Por José María Arévalo

( Busto en yeso de Juan Bravo. Obra de Aurelio Rodriguez Vicente Carretero -1863 a 1917- en el Catálogo de escultura del mueso de la Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid, realacademiaconcepcion.net. 0,75 m.)(*)
Antes de continuar con los problemas de la desamortización, abordando en próximo capítulo “Juan Álvarez de Mendizábal y la supresión de conventos”, doña Amalia Prieto Cantero vuelve sobre los graves problemas detectados en la imaginería castellana, en la obra “Historia de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid” que estamos reseñando, con lo que nos unimos a la celebración del 230 aniversario de que Carlos III admitiera a la Academia vallisoletana bajo su protección, en 1783.
Titula ahora, doña Amalia, “Año 1828: Cumplimiento de la R. O. de 1802 acerca de los pasos de Semana Santa”. “Recuérdese –prosigue, en referencia a capítulos anteriores que ya hemos publicado en estas páginas- que la Academia se había ocupado de dichos pasos desde los primeros años de su existencia, especialmente en 1787 y 1802. Establecida ya en la casa de Pedro Barrueco pudo pensar, de nuevo, en la buena conservación de dichas figuras”.
“En la Junta ordinaria de 16 de febrero de 1828 se leyó, para mejor recordar el asunto, la R. O. de 30 de septiembre de 1802, en la que Su Majestad resolvió se tomasen las medidas convenientes para la sobredicha finalidad de conservar y cuidar los pasos a los que el Monarca calificaba -según se ha indicado– de «monumentos de las artes». Además se hizo relación de las providencias tomadas para cumplir dicha R. O.: la comisión dada a los Directores de Pintura de entonces, en 1802 y 1806, para que los reconocieran y vieran los lugares en que se hallaban colocados, dándose cuenta a la Junta de los acuerdos en este asunto adoptados y de los oficios dirigidos al Capitán General y a los Alcaldes de las Cofradías Penitenciales así como de las contestaciones de éstos”.
“Se recordó la nueva comisión dada, en 1815, a los académicos Araujo y González, Director y Teniente de Director de Pintura respectivamente, para que examinaran las repetidas figuras, los cuales informaron acerca de ellas sin que, pese al mal cuidado en que se hallaban dichas figuras, se tomase decisión alguna referente a ellas. En vista de lo cual, y después de haber conferenciado sobre todo ello, se acordódar otra nueva comisión a los académicos José Berdonces, Pedro González Martínez y Pedro García González, para que se reconociesen -una vez más- las referidas estatuas y los sitios en que se hallaban colocadas, y se viese su estado de conservación, dando cuenta a la Academia de lo que observasen y les pareciere conveniente para cumplir lo mandado en la sobredicha R. O. de 1802.
Los comisionados visitaron las penitenciales de La Pasión, Jesús Nazareno, La Cruz, y Las Angustias y presentaron su dictamen, hecho a vista del inventario que les había dado el Secretario de la Academia, Mariano Caballero. Berdonces, González y García manifestaron que, reconocidas las estatuas sagradas de las iglesias y sacristías de dichas cofradías, las habían encontrado bien tratadas y cuidadas «pero que el historiado de la iglesia de La Pasión estaba destruido, así como el de La Cruz, hallándose menos malo el de Jesús»; y se advertía que las penitenciales seguían en el mismo descuido respecto a estos célebres monumentos de las artes, sin que hubiese bastado ninguna providencia de la corporación académica para contener su deterioro, cosa que encargaba con tanto interés la repetida R. O. de 30 de septiembre de 1802. Por todo ello, los comisionados propusieron trasladar tales objetos artísticos a la casa de la Academia, puesto que hacía más de treinta años que no salían al público (Esta noticia contenida en el informe de los comisionados, de 24 de marzo de 1828, y en el Acta de Junta ordinaria de 8 de dicho mes y año, hay que rectificarla -en parte- ante las investigaciones posteriores realizadas por los historiadores Juan Agapito y Revilla y Filemón Arribas Arranz que ofrecen datos de algunos desfiles procesionales celebrados durante la dominación francesa. Ver “Las Cofradías, las Procesiones y los Pasos de Semana Santa”. Valladolid. Imp. Martin, 1946, del primero; y “La Cofradía Penitencial de N. P. Jesús Nazareno”. Valladolid. Imp. Castellana, 1925, del segundo).
Admitida la propuesta, se acordó comunicar a los Alcaldes de las penitenciales que la corporación académica había determinado trasladar a sus salas “las referidas estatuas del historiado de los pasos” para que, restauradas, se colocasen en ellas sin perjuicio de que dichas cofradías conservasen la propiedad de tales obras de arte, las cuales se pondrían separadas y aisladas unas de otras a efecto de que pudiesen servir de modelos a los alumnos.
El traslado de dichas esculturas se realizó, en efecto, a la casa que en la calle de Pedro Barrueco tenía la institución. Los historiadores, unánimes, atribuyen la decisión de hacerlo a José Berdonces, consiliario de la Academia, presbítero y prior de la iglesia-obispado de Valladolid, que era, como se ha indicado, uno de los miembros de la comisión últimamente nombrada, para el asunto (ver Casimiro González García “Valladolld: Datos para la Historia Biográfica deValladolid”). Puede pensarse que, con fines educativos, éste fue el primer conjunto, o colección de obras artísticas que se formó en la ciudad. A partir de entonces dicha Corporación de Nobles Artes, en sus documentos -al referirse a ella- se dió a sí misma el título de «Academia de Nobles Artes de la Concepción y su Museo» y, ciertamente, éste de los pasos de Semana Santa fue la base del posterior de Pinturas y Esculturas establecido en el Palacio de Santa Cruz por 1841-42.
