Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Eloísa Aguilar San Millán de felicitación de las Navidades)(*)
Para cuando salga a la luz este artículo ya llevaré más de una semana en Mozambique, país desde el que espero seguir escribiendo para el blog durante más de un par de meses.
¿Quién me iba a decir que llegaría a conocerlo? Angola y Mozambique eran en mi niñez el símbolo mismo de la grandeza portuguesa. Recuerdo aquel viaje en el que mi padre nos llevó a los hermanos a la Punta de Sagres, ese lugar mágico batido por el océano donde el mítico Infante don Enrique creó la escuela portuguesa de navegación. Gran visión la suya que abriría posibilidades a un imperio. Portugal escribiría en el libro de la Historia toda una era de asombros y de gloria, y para ello don Enrique trazó un plan perfectamente diseñado: al contrario que los españoles, cuyo esfuerzo se orientaría hacia el Nuevo Mundo, los lusos pondrían proa al Sur y allí emprenderían la larga ruta hacia las codiciadas especias.
Los portugueses no se arriesgarían como los españoles abriendo caminos al interior de unas tierras desconocidas y hostiles, sino que se limitarían a recorrer la costa dejando a su paso un rosario de pequeñas factorías. En sus singladuras avanzarían anualmente un cierto número de millas conforme a un sabio contrato, y así acabarían por alcanzar y doblar el cabo de Buena Esperanza – ¡qué bello nombre éste! – para saltar luego a la India, donde Goa, Damâo y Diu quedarían como referencia para la gran Historia de los descubrimientos. Y en el camino colonizaron Angola y Mozambique, gracias a los cuales Portugal podía codearse con las grandes naciones del mundo. Así rezaban, al menos, los carteles que nosotros – entonces niños – leímos en los muros lisboetas: «Portugal nâo e´ um país pequeno».
Luego vendría las luchas por la «liberación». De poco servirían los gestos de la metrópoli por mostrar su preocupación por la colonia, como la construcción de la gran presa de Cabora Bassa sobre el río Zambeze. Finalmente, el 25 de abril de 1975 estallaría la «Revolución de los claveles» y con ella llegaría la descolonización. Uno de los artífices del cambio sería el General António de Spínola, a quien yo veía saltar con su monóculo y sus impolutos guantes blancos en el Concurso Hípico internacional de Lisboa.
Y Mozambique acabaría cayendo en la tentación del comunismo, pues no en vano se vio favorecido por Rusia y China en sus intentos de lograr la independencia. Aún hoy quedan resabios de esa época.
Ahora, curiosamente, llego al país con la experiencia acumulada por mis hijos y con la ventaja del conocimiento del idioma. Como me ocurrió con Ghana, país del que conservo un magnífico recuerdo, me precede la evocación de una tierra apenas soñada; la visión lírica de un mundo aun no vivido encerrada en la somera envoltura de un soneto:
Mozambique
Mozambique sonoro de silencio y de luna
de rugidos que hieren la paz de la sabana;
allá donde la mano de la diosa fortuna
escondiera el tesoro de la noche africana.
Cuando su nao buscaba sin esperanza alguna
el resplandor primero del sol de la mañana
tú ofreciste al marino la ensenada oportuna
y el refugio seguro de una patria lejana.
Ahora, que te veo surgir de entre la bruma
para esmaltar de ensueños mi mascarón de proa,
yo te imagino, amigo de la brisa y la espuma,
evocando saudades de Damâo y de Goa
y del soplo del viento salino que perfuma
los celajes azules del puerto de Lisboa.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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