Por Javier Pardo de Santayana

(Fotografía de Benedicto XVI bendiciendo a los fieles)
Hasta aquí ha llegado – casi no se sabe cómo – la inesperada nueva de la renuncia del Papa. Así que abandono por un día la línea costumbrista de mis “Imágenes de Mozambique” para abordar tan sorprendente acontecimiento a muchos miles de kilómetros de España.
Supongo, porque conozco el paño, que en ese patio de vecinos en que se ha convertido nuestro país será la hora hasta de apostar por quien será su sucesor, y se hablará de poder y de ambiciones, de razones ocultas y de intrigas vaticanas, que todo eso queda como muy progre. Y se compararán las actitudes y reacciones del papa saliente con las de su antecesor precisamente porque, como es sabido, “todas las comparaciones son odiosas”. En resumidas cuentas, se seguirá hablando una vez más en los usuales términos superficiales, mundanos y, sobre todo, torpemente mediáticos. Se intentará ensuciar un acontecimiento del espíritu.
Pero yo no tengo duda alguna de la intención del papa. Benedicto XVI ha visto que las fuerzas le flaqueaban para ejercer su ministerio eficazmente, y ha renunciado con la intención de prepararse para afrontar su propia muerte a solas con Dios y orando por nosotros. Sé que ésta es la decisión de un hombre inteligente y profundo: de un hombre consciente de su condición mortal que ha medido sus fuerzas y escrutado su conciencia y ha hecho simplemente lo que ha creído que debía hacer él y no otro. Y antes de irse nos ha ofrecido un último, humilde, sabio y espléndido servicio: nos ha señalado el perfil del hombre que hoy conviene, y que habrá de ser, sí, un hombre relativamente joven, pero también un buen luchador por la Fe.
Un hombre de una pieza, inteligente y de fuerte espíritu. Estamos – no lo olvidemos – en el mismo año que el mismo Benedicto XVI quiso bautizar precisamente como año de la la Fe. Y recordemos que ya nos regaló el armamento intelectual imprescindible: los argumentos conciliadores de la fe y la ciencia, los conceptos precisos de lo que ha de ser la fe en el mundo actual, y ciertas aclaraciones luminosas sobre el amor; un vademécum del cristiano en este mundo que lo tergiversa o que, sencillamente, pasa de él.
Alguien dirá: “pero bueno, ese perfil sugerido en su marcha por el papa Benedicto, ¿no es precisamente el de su antecesor polaco? Y yo le diré que sí y que no, porque cada papa tiene su carisma personal e intransferible y cada momento de la historia sus requerimientos. Y si se necesitó un hombre de fuerte empuje ante los últimos coletazos de una confrontación ideológica mundial como ahora se necesita para liderar una Nueva Evangelización, en el intermedio se hacía imprescindible una pausa de apertura y reflexión sobre la Iglesia y su relación con el mundo. Y para eso, nadie más idóneo que Benedicto XVI.
Prepararse a bien morir rezando por nosotros…. Como ahora se dice, suena fuerte. Pero es la sabia decisión de un hombre sabio. El Papa se retirará para hacerse como invisible tras haber cumplido con su sacrificada entrega a la misión y dejando escrito lo que tenía que escribir para que otro atleta del espíritu dé de nuevo el grito de ¡Adelante!
Claro que hay mucho ignorante formado en los dimes y diretes del politiqueo nacional y criado en los pechos de los instigadores de la sempiterna polémica; muchos españoles dedicados en cuerpo y alma al lamento baldío y a la protesta subvencionada que aprovecharán la ocasión para jugar a hacerse los listos y demostrar su nivel intelectual de correveidiles del eslogan arremetiendo contra un hombre bueno y sabio que daría a todos ellos las famosas sopas con honda. Tristemente, encontrarán un ambiente favorable en esta España del fulaneo que es la España aparente de nuestros días. ¡Qué pena da al medirla con la figura de un hombre que, tras haber renunciado a tantas cosas en la vida que ésta ha sido una pura y permanente renuncia a todo aquello por lo que los demás se desgañitan, renuncia también a su cargo por puro sentido del deber – de hacer lo que en conciencia estima que debiera hacer – para desaparecer del mundo y disponerse a afrontar el final de su vida en oración.
Nadie niega que la portentosa entrega hasta el límite de su predecesor fue un gran ejemplo, pero Juan Pablo II era un atleta del espíritu hecho para la superación física de las limitaciones que pudiera imponerle su salud – tan deteriorada en sus años postreros – pero Benedicto XVI es un intelectual convertido en hombre de acción porque Dios así lo quiso, y plenamente consciente de hasta dónde podía llegar sin que estas limitaciones repercutan en la eficacia de su ministerio. Otro ejemplo en el que podremos mirarnos al envejecer.
¿Que cómo es posible presentar como igualmente ejemplares dos casos tan aparentemente dispares como los de Benedicto XVI y Juan Pablo II? La respuesta es: porque ambos son casos igualmente edificantes de autenticidad.
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