Por Carlos de Bustamante

(Apunte de rebaño.1982 . Óleo de de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)
El relator escribió largo y tendido sobre el campo, la labranza y los labradores. Toca el turno a lo que en la Dehesa de Peñalba La “Verde” tuvo siempre importancia capital: la ganadería.
No pretendo desarrollar con el detalle que merecen los métodos de reproducción, mejora de la raza y fin para el que la Dehesa era eminentemente ganadera. Antes de entrar en materia, sí les quiero expresar, que ganadería y agricultura son complementarias. Difícilmente y por razones varias subsistirían la una sin la otra. Por lo menos “Ayer”.
Parece cierto que, ocupado el valle por las tropas de Napoleón, mandó construir las grandes cuadras y corrales que aún perduran. Lo que él o alguno de sus generales utilizaron como cuadra de las caballerías propias de este Arma. Tras la derrota y expulsión de España, pasó para diferentes usos. Lo que el relator recuerda, es lo que en éste y, posiblemente algunos artículos más, pretendo distraerles mezclados con anécdotas varias.
Desde que de Tierra Medina me “trajon” al valle, el ganado, del que siempre vi la cuadra llena, fue el vacuno. Ganado que sin ser bravo del todo por raza, sí tenía la reciedumbre del campo Charro. Vacas de vientre que si no tenían por destino las plazas de toros, daban el “juego” suficiente para satisfacer las ansias toreras que cada español lleva dentro, por qué sé yo qué genes; digan lo que digan los anti taurinos.
Estas charras vacas de vientre, tenían como principal misión traer terneros al mundo. Un mundo siempre necesitado de alimentación variada. Verde la Dehesa por la abundancia en pastos jugosos, por la frescura en grandes extensiones de prados y riberas, La vacada ramoneaba a placer sin mayor riesgo para los vaqueros que no “entrar al trapo” cuando se las intentaba separar de las crías de aún pocos días.
Los terneros mamones permanecían al agrego de los enormes muros hasta que, cuasi autónomos en la alimentación, también salían al campo. Ésos sí podían entrañar cierto peligro. Sucedía cuando las madres contribuían con fuerza poderosa a trabajos de arada, acarreo o trilla. El ternero entonces clamaba, con fiereza a veces, por “sus fueros perdidos”. Toda la reciedumbre que las madres llevaban en la sangre charra, quedaba amansada con el yugo. Era el momento de los que, bien alimentados en el campo con el complemento vespertino del pesebre, tomaban protagonismo. Lejos de poner trabas, los vaqueros se unían gustosos a las ansias toreras de “los hijos del ama”. Ninguno salió figura. Pero el arte de Cúchares, estuvo siempre presente en unos y otros con el ganado bovino.
A pesar del nombre, la Sayaguesa era oriunda de lo más recio del campo charro. Sólo cuando amamantaba al ternero. De cuernas completamente abiertas, más que el riesgo de clavar el aguijón de los cuernos, el peligro estaba en recibir un varetazo tremendo.
Cinco aspirantes, cinco, a figuras, colocados tras el tronco de un roble, “llamaban” a La Sayaguesa con la imitación del berrido (aún no era mugido) del ternero. Acudía. Como un rayo. Al no caber todos tras la protección del tronco, el primero giraba según embestía, ciega, la morucha. El segundo, sujeto a la cintura del privilegiado primero, giraba también al mismo ritmo. El tercero lo mismo pero a mayor velocidad por impulso de la cadena. Mayor el cuarto. El quinto y último, salía despedido con la fuerza de un fuerte latigazo. La hermandad entonces era manifiesta. Encelada la vaca con el despedido, mientras éste corría a la desesperada con el terror pintado en la cara, los demás, y desde diferentes lugares, lanzaban nuevos “berridos”. Mientras con los ojos inyectados de sangre la madre buscaba a su cría, el último de la cadena, se perdía entre la espesura del monte. Para nada (como dicen ahora) terminaba ahí el festejo.
Agotada la Sayaguesa, en absoluto los aprendices a toreros, buscaban en la muleta la diversión incontenible.
Cuando “encerraban” los vaqueros, los aprendices se las “apañaban” para que el Romero no entrase aún en la cuadra. Desde un carro apoyado en las varas, llamaban al toro. El semental de la vacada. Sin hacerse de rogar, acudía como un rayo entre bufidos temerosos. Giraba en torno al carro. Cuando veía -¡madre qué ojos!- inalcanzable el objetivo, comenzaba el festival… Cuando el menor de los mayores, que “algo tiene que ver con el relator” estaba en lo más alto carro, los otros hacían de contrapeso, para que, vueltas las tornas, quedase al lado contrario. Sentía el hombre (de no más de 12 años) el aliento del torazo junto a su nada despreciable humanidad. Si veían el peligro inminente, el contrapeso (¡…!) volvía a “espingar” el carro al otro lado. El Romero seguía el juego. Nuevamente el aliento temeroso ponía al chaval los “congojos en la garganta”. Surgió, claro, la tragedia: la punta afilada del asta del toro semental, prendió por el cinto al menor de los mayores. Romaneando el Romero con él subía y bajaba colgado de la impresionante cornamenta como un “pelele”. Mejor: cual si fuera un melón que se va a pesar en la romana. Surgió también la hermandad. “Morenito de Peñalba”: el segundo y con más “arte” de los cinco, saltó del carro y ¡con un saco por muleta! “llamó” al toro que, tras deshacerse de su presa lanzada al aire dando “pingoletas”, acudió al “engaño”. Mentira parece que un animal que ramoneaba a diario, pacífico, con la vacada en el monte o prado, pudiera embestir con la fiereza del más fiero de los cornúpetas de pura raza. Como me alargo y veo a alguno dando “pases” imaginarios frente al ordenador, termino. Si Dios es servido, continuará…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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