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A los progresos de las Artes. 19. Depósitos de obras desamortizadas

Tres foramontanos en Valladolid 23 Ene 2013 - 07:24 CET
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Por José María Arévalo

(Celda de un fraile franciscano. Óleo de Mario Viani Provedo – 1861-1931 – en el Catálogo de pintura del museo de la Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid, realacademiaconcepcion.net. 0,43×0,57)(*)

Concluíamos el artículo anterior, primero dedicado a la desamortización de Mendizábal en Valladolid, siguiendo la “Historia de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid” de doña Amalia Prieto Cantero, que estamos reseñando -con lo que nos unimos a la celebración del 230 aniversario de que Carlos III admitiera a la Academia vallisoletana bajo su protección, en 1783-, señalando cómo los objetos artísticos y científicos inventariados quedaron, en un principio, a cargo de los empleados de los Arbitrios de Amortización que no se preocuparon de custodiados debidamente dando lugar, con su falta de interés, a sustracciones y deterioros lamentables dentro del campo de la cultura y del arte. No es extraño que doña Amalia califique esta desamortización como “lamentable naufragio en el cual resultaron diezmados, y muchas veces maltrechos, valiosos objetos de arte y ciencia, lo que supuso para el tesoro artístico y cultural de la nación pérdidas irreparables y muy de lamentar”.

Y recogíamos también que el Director de la sala de Pintura de la Academia de Matemáticas y Nobles Artes de la Concepción, Pedro González, fue encargado de formar inventarios de las comunidades religiosas suprimidas, encomendándosele a él la formación del de pinturas, esculturas y piezas arqueológicas que hubiere en las casas de dichas comunidades. Simultáneamente a la formación de los inventarios, el Jefe Político había de preocuparse de recoger los objetos artísticos, lo que el Gobierno había ordenado se costeara con el producto de la venta de los efectos de poco mérito. Así que ofició al Protector de la Academia de la Concepción, en diciembre de 1835, expresándole la conveniencia de que dichos efectos artísticos se colocasen en las salas de estudio de tal institución. La propuesta fue recibida con la mejor voluntad por el Protector, que se apresuró a acceder a la demanda antes de dar cuenta de ella a la Academia y prometió ayudar a los gastos del traslado.

“La Junta ordinaria –continúa doña Amalia- de la Academia, celebrada en los primeros días de enero de 1836, aprobó lo efectuado por el Protector el cual, en 8 del mismo mes, ordenó que se procediese al traslado sin esperar a dar cuenta previa a la Junta Particular, que no se reunió hasta el 17 del mes indicado. Antes de que ésta se reuniese, el Jefe Político, en cuanto tuvo la conformidad del Protector, ordenó al sobredicho Pedro González que procediese al traslado de los citados objetos a las salas referidas”.

Celebrada, por fin, la referida Junta -que era la que llevaba los asuntos económicos- ésta no solo aprobó unánime y entusiastamente la decisión del Protector sino que acordó, pese a sus reducidos recursos económicos, proporcionar algunas cantidades para los gastos del traslado, evitando así la venta de los objetos de poco valor artístico.

Esta aportación económica en realidad ya había comenzado el 9 de enero -al día siguiente de darse la orden de traslado- y se repitió el día 16, antes de que tal Junta se reuniese, por lo que se ve con evidencia haberse aprobado, en ella, lo que ya se estaba realizando acordando, a la vez también, que el sobredicho Pedro González se encargase, como comisionado de la Academia, del traslado a sus salas de los referidos objetos, y de llevar relación de los mismos y del empleo de las cantidades que, para ello, se le entregasen con el fin de reclamar su reintegro en el momento oportuno ( la última aportación económica fue el 2 de septiembre de 1836, para trasladar los cuadros y estatuas de los conventos de monjas de San Bartolomé y de La Probación, de la capital, a 1as referidas salas y locales de la Academia.

Titula doña Amalia el apartado siguiente “Locales de la Academia a donde fueron trasladados los citados objetos”, y recoge en él que “Inmediatamente comenzó el traslado (debió comenzar el 9 de enero de 183668). La Academia encomendó después al repetido Pedro González Martínez, por febrero del indicado 1836 que, dados sus conocimientos en el campo de la pintura, seleccionase adecuadamente las obras de arte que colocase en sus salas -primer depósito- las cuales sin duda fueron las de mayor mérito.

Cuando ya no hubo espacio en dichos locales, o se trataba de objetos de escaso valor, se depositaron en la iglesia del convento de los Mostenses cuyo edificio había adjudicado el Jefe Político a la corporación académica, a petición de ésta, al finalizar el año anterior. En este segundo local el repetido Pedro González hizo otra selección trasladando, más tarde, al suprimido convento de San Diego algunos de los efectos que habían estado depositados en los Mostenses.

Este tercer depósito, de San Diego, se estableció a partir del 14 de febrero de 1836, fecha en la que el Jefe Político ordenó se le entregasen las llaves de este convento a Pedro González con la finalidad de colocar en él las obras de mérito procedentes de los suprimidos conventos, que estarían en dicho edificio en calidad de «por ahora y mientras S. M. resuelve». La apertura de este tercer depósito prueba que el traslado fue rápido e intenso. Tal vez en él se co1ocaron los objetos procedentes de las Trinitarias de San Bartolomé y de las monjas de la Probación trasladados en el mes de septiembre del mismo año, y es de creer que también se llevaron al mismo edificio los de la cofradía de San Antonio de Padua y del convento de San Francisco de esta ciudad. En San Diego se depositaron, igualmente, los libros recogidos de las desaparecidas comunidades religiosas los cuales, en absoluto desorden, ocuparon seis salas del exconvento.

