Por José María Arévalo

(En el Pinar. Óleo de Julio P. Alfaro Martínez -1854-1915-, en el Catálogo de pintura de la Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid, realacademiaconcepcion.net. 0,90×0,66)(*)
Continúa doña Amalia Prieto Cantero, en su “Historia de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid” – con cuya publicación nos unimos a la celebración del 230 aniversario de que Carlos III admitiera a la Academia vallisoletana bajo su protección, en 1783-, relacionando las gestiones que realizara la Real Academia para recuperar y conservar los pasos de Semana Santa, hasta la invasión francesa de Valladolid, y las posteriores. Concluíamos el artículo anterior viendo cómo en Junta General de 16 de agosto de 1787 acordaba la Real Academia que se haría cargo de ellos “si la obra proyectada para concluir las casas consistoriales -en donde se daban las clases- tuviese efecto” pues en tal caso habría lugar donde colocarlos, de lo que entonces carecía.
Bajo el epígrafe “Real Orden de 30 de septiembre de 1802” explica que “Sin embargo, la Academia vallisoletana no descuidó el asunto. Para resolverlo adecuadamente más adelante, el 11 de julio de 1802, elevó una representación a Carlos IV manifestándole que dichas estatuas «eran de la mayor estimación» y se hallaban en poder de personas que, ignorando las perfecciones del arte, las tenían descuidadas o las desfiguraban con toscas reparaciones. El Monarca, por R. O. de 30 de septiembre de dicho año, dispuso que la propia corporación académica tomase las medidas que juzgase necesarias para que en lo sucesivo ni se sustrajese ninguna de dichas figuras ni se las reparase sin conocimiento de la Academia, de modo que ésta fuese la única que se preocupase de su conservación, procurando que no se maltratasen ni desfigurasen a fin de que la ciudad de Valladolid pudiese poner siempre, a la vista de los estudiosos de las nobles artes, modelos dignos de imitarse y, a la de los inteligentes y aficionados, objetos que admirar.
Ante la citada R. O., pocos días después –el 10 de octubre- se acordó comunicar a las cinco penitenciales, que se había designado a un académico y al director de la clase de Pintura, señores Pérez y Araujo, a fin de que visitasen los locales de las cofradías y dispusieran lo conveniente para la buena conservación de las imágenes y, a la vez, para que redactasen inventario de las mismas sin lo cual no se procedería a la reparación de ninguna de ellas. Pese a las dificultades que las cofradías opusieron, el inventario fue redactado, comprendiéndose en él a las penitenciales existentes de Las Angustias, La Vera Cruz, Jesús Nazareno, La Pasión, y La Piedad, ésta ya establecida en la iglesia de San Antón. Del resultado de la comisión se dio cuenta al Presidente de la Chancillería con la finalidad de que él ordenase recoger cuatro figuras que, para su retoque, habían enviado las referidas penitenciales a Madrid, y dándole detalles acerca del estado del asunto y de las órdenes recibidas para la buena conservación de aquellas obras de arte.
No pararon en esto las gestiones de la Academia, que las reiteró más adelante, a fin de salvaguardar tales estatuas, aunque para resolver el problema que se planteaba era necesario solucionar previamente la falta de local puesto que el que tenia en el edificio del Consistorio no podía trasladar objetos de arte por no disponer de espacio para ellos. Ante la circunstancia de no proporcionar el Ayuntamiento más salas por no haberse terminado aún las obras de ampliación de sus casas, fue necesario pensar en otra solución y, puesto que era Academia de creación real, por ello determinó dirigirse al monarca reinante, Carlos IV, exponiéndole la necesidad de instalarse en un edificio más amplio y adecuado, lo cual era tanto más urgente de atender a partir de la citada R. O. de 30 de septiembre de 1802, y puesto que carecía de recursos económicos para resolver el asunto, en 6 de febrero de 1803 los solicitó del Rey quien dispuso, el 15 del mismo mes, que ella misma alquilase una casa adecuada para sus fines y manifestándola, además, que S. M. contribuiría al pago del alquiler (citado este dato en el ACTA de Junta ordinaria de 21 de diciembre de 1814. A. H. P. y U. de Valladolid, Universidad, Libro 561).
A este efecto la concedió el arbitrio de la mitad de la renta de la Casa-Teatro de Valladolid, de cuya exacción disfrutaba, por privilegio, la ciudad, la cual había estado entregando a la Cofradía de San José, por disposición real, dicho arbitrio para el sostenimiento de los Niños Expósitos del Hospicio de Pobres. (Acerca de este asunto existe abundante documentación en el sobredicho Archivo, en el Depósito de la Diputaaión Provincial referente a Cofradías Gremiales, especialmente en el de la de San José de Niños Expósitos. Teófanes Egido elaboró y publicó un interesante trabajo acerca de tal tema investigando en los indicados fondos documentales. Conf.: La Cofradía de San José y los Niños Expósitos de Valladolid, 1540-1750, en «Revista de Estudios Josefinos», año XXVII, nº 53-54, de enero 1973). Suprimidas las cofradías de artesanos e incorporadas sus rentas a la Casa de Misericordia, tal privilegio quedó suprimido (Jesús María Palomares: “La Asistencia Social en Valladolid. El Hospicio de Pobres y la Real Casa de Misericordia; 1724-1847”. Valladolid. Sever-Cuesta, 1975). El cambio de destino del ingreso de la mitad de la renta de la citada Casa-Teatro tuvo lugar en plena temporada teatral de 1804, en que se les abonó, por última vez, a los antiguos beneficiarios, pasando a disfrutarle en adelante la Academia de Nobles Artes de la Concepción quien, con su caudal, había de satisfacer el alquiler de su nuevo domicilio, según lo había ordenado el Monarca. No obstante la solución no fue definitiva como se dirá más adelante.
