Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Pedro Cano. Felicitación de las Navidades de la Fundación Pedro Cano)(*)
Escribo este artículo como reacción natural ante el espectáculo que diariamente nos ofrece la ingestión de una hamburguesa de cualquier tipo, sobre todo cuando ésta viene por partida doble o triplicada y generosamente guarnecida de pepinillo, lechuga, cebolla picada, ketchup y mostaza. Téngase en cuenta que mi propuesta debe ser igualmente extendida al llamado «perrito caliente» – el famoso «hotdog» norteamericano – sin pararse a considerar cuál pueda ser la parte del perro a que tan expresivo nombre alude.
El caso es que uno vivió los tiempos en que el sistema educativo español incluía en sus programas el interesante asunto de «los modales». Entonces – créanselo – a uno le enseñaban urbanidad, es decir, la forma de respetar al prójimo mediante la adopción de determinadas muestras de consideración; así, por ejemplo, se recomendaba dejar la acera a los ancianos: algo tan desconocido como escasamente practicado en nuestros días, cuando no hay cristiano que, pese a ser consciente de que está obstruyendo el paso, se desplace un centímetro al ver que alguien se le aproxima por la acera. Aunque sea el mismísimo Matusalén.
Pues bien, uno de los lugares donde se extremaban los rasgos de la buena educación era en «la mesa», concepto casi desaparecido en los hogares españoles desde que se adquirió la costumbre de comer en bandeja frente a la televisión y con los ojos puestos en las noticias del día, que ya son ganas. Se consideraba entonces con razón que procedía el proponer determinadas medidas precautorias ante la curiosa coincidencia de los actos más o menos serios u oficiales con situaciones propicias para la deglución de alimentos, función ciertamente indispensable para la vida, pero que con frecuencia expone al hombre a la indeseable contemplación de la boca del vecino en un momento crítico de elaboración del llamado «bolo alimenticio». Y estarán conmigo en que esto puede resultar sumamente repulsivo de no asumirse ciertas reglas de comportamiento social. Recuerdo un relato de «Los silencios del coronel Bramble» en el que se imaginaba la existencia de un país en el que el acto de la comida era tratado de forma parecida a como nosotros tratamos el sexual, es decir, con exquisita reserva.
Pues bien, si hay un momento que aconseje extremar los melindres es aquel en el que pretendemos embaular en nuestro estómago una hamburguesa o un «perrito caliente» generosamente guarnecido e imposible de ser ingerido sin realizar previamente maniobras tan enrevesadas que resultarán imposibles de completar sin dejarse en el camino una parte considerable de la propia dignidad. No es, por tanto, difícil imaginar algunas de las mínimas normas y precauciones que a tal efecto se habrían establecido en el caso de haber perdurado la vieja preocupación de antaño.
Ésta incluiría, sin duda, una clara recomendación de abstención total de tales alimentos, si no su prohibición a rajatabla. Pero, aun en el caso de que diéramos por perdida la batalla por evitar los desarreglos estéticos causados por la pretensión de comer hamburguesas y perritos tal como hoy se nos ofrecen, no hay duda de que se acumularía un buen número de indicaciones clave que bien podrían parecerse a las siguientes:
– De entrada, se aconsejaría no pensar siquiera en consumir tales productos en el caso de que nos hallásemos en compañía de gente principal, como podrían ser banqueros, títulos nobiliarios o ancianos que conocieron los tiempos del «buen Juanito». Tampoco en presencia del propio jefe de la empresa, por supuesto.
– Se animaría a los posibles comensales a evitar de todo punto la observación del acto alimenticio por alguien que contase con cámara fotográfica – cosa difícil hoy día cuando se puede inmortalizar cualquier momento con el teléfono portátil o cualquier otro artefacto electrónico por el estilo. Las muecas propias de un rostro en el momento en que se intenta ampliar la separación de la mandíbula superior de la inferior para llegar a abarcar toda la amplitud del mordisco mientras se trata de evitar la catástrofe total da idea del peligro al que nos estamos exponiendo. Problema que se agrava considerablemente en el caso de que la hamburguesa sea de «double» o «triple deck», como dicen sus inspiradores norteamericanos.
– Se advertiría que, por muy ricos que estuviesen la cebolla, el pepinillo e incluso la lechuga – que ya es mucho decir – y, no digamos, la mostaza y el ketchup, no conviene cargar con un exceso de éstos el perrito o la hamburguesa , ya que al asir nuestra presa para hincarla a modo los incisivos, el tinglado tenderá a descomponerse con el desastroso resultado que todos conocemos.
– Se diría que antes de iniciar la operación convendrá proveerse de un buen puñado de servilletas, en previsión, no ya de lo que pueda ocurrir, sino de lo que inevitablemente ocurrirá. (Por razones obvias, no recomendamos usar servilletas de tela y mucho menos de hilo, ya obsoletas en la actualidad).
– También se recomendaría adoptar una postura que nos evitase la exhibición frontal del mordisco y posterior masticación de los productos, así como del consiguiente desmoronamiento de la materiales acumulados, inevitablemente acompañado por un espectacular chorreo de ketchup y mostaza sobre nuestra camisa o similar.
– Indudablemente se recomendaría mantener un cierto grado de control del conjunto de la operación, sin pretender, claro está, conseguirlo totalmente. En caso de un fracaso total, que será lo más probable, nuestra recomendación es no tomárselo a la tremenda.
– Finalmente se señalaría la conveniencia de terminar con una limpieza a fondo y posterior mirada de soslayo en búsqueda de alguna superficie reflectante a mano donde puedan observarse los efectos remanentes del desastre, así como evocar el recuerdo de nuestros ancestros con una solicitud de comprensible indulgencia.
NOTA FINAL: Como puede verse, no nos hemos atrevido a proponer la verdadera solución, que consistiría en deshacer el plato montado, extender sus componentes, y tomar tenedor y cuchillo para comerse todo como Dios manda, o sea, evitando agarrarlo con las manos – que quien sabe en dónde habrán estado – y cortando la hamburguesa o el perrito en pequeños trozos perfectamente manejables con los típicos cubiertos, inventados ya hace un montón de siglos precisamente para facilitar este tipo de operaciones y en evitación del lamentable espectáculo de ver como un ser humano se alimenta de forma parecida a como lo suelen hacer los simios.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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