Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Clemente Martín de felicitación de Navidades)(*)
Hoy – escribo en domingo víspera de Nochebuena – observo, antes de empezar la misa, que parte de los bancos de la iglesia están ocupados por un grupo de niños con un colorista pañuelo al cuello y unos pocos mayores que los acompañan. Me pregunto quiénes serán y también el motivo de su presencia.
Pronto lo sabré. Uno de los mayores avanza por el centro con un farol, y los niños despliegan por el presbiterio. Luego uno de los mayores nos explicará el motivo de su vista: se trata de una organización de «scouts». El motivo de su visita, extender la luz de la fe, que es también la luz de la paz. Por lo visto, un miembro de la organización con sede en Austria viaja anualmente hasta Belén para prender la llama y repartirla luego a varios países que la distribuirán de modo que acabe por llegar al mayor número posible de hogares y familias.
Todo esto me alegra y me sorprende, ya que no tenía noticia de que el movimiento scout se hubiera abierto así a la fe cristiana. Probablemente era cosa sabida, pero lo cierto es que yo adjudicaba un estilo distinto a la organización juvenil creada por Lord Baden-Powell. Motivo, pues, para congraciarme con ella. Ahora ya sé que hay un movimiento scout católico.
Además, la idea me gusta. Me gusta ese gesto simbólico de extender la luz de Cristo por la faz de nuestro continente. Ha tiempo que me preocupa la creciente apostasía de la Europa de siempre, de aquella Europa heredera del pensamiento griego, de la organización romana y del espíritu cristiano: la que soñaron los padres fundadores de nuestra reciente Unión. Me preocupa, sí, qué será de ella sin su fundamento principal, pero sobre todo, ver como se apagan las luces que encendieron los mártires, y los confesores, y los santos, y tantos y tantos hombres y mujeres como dejaron su impronta de fe. Me preocupa ver cómo, en vez de enriquecernos con la fuerza de la espiritualidad, nos desconectamos de la verdadera realidad y nos empobrecemos progresivamente.
Nos dice el párroco que observa entre nosotros un inquietante ambiente de tristeza. Y que comprende las razones. Pero que, aun así, o mejor, precisamente por eso, los cristianos tenemos la obligación de estar alegres, o más bien, de permanecer siéndolo pese a la adversidad. Y pienso que el cristiano tiene la suerte de tener esperanza, y que ésta le permite saber estar en lo bueno y en lo malo; en la bonanza y en la pobreza. Y de poder dar testimonio, sobre todo en tiempos de tribulación.
Ser «testigos de esperanza»… He aquí nuestra tarea de hoy. Me gusta pensar en ello. ¿Recuerdan al hombre que así se presentó ante el mundo? Me refiero a aquel gigante espiritual que clamó «¡no tengáis miedo!» desde el balcón romano y añadió: «¡abrid las puertas a Cristo!» Así que, cuando vemos desfallecer los ánimos y engendrarse la división entre quienes debiéramos unirnos como una piña para superar la depresión, o cuando somos testigos de cómo se aprovecha la turbulencia para romper vínculos de afecto y recoger espurias cosechas políticas, ya sabemos cual es nuestra obligación.
Acabo yo de escuchar las palabras de mi párroco cuando la viuda de un amigo me llama para desearme un feliz Navidad. Mujer animosa, me dice que de la pérdida de su marido la salvó la fortaleza que le proporcionó la fe cristiana. Por eso su afán es hoy crecer en ella y mantener viva la alegría en la familia. La digo que esas son precisamente las dos cosas que más pido a Dios yo mismo. Y pienso que, pese a que aparentemente – y no sin razón – hemos entrado en la tenebrosa senda del pesimismo, los españoles no podremos evitar el recurso a la esperanza. Esa esperanza a la que nos aboca nuestra fuerte cultura cristiana de siglos. Pienso que, en el fondo y aun en las actuales circunstancias, aún somos capaces de mantener la alegría contra viento y marea.
Por eso creo que la pequeña llama de los scouts bien pudiera servir de ejemplo y de llamada. Y que la obligación que tenemos los cristianos de transmitir esperanza – este papel de «testigos» – es una realidad tan acuciante como es ejemplar el «sursum corda» luminoso – levantemos nuestros corazones – que nos ofrece este puñado de muchachos de la organización juvenil católica que hoy nos visitaron para recordarnos nuestra principal tarea en estos tiempos de tristeza y pesadumbre: la de mantener la esperanza en medio de una sociedad que cree haber perdido el futuro porque perdió una prosperidad ficticia gestada en tiempos de vino y rosas. Bueno será, pues, que caiga ya en la cuenta de que cuando realmente lo perdió fue cuando, deslumbrada por el esplendor de la prosperidad, olvidó sus fundamentos y despreció la fe de sus mayores.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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