Por Javier Pardo de Santayana

( Mercado de Senegal II. Acuarela de José Luis Fiol Albero, en fiolvalero.com. Mención de honor en el VI Certamen Nacional de Acuarela, Málaga. 88×70)(*)
Seguramente, si ustedes viniesen por aquí – me refiero a Maputo – y viviesen lo que yo estoy viviendo en estos días, se llevarían las manos a la cabeza.
La situación de fondo es la siguiente: Este país ha sido uno de los más atrasados del planeta en varios e importantes aspectos, y además, aunque en él se acabó por instaurar la paz, esto no pudo paliar ni con mucho los sucesivos efectos negativos de la estampida portuguesa, la paralizante e improductiva época marxista y la cruenta guerra civil. Así que el hecho de que se halle en un fase de franco progreso no puede tomarse como un garantía de que todo funciona ya a nivel europeo ni mucho menos. Y si el mozambiqueño es un pueblo caracterizado por su tenacidad, también lo es por su paciencia, virtud ésta que habrá de ejercitar quien se haga demasiadas ilusiones al respecto.
En este contexto hay que contemplar también la geografía. Y en ella, claro está, la de su capital. Si la latitud de ésta – no lejos del Trópico – y su escasa altitud – nivel del mar – dan lugar a un clima cálido y húmedo, lo que más la marca es la influencia del monzón. Éste suele afectar sólo a la amplia zona norte, y aun de refilón según parece, pero no es de extrañar que algunas veces lleguen a la zona sur. Y en lo más sur del sur está Maputo.
Así que no es de extrañar lo que hemos vivido en de estos días. El 15 de enero amaneció tranquilo. Sólo una inusitada invasión de cucarachas en determinados lugares de la casa hacía barruntar que algo malo podría suceder. Y sucedió. Habíamos trasladado a los niños al colegio sorteando baches como siempre y habíamos disfrutado de una tranquila mañana de piscina cuando, a punto de salir de compras, empezó a llover. ¡Y cómo llovió, cielo santo! Se diría que todo el Índico se había convertido en nube, y que ésta descargaba ahora su contenido sobre la Bahía de Maputo. Luego nos dirían que llovió más intensamente que el año 2000, que murieron cuatro personas y que una carretera en construcción se hundió cerca de nuestro barrio. Cuando llegó la hora de recoger a los niños del colegio ya era imposible salir de nuestra casa en coche. El auxilio de gente conocida no podía llegar hasta la casa y era preciso montar una operación de rescate. Todo nuestro barrio estaba inundado de agua teñida de rojo por el lodo, y además ahora no contábamos con 4×4, al parecer indispensable para moverse aquí. Ya los eternos baches casi fósiles eran lo de menos. Había que trasladar a los niños a cuestas con el barro hasta bastante por encima de la rodilla y sin idea de lo que podría encontrase abajo.
Les resumiré la situación final. Basta con que se imaginen a sí mismos a más de 8.000 kilómetros de España y en un país como el descrito, plagado de baches y azotado por un ramalazo de tifón en la temporada de las grandes lluvias, con el barrio inundado del mismo lodo rojo que ha hecho desaparecer el jardín; sin 4×4 y con la puerta del garaje desvencijada por la presión del agua y el zarandeo de las olas formadas al paso de los coches; sin energía eléctrica en la casa y sin poder por tanto de verificar la avería, sin internet y confiando en el remanente de los móviles, y con la cabeza abierta por el occipucio de un resbalón en el lodo que ya entró hasta la escalera: una profunda raja que daría para siete puntos de sutura y una vacuna antitetánica. Y esto siendo responsable durante dos meses y medio de tres niños entre los cuatro 4 y los 7 años de edad a los que se ha de cuidar, alimentar, entretener y llevar y traer de la escuela mientras los padres de éstos están ausentes en el Reino Unido por diversas y poderosas razones de trabajo y nueva maternidad.
Dirá usted, tras pensar que no quisiera estar en mi piel, que cómo es posible que se salga de una situación así sin volverse loco y más teniendo la cabeza como la tengo yo, y yo le diré que esto es posible gracias a la admirable solidaridad que palpo en el ambiente de los expatriados y que permitió que alguien a quien ni siquiera conocíamos acudiese con toda naturalidad para llevarme al hospital y ayudarme a atravesar cientos de metros de barro tomándome de la mano por si el golpe me hubiera debilitado. Y porque otros con la misma naturalidad y sin dar tampoco dos vueltas a la cabeza arrancarían su coche y se meterían en un tremendo berengenal por pura caridad. O resolverían nuestro aislamiento temporal poniéndose a nuestra disposición para llevar y traer a nuestros nietos. Y porque unas mujeres que luego encontrarían sus humildes casas con el agua escurriendo por las paredes y acumulándose en el suelo, no sólo retiraron muebles y enseres y limpiaron el barro invasor de nuestra casa, sino que organizaron a los niños en la oscuridad para que al regreso del hospìtal los encontráramos tranquilos y dibujando alrededor de la mesa de la cocina bajo la luz de unas linternas. Admirable, ¿no? Pero lo mejor es que todas estas gentes ejercen la solidaridad aun en situaciones que para ellas no son tan extraordinarias como a nosotros nos parecen. Sólo por eso ya vale la pena haber vivido lo que es África en su salsa.
¡Cuánto hay que aprender en estas tierras donde a veces tan poco parecen valorar la vida! Cierto que aquí se ven cosas terribles, que la corrupción alcanza cotas preocupantes, pero al ver a tanta gente solidaria, dispuesta a ayudar al prójimo sin esperar nada a cambio sino el “hoy, por tí, mañana por mí” de los expatriados; al conocer a estas mujeres acostumbradas a afrontar la desgracia sin aspavientos, uno empieza a pensar en ricos y pobres y en países avanzados y atrasados de manera distinta a la acostumbrada en nuestros débiles y desorientados países europeos. ¿Crisis de valores? Pues aquí pueden encontrar algunos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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