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“No hay atajo sin destajo”

Tres foramontanos en Valladolid 27 Ene 2013 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Dibujo de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)

Por senderos entre pinares, caminan los castellanos-obreros en grupo, para llegados al caserío, recibir instrucciones de dónde tendrá cada uno el “corte”. En época estival caminan “agudos” de “mañanada”. En el “ivierno”, a la hora en que despierta el sol que, al parecer, durmió en la panza del páramo. En cualquier caso, caminan en grupo sin tomar el camino de herradura para carros y carretas. Aún con la dificultad de terrenos arenosos como si fueran movedizas, les compensa –a casi todos- tomar el atajo, para ahorrar a sus cuerpos rotos en tan duros trabajos, no menos de un kilómetro de andadura. Ayer sobre albarcas. Aprendido normalmente en “la mili”, siempre toman este atajo con tiempo sobrado, para no fallar-¡ay!- en puntualidad. Por conocido desde siempre, no me resisto a comentar algún detalle de la maravilla del atajo de Traspinedo a la Dehesa de Peñalba.

El milagro se produjo cuando en tiempos de penuria, muy superiores a los presentes (que ya es decir), la Providencia en forma de hombre de bien dispuso la repoblación de eriales y arenales “mondos y lirondos”, con vegetación autóctona. En esta tierra de pinares, los más rústicos de los pinos: el pino resinero. Especie que tuvo su apogeo cuando las resinas tenían múltiples aplicaciones; reducidas hoy a la esencia de trementina (aguarrás).Sirven sin embargo siempre para fijar dunas de arenas movedizas, aparte el aprovechamiento de la madera de muy precoz desarrollo y envolver, cómo no, de fragancias salutíferas el ambiente.

Adentrados en este paraíso de la fauna, quien observador tome este atajo, pronto se verá inmerso en la maravilla de Edén… Casi a cada paso “crujiente” al hollar tamujos, ramas secas o carravacos, las tortolillas no turcas (¿dónde están las autóctonas?), levantan alborotadas el vuelo dejando a veces el nido sobre las ramas más “altiriconas” de los resiníferos “pinus pináster”.

Quien observador tome este atajo…: nunca resultarán reiterativos los arrullos de las tórtolas. Según los diversos entornos, se confundirán o complementarán a veces con los “silbos amorosos” de la ribera. Con el continuo alboroto en los cánticos de familias de arrendajos que pueblan estos pinares. Con el graznido desagradable de grajos y grajuelas que, en enormes bandadas, tienen estos parajes por dormitorio. O se hacen aún más amorosos los arrullos unidos a los guturales de las pechugonas torcaces. Esbeltas. Presumidas. Y lo saben.

Quien observador tome este atajo…: puede presenciar la prodigiosa arrancada de la liebre encamada entre matas de tomillo o romero sobre el tamujo.

Quien… podrá recrearse con la perdiz madre que corre con inusitada rapidez, con los perdigones tras ella, a ocultarse en las hoyadas húmedas rebosantes de juncos y vegetación impropia del común de los secarrales. Y el vuelo vibrante luego con llamaradas rojas y azules en el aire. Edén para observar y disfrutar. Magníficat que brota espontáneo ante tanta belleza que inunda de paz al observador atento que tome este atajo.

El “Croner” (Nicolás) lo tomó casi media hora después que el resto de sus compañeros, castellanos-obreros como él en La Dehesa de Peñalba. Dueño de la primera casa del pueblo, distante de las de sus convecinos, el raposo irrumpió en el corral del “Croner” y se zampó primero al caporal del gallinero: “Lumumba”, gallo despertador de la familia Croner. Sin el cántico diario a la hora exacta de levantarse, el Croner volaba luego, aún adormecido, por el atajo. Ni arrullos, murmullos, ni silbos… El hombre no sintió más que el golpe tremendo contra un pino desalineado…, para una mente no despierta del todo.

Cuando llegó al corte, el cachicán se contuvo de comentario alguno por el retraso, ante el moratón en la frente del noble castellano. Por el contrario, recibió los primeros y solícitos auxilios: un “pito” (canto rodado) plano aplicado sobre el “chinchón”, evitó mayores proporciones del abultamiento en el accidentado. Pasados los momentos de alarma inicial en la cuadrilla, tornó el buen humor que dirigía ¿quién si no Cagaris?
-Pero ¿qué thiá pasau hombre?, preguntó con su habitual guasa.

-¡Anda coño, pos mía tú qué me va a pasar!, exclamó-; pos que venía ó tan agudo, que me choclé contraun pino, dijo sereno.

-¿Y cómo sabes que te choclaste contra un pino?, preguntó Santiaguillo con la sonrisa de guasa a flor de labios.

– ¡Joder, Cagaris, porque lo vi!,¿Por qué demontres iba a ser?, contestó a escape. Y se armó, claro, “el belén”:

– ¿Y Si lo vistes, por qué te choclaste?, preguntó a punto del retortijón.

-¡Anda tontoanda, que no tiras más que boberías!, le contestó el Croner cuasi serio.

El ataque general de risas, no se sabe bien si fue por la aguda pregunta de Santiaguillo o por el retortijón que ¡otra vez! le hizo revolcarse por el suelo. Pasado el trance, los azadones volvieron a subir y bajar con fuerza hasta arrancar toda la grama del cacho del Olmo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8084/8403741542_6d4f71273d_b.jpg

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