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Imágenes de Mozambique: El socavón de Onitsha

Tres foramontanos en Valladolid 29 Ene 2013 - 07:29 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Mercadillo de ”Le gare”, Dakar. Acuarela de José Luis Fiol Albero, en fiolvalero.com 70×50)(*)

Me permitirán la licencia de incluir entre mis “Imágenes de Mozambique” una del todo nigeriana. Mas el caso es que me viene tan al pelo cuando insisto en los baches de Maputo, que sería poco menos que pecado el ignorarla.

Lo sé; usted dirá: “Pero mira que se pone usted pesado con lo de los baches. Como si no hubiésemos visto uno en nuestra vida…”

Pero si ustedes dicen eso es porque no han visto los de Mozambique. En efecto, de mi casa al colegio de mis nietos, que es la Escuela Francesa, no hay más de diez minutos de camino a pie, así que imaginen lo corto que es hacerlo en coche. Y sin embargo, en ese trayecto, coincidente con el que conduce a un gran hospital privado y a otras dos escuelas que comparten calle – la norteamericana y la portuguesa – son tantos y tan variados los obstáculos, que de haber existido en una ciudad española ya habrían provocado huelgas y sentadas de mamás y sindicatos. Y esto no es nada si nos referimos a una de las grandes arterias de la capital: la conocida, a semejanza de la portuguesa, como “estrada Marginal”.

En esta carretera, ruta obligada para nosotros por su proximidad, encontrarían ustedes toda la gama de baches que pudieran, no sólo recordar, sino imaginar en una noche de verano: pequeños y grandes cráteres aleatoriamente repartidos, profundas depresiones suficientemente anchas como para ocupar un par de carriles, zonas degradadas de imposible descripción, escalones imprevistos… Y la mayor parte de ellos distribuidos sin duda al azar, pero con tan malhadada suerte que no pueden ser esquivados por muchos volantazos que se den. Y con ellos de nada sirve ya el retrovisor Yo veo este panorama como un campo de minas de los muchos que quedaron de la guerra civil entre los partidarios del Frelimo y los entusiastas del Renamo. De verdad que el resultado puede ser paralizante para los novatos en el conocimiento de África.

Pero no existe nada semejante a lo que vemos en la carretera que conduce al club hípico que frecuentan mis nietos. Ahí tenemos todo eso y algo más: la travesía de un poblado en estas mismas condiciones deplorables pero aderezado por el deambular de los niños de corta edad, que se la juegan con los bruscos movimientos de los coches que se atreven a pasar. Y, a continuación unos kilómetros de montaña rusa: un recorrido de caóticas subidas y bajadas continuas. Todo ello en pura tierra roja,

Si ahora imaginan los efectos de dos o tres días de grandes lluvias tendrán ya el escenario perfecto para quedarse en casa y no salir así les maten. O salir como nosotros del trance dejando atrás una larga fila de vehículos atascados y cubiertos de barro rojo, con la impresión de haber hecho ya el París-Dakar,.

Pero anunciaba yo al principio algo que les pondría en situación a ustedes aunque mi referencia correspondiera a otro país africano y no a éste que figura en mis artículos. Lo que les contaré partió de un comentario de mi yerno, luego corraborado por google con una cita del “Ébano” de Kapuscinski, el prestigioso y fiable periodista polaco. Yo les recomiendo encarecidamente su lectura.

El caso es que, por muy mentira que parezca, sobre la llamada ruta de Oguta y cerca de la ciudad de Onitsha – el mayor mercado de África – existe o existió un socavón de tal envergadura que impedía totalmente el paso. Cualquier vehículo que pretendiese continuar la ruta, fuera éste coche o camión, caería inexorablemente en su interior sin posibilidad alguna de pasar al otro lado como no fuese tras una esforzada operación de rescate. En cualquier lugar que no sea África el superbache habría sido reparado antes o después, ya que la gente pondría el grito en el cielo. Y no carecería de razón. Como la que tendría el ministro de fomento o el mismísimo presidente de la república de Mozambique si hubiesen dado un puñetazo en la mesa el primer día, puesto que ellos mismos lo ven y sufren el problema.

Pero en Onitsha tampoco hacían nada. Y alrededor del socavón empezó a congregarse una variopinta legión de ciudadanos que aportaban lo que los malhadados viajeros y transportistas requerían, esto es, mano de obra para jalar las cuerdas y empujar los vehículos, mujeres que preparasen bocadillos y platos rápidos, vendedores de refrescos de distintos tipos, y sanadores que aplicaran a los heridos vendajes y otros remedios. Y así fue creciendo y perfeccionándose día tras día la atención a los damnificados. Incluso un buen día surgió un letrero anunciando un hotel o cosa parecida, respondiendo al deseo de quienes necesitaban descanso para proseguir la ruta tras un día maldito

Y así acabó por surgir alrededor del socavón un poblado cuya génesis ha sido analizada por los expertos como un fenómeno modélico que demuestra cómo la necesidad desencadena procesos imparables e interrelacionados de carácter económico y social.

Ahí queda esa.

PS- Uno de mis colegas del blog me preguntaba, al hilo de mi artículo sobre el sida y la malaria, si había llegado a alguna conclusión sobre si los mozambiqueños son resignados-conscientes o felices-inconscientes. Asunto interesante por demás, pero para responder al cual más allá de los datos que proporcionan la lectura y la intuición, necesitaría reunir más experiencia propia de la que haya podido acumular en estos pocos días. Valga este caso sintomático del socavón de Otisha para adquirir algunas percepciones al respecto. Para mí que, a su modo son felices y resignados a la vez. ¿No dicen las encuestas que los españoles – todos en la calle protestando – somos con los finlandeses la gente más feliz de Europa?

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8353/8403741604_3f89cf7dc9.jpg

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