Por Javier Pardo de Santayana

(En la playa. Acuarela de José Luis Fiol Albero, en fiolvalero.com. 50×70)(*)
Desde luego aquí en Mozambique no faltan emociones ni sobresaltos para unos abuelos responsabilizados de la vida diaria de sus nietos. Es algo parecido a lo que vemos en España, pero con matices. Ahí los abuelos tenemos un papel digamos que estratégico: contribuir a superar la crisis desde el más sencillo y entrañable nivel familiar ocupándonos de llevar y traer a los nietos del colegio, echarles de comer y entretenerles un rato mientras sus padres se ganan las habichuelas, hacen cola ante las oficinas del paro o improvisan algunas chapuzas de las que no contabilizan en las estadísticas oficiales. Claro que también echan su cuarto a espadas aflojando su ya maltrecho bolsillo para tapar algún que otro agujero de los hijos casados o solteros o acogiendo a unos y a otros en el hogar del que salieron y al que los primeros retornan acompañados por la nueva familia que formaron.
Pero aquí la cosa es, efectivamente, distinta. Porque si en España la situación es dura, durísima, aporta al menos un cierto aire de tranquilizante rutina – benéfica, supongo, para la amenazadora tensión arterial – mientras que aquí a la emoción se suma una estimulante incertidumbre.
La emoción está en el tráfico rodado, por ejemplo. “Nos la daremos o no nos la daremos”, pensamos al zigzaguear entre los baches para acabar viendo como el 4X4 que teníamos enfrente pretende colarse por el único paso practicable que nosotros intentábamos cruzar. “¿Nos hundiremos en el charco, o conseguiremos salir de él más o menos incólumes? ¿Atropellaremos o no a ese sufrido peatón al invadir la acera huyendo de aquel artero cráter?
También puede asaltarnos la emoción de la incertidumbre cada vez que vamos a la compra. Nos surgirá una duda preñada de amenazas: ¿Nos pararán los policías locales apostados en las proximidades del supermercado? ¿Habré de hacer uso de mis artes para salir incólume del trance o bastará con hacer valer mi condición de anciano, aquí tan respetada? ¿Qué argumentos tendría que esgrimir para zafarme de una multa traída por los pelos?
Luego está la incertidumbre impuesta por el clima. Porque si toca lluvia, uno se pregunta si no empezará a llover y llover sin parar hasta inundarnos, tal como ocurrió a mediados del mes de enero. Y no basta con que pinte bien el día, porque a los diez minutos de estar bañándote al sol puede caer el diluvio universal para delicia de los sapos. ¿Nos tocará tifón? se pregunta uno. Porque entonces la calle se pondrá imposible y habrá que sacar el 4X4… Mas, ¿y si viene el agua y se carga otra vez la puerta del garaje?
Pero, sin necesidad de tanto, siempre estaremos pendientes de si se irá o no la luz, porque de irse una vez más no podremos salir del garaje, y, como ocurrió el otro domingo, no podremos ni ir a misa; y no habrá compra posible y habrá que ir y volver del colegio a pie por un camino que puede hacerse impracticable Y nos preguntamos si no será mejor dejar un coche fuera por si acaso (naturalmente, fuera pero no en la calle, que eso es exponerse demasiado). Y aplaudiremos la decisión de mantener el gas para la cocina, porque al menos así podremos cocinar.
Claro que todas estas cosas se superan e incluso se disfrutan con buen ánimo, porque es vivir África tal como es; un reto diario que al final del relato producirá una gran satisfacción. Estoy seguro.
Lo malo de verdad es lo del visado. Porque de entrada se lo dan a uno para un mes, pero queda la duda de si se dignarán o no a ampliar el plazo. “No lo saquéis en el consulado de Madrid” – nos aconsejan – “que se puede obtener en el mismo aeropuerto al llegar y pedir más tarde ampliación. Además basta con salir y entrar del país para conseguir otro: viajad a Nelspruit, en Sudáfrica, que está solo a hora y pico. Además ya es un poco tarde para el consulado de Madrid; igual se quedan con los pasaportes para el trámite y no los recuperáis a tiempo ”… Y suponemos por qué: ya lo intentó hace tiempo otro viajero y por poco le disuaden del viaje antes de hacer el trámite.
Pero al llegar aquí la cosa se complica: “Ahora están más duros con los españoles y los portugueses” nos dicen; y suponemos que será por la emigración provocada por la crisis. “Pues qué bien” nos decimos torciendo el gesto; “pero, ¿cuál es la alternativa?” Y uno barrunta la posibilidad de que le denieguen la ampliación del visado y acabe encontrándonos solo con los niños y en situación ilegal, o sea teniendo que abandonar el país a toda prisa… Situación imposible, desde luego.
Comprenderán que con tantas y tantas emociones no haya posibilidad de aburrimiento.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8513/8451877706_8680e52004.jpg
Home