Quizá en una primera etapa la Comisión de Arte llamada «Recolectora», antes citada, prestó atención preferente a la recogida de los objetos de la ciudad. Llegado septiembre del indicado 1836 se ordenó a Pedro Gonzá1ez que informase acerca de los efectos artísticos de la provincia y del coste que tendría su traslado con el objeto de formar presupuesto según se disponía en la R. O. de 29 de julio (tal vez este día, que figura en Actas de 1838, sea erróneo; en publicaciones referentes a la desamortización eclesiástica se indica el 25) de dicho año 1835. Poco más adelante, el 17 de noviembre, se le pidió una lista de todos los objetos pertenecientes a las suprimidas comunidades con clasificación de los conventos a que pertenecían. Es de lamentar que no se conserve la referida relación, aunque tal vez al cumplimentar esta orden se formaron ciertos inventarios existentes en el Archivo de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos.”

“Así termina –concluye doña Amalia este apartado- el año 1836. En el siguiente de 1837 se prestó atención preferente a la redacción de inventarios de los conventos de monjas de la ciudad lo cual se encomendó también al citado Pedro González para que los realizase con ayuda de otro individuo de la Comisión Recolectora. Copia de ellos se conserva también, actualmente, en el citado Archivo de la Comisión Provincial de Monumentos (la cual en orden cronológico prosiguió los trabajos de la Reco1ectora).”

“Disposiciones dadas acerca del destino de los objetos recogidos. a)Comunicaciones de la Academia de San Fernando de 2 de marzo de 1836”

“Cuando se comenzó el traslado de obras artísticas a las salas de la Academia de la Concepción ésta, pensando que el depósito era provisional y sólo «hasta que el Gobierno determinase el destino que a tales objetos había de darse», consultó y pidió apoyo a la de San Fernando a fin de conseguir que se la adjudicasen a ella por ser beneficiosas y convenientes a sus fines; y ya se habían colocado numerosas obras de arte en sus locales cuando recibió, en los primeros días de marzo de 1836, un oficio de la citada Academia madrileña, fechado d 2 de dicho mes, en que se la comunicaba el acuerdo adoptado por la Junta de 7 de febrero anterior celebrada bajo la presidencia del Ministro de la Gobernación referente a que los sobredichos objetos artísticos se destinasen al estudio de las nobles artes, evitándose así su extravío, y formándose con ellos colecciones completas con el nombre de Museos, de los cuales uno sería Nacional y los demás Provinciales.

Otro acuerdo tomado en dicha Junta de la Academia de San Fernando fue el de evitar la enajenación de objetos de arte aunque fuesen de escaso mérito. Cuando dichas disposiciones las comunicó la Academia madrileña a ésta de Valladolid -lo cual hizo por oficio de 2 de marzo del citado año- ya había recibido en sus salas la de la Concepción que nos ocupa, a instancia del Jefe Político, muchas de las pinturas y esculturas de los conventos suprimidos de esta ciudad y provincia y, además, tuvo la satisfacción de saber por oficio del Gobierno Civil, de 6 de abril, que a pesar de las RR. OO. de 29 de julio y 16 de diciembre de 1835 disponiendo se costease el porte y recolección de estos efectos con el producto en venta de los que no mereciesen ser conservados, no se había verificado, en esta ciudad ni en su provincia, venta alguna porque el referido Gobernador había proporcionado fondos procedentes de otros ramos, y la Academia había contribuido también, par su parte, a pesar de la escasez de sus recursos económicos. Igualmente había contribuido a estos gastos la Comisión de Arte Recolectora.

ya se habían colocado numerosas obras de arte en sus locales cuando recibió, en los primeros días de marzo de 1836, un oficio de la citada Academia madrileña, fechado d 2 de dicho mes, en que se la comunicaba el acuerdo adoptado por la Junta de 7 de febrero anterior celebrada bajo la presidencia del Ministro de la Gobernación referente a que los sobredichos objetos artísticos se destinasen al estudio de las nobles artes, evitándose así su extravío, y formándose con ellos colecciones completas con el nombre de Museos, de los cuales uno sería Nacional y los demás Provinciales.

La comunicación de la Academia de San Fernando produjo en la de Valladolid gran satisfacción. Para ella era una aprobación de lo que venía realizando desde principios de 1836; además las obras de arte colocadas en sus salas la proporcionaron medios de realizar los fines determinados claramente en las Constituciones que Carlos III la había dado en 1783, como ya se ha indicado, en las que declaraba que debía preocuparse de fomentar el estudio y conocimiento del arte estableciendo para ello adecuadas enseñanzas, como desde un principio había realizado, y si dedicaba preferente atención al estudio de las matemáticas era sólo como medio para facilitar el conocimiento de aquél. La circunstancia de que debía evitarse el extravío y venta de objetos también satisfacía a la Academia así como el saber que en Valladolid y su provincia no se había realizado ninguna enajenación de efectos artísticos a lo cual ella había contribuido facilitando fondos económicos, pese a su escasez de recursos, para los gastos del traslado. En cuanto a la formación de colecciones, con el nombre de museos, también lo había iniciado ya en 1828 organizando una de escultura a base de las estatuas de los pasos de Semana Santa, titulándose a sí misma desde dicha fecha «Academia de Nobles Artes de la Concepción y su Museo». La satisfacía, pues, plenamente lo dispuesto por la de San Fernando.”

La semana que viene recogeremos la solución que el Gobierno dio sobre el destino definitivo de los objetos recogidos en los conventos: los libros y efectos científicos se destinarían a una biblioteca y los objetos de arte se entregarían a un museo, academia o establecimiento de instrucción pública. Y empiezan las luchas por asumir estas competencias.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8513/8394952319_cd32105f54_z.jpg

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