / la humildad y la obediencia, / fama, honor y vida son, / caudal de pobres soldados; / que en buena o mala fortuna, / “la milicia no es más que una / religión de hombres honrados”.
Ignoro si conoció el “milagro”; más seguro es que el impulso para escribir el poema, que aún puede leerse en el frontis de recintos donde se forjan infantes, fue fruto de quien fraguó su hombría en la práctica de las virtudes que ensalza con conocimiento de causa vivida en las filas donde militó. Pero vayamos al “milagro”: El siete de diciembre de 1585, el Tercio del Maestre de Campo Francisco de Bobadilla combatía por España y la Fe católica en Holanda. La isla de Bommel, situada entre los ríos Mosa y Waal, era el reducto defendido por el Tercio Viejo, bloqueado por completo por la escuadra del almirante holandés Holak.
Cinco mil hombres guarnecían la isla “cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil diablos”, como dijera de ellos un almirante francés.
El bloqueo se estrecha cada día más. Ya no quedan víveres, ni pertrechos de guerra, ni ropas secas. Sólo frío y agua y barro y desesperanza.
Alejandro Farnesio, el gobernador de los Países Bajos, envía unos refuerzos que nunca llegan. Los Maestres Carlos Mansfeld y Juan del Águila, tratan en vano de socorrer a los sitiados. No hay esperanzas de auxilio.
El jefe enemigo propone entonces una rendición honrosa.
La respuesta de Bobadilla es inmediata:
-“Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos”.
Ante tal respuesta, Holak recurre a un método infalible para acabar con la resistencia española. Como las aguas del Mosa discurrían por un canal más alto que el terreno ocupado por los soldados del Tercio español, abre una enorme brecha en el dique y las aguas se precipitan sobre el campamento del Tercio, que, de pronto, se ve rodeado de ellas por todas partes.
No queda más tierra firme que un montecillo (apenas cincuenta metros), nombrado de Empel donde, abandonada la impedimenta y pertrechos no esenciales, han de refugiarse los soldados so pena de perecer ahogados.
En esta situación, un soldado del Tercio cavaba una trinchera, “más para tumba que para guarecerse”. De pronto tropezó con un objeto de madera allí enterrado. Era una tabla flamenca en la que estaba pintada, en vivos colores, la Inmaculada Concepción.
Impresionado, comenzó el soldado a gritar. Acudieron sus compañeros. Colocaron el cuadro sobre la Bandera Española a modo de improvisado altar y cayeron de rodillas entonando acto seguido la Salve.
El Maestre Bobadilla, considerando el hecho como señal cierta de la protección divina, arengó así a los supervivientes del Tercio:
-“¡Soldados!, el hambre y el frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada viene a salvarnos. ¿Queréis que se quemen las banderas, que se inutilice la artillería enemigas y que abordemos esta noche las galeras que nos cercan?”.
-¡Sí, queremos!, fue la respuesta unánime de aquellos infantes españoles.
Un viento huracanado y tan intensamente frío se desató aquella tarde, que heló-hecho insólito- las aguas del Mosa.
Marchan los españoles sobre el hielo a media noche y atacan por sorpresa a la escuadra enemiga. Al amanecer del “día 8 de diciembre”, alcanzan una victoria tan completa que hace decir al almirante Holak: “Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro”.
Aquel mismo día, entre vítores y aclamaciones, la Inmaculada Concepción es proclamada Patrona de los Tercios de Flandes e Italia. La flor y nata del Ejército español.
Años después, lo sería del total de la Infantería Española. Hoy en día, es Patrona de España y de los Estados Unidos de América”.
Aún cuando a nuestra Madre se la veneraba en España como Inmaculada antes del parto, en el parto y después del parto, muchos años antes de esta fecha es digno de resaltar, que la proclamación solemne del dogma no se llevó a cabo hasta el 8 de diciembre del año 1854 por el Papa Pío IX en la bula ineffabilis Deus. Es decir 270 años después de que fuera erigida Patrona de la Infantería de España. Va a ser, pues, que tenía razón el poeta cuando decía “Religión de hombres honrados”. No obstante y para confirmar lo dicho, en la siguiente Historia, creo poder ratificarlo.
Imposible finalizar ésta sin dejar escrita la canción que, enamorado perdido de mi Patrona-la que pueden ver en la imagen que adjunto- cantaba en fechas anteriores y posteriores a nuestra fiesta entrañable:
¡Salve, madre!
en la tierra de tus amores
te saludan los cantos
que alza el amor:
reina de nuestras almas,
flor de las flores,
muestra aquí
de tus glorias los resplandores,
que en el cielo tan sólo te aman mejor.
Virgen santa
Virgen pura
vida, esperanza y dulzura,
del alma que en tí confía,
Madre de Dios,
Madre mía,
mientras mi vida alentare,
todo mi amor para ti;
mas si mi amor te olvidare,
madre mía, madre mía,
aunque mi amor te olvidare,
tú no te olvides de mí.
Y como me olvido de ella con frecuencia, repetía, como repito ahora con la afectividad a flor de piel: Madre mía, madre mía, aunque mi amor te olvidare, tú no te olvides de mí…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8484/8241036057_82d57db42d_b.jpg
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