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Ordenador (computadora) personal

Tres foramontanos en Valladolid 13 Ene 2013 - 07:25 CET
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Por Carlos de Bustamante

>(Acuarela de Alberto Fernández Palenzuela, de felicitación de las Navidades)(*)

Es probable que más de uno que siga nuestro blog se sonría al ver este título precisamente del servidor que lo escribe. ¿Pero no ha dicho éste que tales artefactos son como “cosas de los demonios” impropias de personas de cierta edad? Si uno de los foramontanos confiesa que ya ronda los ochenta años de edad, éste otro (s.s.s.), no le va demasiado a la zaga. Por mucho que se aferre a los setenta y nueve, el tiempo vuela. Hecho un mar de dudas por lo efímero de nuestra vida, le pedía el pasado año por estas fechas al Niño indefenso que está colocado, como siempre, en lugar preferente de la casa, que si era servido me concediera celebrar un año más la Navidad en paz y gracia de Dios. La tenemos llamando a la puerta. Yéndome como acostumbro por las ramas, recuerdo:

Qué tengo yo, que mi amistad procuras? /¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío, /pasas las noches del invierno oscuras? /¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! /¡Qué extraño desvarío, /si de mi ingratitud el hielo frío/ secó las llagas de tus plantas puras! /¡Cuántas veces el ángel me decía: «Alma, asómate ahora a la ventana, /verás con cuánto amor llamar porfía»! /¡Y cuántas, hermosura soberana, /«Mañana le abriremos», respondía, /para lo mismo responder mañana!

Aún sigo con los setenta y nueve cumplidos poco antes de iniciar el año en que nos encontramos. Han ocurrido cantidad de acontecimientos de todo tipo: personales y generales. De los primeros –aunque algunos dolorosos, todos para bien. De los otros…, veremos y confiemos en que también lo sean. ¿En quién?: sin duda alguna en el Niño Dios que desde hoy preside nuestra casa y la de tantos españoles junto a su Madre Santísima al agrego de la cueva “junto a la mula y el buey”.

Al grano: la pregunta pudiera parecer de párvulos. : ¿Dónde residen, realmente, los sentimientos, afectos, amores, rencores, desamores (incluidos los antes referidos)…? ¿En el cerebro o en el corazón? Pudieran darse división de opiniones. Al intentar responder, bien pudiera enredar más el hilo de la madeja. Imagino el cerebro (me refiero al de los humanos) como una computadora, PC, u ordenador personal. Desde él, deben partir todo un cúmulo de sensaciones y servicios a todos los miembros del cuerpo. Procesados, digo, hacen posible el movimiento, y cuantas reacciones normalmente atribuimos al corazón. Ahora la pregunta de ¿párvulos?: ¿cuál es, pues, nuestra particular computadora? ¿Es el cerebro? ¿el corazón tal vez?; ¿ambos…?

Si nos atenemos a lo escrito desde muy antiguo e incluso en lo más moderno, el corazón gana por goleada. No les digo en la nada despreciable “disciplina” hinduista o budista… En el cerebro -dicen- se almacena la “energía negativa”. En el corazón la “positiva”. El corazón, que ahí sí, reside el afecto, cariño o amor…( ¿o no…? ), es pues lo positivo; y, al parecer de éstos, el lugar de la computadora, pc, u ordenador personal… (¿o no…?, insisto). Si fuera la “viceversa”, ¿representaríamos el amor con un cerebro atravesado por una flecha? O diríamos ¿te quiero de cerebro? ¿Será, pues, el corazón un símbolo de lo que es en realidad atribuible al cerebro…? Pues de ser así, como lo creo, ¿no estaremos abusando de una terminología incorrecta?

Algo deberían decir al respecto teólogos, científicos, filósofos…, porque yo, “de corazón se lo digo”, me he hecho un lío.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8352/8370290474_faba036153_b.jpg

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