No obstante hay que aclarar que, pese al interés de la Academia, esta recogida y traslado no fue total debido a la resistencia de las cofradías a desprenderse de lo que era suyo. Años más adelante, la Comisión Científica de Arte se preocupó de la formación del Museo de Pinturas y Esculturas, y hubo de trasladar a Santa Cruz las estatuas que aún habían quedado en poder de las referidas cofradías. (Juan Agapito y Revilla: “Las Cofradías…”, citada anteriormente, segunda edición publicada en Boletín del Museo de Bellas Artes de Valladolid, nº 15 de marzo, 1929. Este historiador es quien mejor estudia los pasos vallisoletanos. En la página 11 de la publicación sobredicha da a conocer un documento que dice hallarse entre los papeles de la Comisión Provincial de Monumentos –en cuyo Archivo hoy no existe- referente al acuerdo que en 15 de marzo de 1842 tomó la «Comisión Clasificadora de objetos artísticos procedentes de los conventos suprimidos» de trasladar al Museo las estatuas que aún habían quedado en poder de las Cofradías Penitenciales las cuales hacía tiempo que no salían en las procesiones. Solicitada la oportuna autorización del Intendente, éste ordenó que tales imágenes, antes destinadas al culto y entonces arrinconadas y expuestas a ser destruidas, se entregasen a la Comisión Científica y Artística a fin de que las colocase en el Museo del palacio de Santa Cruz. Existen datos en los Archivos de las citadas Penitenciales acerca de la salida de dichas estatuas y detalles de las mismas que prueban ser, éstas, en mayor número que las llevadas por la Academia en 1828)”
ESTADO RUINOSO DE LA CASA DE PEDRO BARRUECO E INGRESOS ECONÓMICOS PARA SU REPARACION
Continúa doña Amalia, en este siguiente capítulo: “Ya la Academia, con las esculturas citadas en sus salas, hubo de seguir preocupándose del estado en que se hallaba la casa. Después de las reparaciones iniciales y de los acomodos efectuados, en 1825 y 1826, para establecerse en ella, y otros posteriores en 1828, a fin de ampliar las salas de los estudios, tuvo que prestar atención, en 1832, a unas paredes de los desvanes laterales del edificio las cuales amenazaban ruina. Para efectuar los precisos reparos necesitaba recursos económicos. Con este motivo se puso, de nuevo, de manifiesto la concesión a su favor -por R. O. de 26 de febrero de 1832- del arbitrio del derecho de puertas de 4 maravedís sobre la libra de cacao, y del real y medio sobre la arroba de bacalao, que entrasen en la ciudad.
Además de estos posibles ingresos que podrían dedicarse a los reparos de la casa, podía contar, también, con la mitad del producto de entrada en la Casa-Teatro, de los cuales el Ayuntamiento la debía atrasos, con los 1.500 reales que aún no se la habían abonado de los 3.000 que debía percibir por haber dejado libre la casa de Teresa Gil, que era de don Rafael Robledo, y con los intereses de una acción que poseía sobre el Banco Nacional de San Carlos no cobrados hacía muchos años. Su situación en el pago de las rentas de la casa, entonces ocupada por ella, era casi normal, aunque tenía que abonar las reparaciones. No obstante hubo de afrontar situaciones, a veces tensas, con el administrador del inmueble, quien no veía bien las obras efectuadas a iniciativa de la Academia por lo que protestaba en nombre del dueño -que era el conde de Salvatierra, hijo del duque de Híjar- al cual se le propuso por la corporación académica que cediese la casa en foro o en arrendamiento por tiempo indeterminado para evitar tales inconvenientes.
Pese a estos pequeños incidentes, la vida de la Academia se desarrollaba de forma normal, como lo prueba que al acercarse el mes de diciembre de 1832 se dispuso a celebrar, según lo había hecho en otros años, la reglamentaria función en honor de su Patrona, la Purísima Concepción, en la iglesia de El Salvador a cuya parroquia pertenecía la casa de Pedro Barrueco; que el Ayuntamiento la daba, también, en este año, los cuadernos de la colección litográfica de cuadros del Rey en calidad de depósito; y que la corporación nutría sus cuadros de personal con nuevos académicos de honor y de mérito; sin olvidar ni descuidar tampoco, en dicho año, la habilitación de nuevas salas para el «Estudio del Modelo» y realizar el nombramiento de académica de mérito a favor de Rafaela O´Donell y Clavería por el donativo que ésta hizo a la corporación de las Nobles Artes vallisoletana de un cuadro con el dibujo a lápiz de “El pastor David y muerte de Goliat”.
Y llegamos al año 1833 en que se redactó, por el secretario, un inventario de efectos que la Academia poseía, el cual colocó en el arca de caudales. Es de suponer que en él se consignarían las obras de arte de las Cofradías Penitenciales ingresadas, en las salas de la institución, en 1828.
Dejemos que transcurra el año 1834, con el cual termina este período, iniciándose en el siguiente otro de gran trascendencia en el campo del arte. No obstante adelantemos que, pese a las dificultades de local, la Academia ya iba proyectando organizar una “Galería Artística” idea llevada a feliz término aunque después de transcurridos varios años.”
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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