Por ese tiempo, concretamente en 1807, nuestra corporación académica recibió la concesión y confirmación, a su favor, de los privilegios que gozaban las de San Carlos, de Valencia, y de San Luis, de Zaragoza (a estas Academias les habían sido concedidos dichos privilegios en 24 de febrero de 1768 y 18 de noviembre de 1792, respectivamente; a la de Valladolid le fueron dados en 1.802; lo no prevenido en sus Estatutos debía acomodarse a lo dispuesto en los de la de San Fernando o consultarse a ésta, considerada como cabeza de todas las Academias del Reino según se determinaba en el artículo 15 de los de la de San Carlos de Valencia). Concesión que, aunque había sido otorgada por R. O. de 30 de julio de 1802, sin embargo, por no haber sido comunicada al Real Consejo, no se usó de ella hasta el citado año 1807. Se iba, pues, afirmando la personalidad de la Academia a la que se le ampliaba el campo de actividades en virtud de la R. O. de 11 de enero del siguiente año -1808- en que se dispuso que cuantas obras de arquitectura, escultura o pintura se realizasen a cargo de fondos municipales o provinciales debían ser previamente aprobadas por la Academia de San Fernando o, en su defecto, por las de Nobles Artes del reino. Sin embargo el cumplimiento de esto se vio afectado por la invasión francesa ocurrida poco después.
Casa de la Academia en la calle de Teresa Gil. Los pasos de Semana Santa. Invasión francesa en Valladolid
Veamos ahora cómo resultó la instalación en la casa nuevamente alquilada en la cal1e citada, nº 26, por la que había de pagar, en los primeros tiempos, un alquiler de 2.000 reales anuales, siendo las reparaciones por cuenta del propietario, aunque la Academia habilitó, por la suya, los locales para reuniones y clases. Como no mucho después de haberse alquilado y reparado aconteciera la entrada de los franceses en la ciudad y por orden del Intendente -afecto a los invasores- se hubiera dispuesto que se les entregase dicha casa para establecer en ella un almacén, la corporación académica no había podido disfrutarla hasta que las tropas invasoras evacuaron la ciudad. Cuando la casa quedó libre -aunque con enseres en ella del citado almacén- fue preciso reparar los desperfectos que la había ocasionado la ocupación extranjera. Por todo ello es explicable que, pese a la R. O. de 30 de septiembre de 1802, concediéndola atribuciones para tomar medidas convenientes a fin de evitar la destrucción de los pasos de Semana Santa, hasta 1814, no había podido hacer otra cosa que visitar los locales de las cofradías, ver el estado en que se hallaban las figuras, hacer inventarios y dar las instrucciones a las penitenciales, para que cuidasen con esmero tales obras de arte. Este carácter habían tenido las gestiones que sus comisionados habían hecho anteriormente, en 1802, y de nuevo en 1806 .
La invasión francesa había restringido la actividad de la Academia durante el tiempo que duró la ocupación y por ello no pudo reanudar sus clases y demás actos hasta el curso de 1814-1815, que inauguró ya en la casa de Teresa Gil, nº 26. Sin embargo ésta no la satisfizo plenamente por diversos motivos: el edificio necesitó frecuentes reparaciones que el propietario no se prestó a realizar; y el Ayuntamiento era remiso en la entrega del arbitrio de la mitad del producto de la Casa-Teatro que, durante la ocupación extranjera, no había percibido sino en parte.
Pese a todo el número de alumnos aumentaba y era preciso habilitar nuevas clases. Por eso la solución propuesta por Beristáin en el Diario Pinciano no pudo llevarse a efecto por entonces a causa de faltar, también ahora, local adecuado. No obstante, en la Junta ordinaria, el 15 de febrero de 1815, se trató de nuevo el asunto de los pasos que había estado en suspenso durante algún tiempo. En esta ocasión fueron examinadas también las estatuas por Ceferino Araujo y Pedro González Martínez, Director y Vicedirector respectivamente de Pintura, quienes redactaron un informe que entregaron en la Junta siguiente.
Habían hecho estos comisionados nuevas y serias advertencias a las penitenciales acerca de la atención y cuidado que debían prestar a tales pasos, calificados como «célebres monumentos de las artes», cuyo deterioro no se había contenido con las normas dadas en los años anteriores, a las cuales las cofradías oponían seria resistencia, pese al empeño con que La R. O. de 30 de septiembre de 1802, había dispuesto se cuidase de la buena conservación de dichas figuras. Aún pasaron varios años antes de que en este asunto se tomase una resolución definitiva, y un tanto tajante, de acuerdo con lo propuesto por el periodista pinciano; antes hubo de preocuparse la Academia de dar cumplimiento a otra R. O., la de 24 de octubre de 1814, dictada a poco de regresar el monarca del exilio, en la cual se disponía el modo de proteger los monumentos y obras artísticas, cuya ejecución, estaba encomendada, en Valladolid, a la repetida Academia. (Esta R. O. fue, en cierto modo, reiteración de las anteriores de 1802 y 1808. Posteriormente, en 1814 y 1825, se dieron otras en el mismo sentido, citadas numerosas veces a lo largo de este estudio)”.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8070/8247681750_3f8101a8cb_z.jpg
Home