Por Javier Pardo de Santayana

(Playa de Mbourn. Acuarela de José Luis Fiol Albero, en fiolvalero.com. 66×41) (*)
Mozambique es como un gran país adosado a una inmensa, interminable playa. Bueno, es mucho más que eso, pero eso es lo que pudiera parecer. Y parte de esa playa está en Maputo; lo que pasa es que esta playa de la capital no es de grandes extensiones de arena al sol como son la mayor parte de ellas, sino una playa de bajos; de ahí que el agua de la bahía tome el color ocre claro de sus fondos. Y el gradiente es tan mínimo que a veces se ven las motitas negras de quienes se adentran simplemente caminando y uno se extraña de que pueda llegarse tan lejos manteniéndose todavía en pie.
Aclararé que estas playas de las que hablo están aún en la bahía. La ensenada a la que los primeros navegantes portugueses tildaron de laguna – “lagoa” – es un abrigo ideal; un entrante amplio y acogedor donde, naturalmente, se halla el puerto, pero la bahía se extiende mucho más allá, sólo como insinuada por algunas islas como la de Inhaca, que se observa en la distancia, y salientes de la costa que hacen el cierre, como el de la Punta de la Macaneta.
Como el tiempo lo permite – sobre todo ahora que es verano en estas latitudes – siempre hay bañistas disfrutando del agua o haciendo mil cosas diferentes, como adentrarse en los bajos y hacer el copo con sus redes. Desconozco lo que pescan, aunque sí que veo gente ofreciendo grandes peces a los habituales de la Marginal. Pero casi siempre la superficie está alborotada y con la color tomada por la arena y por las nubes presentes en esta época del año, que es pleno verano austral: en fin, un paisaje de grises, ocres y azules huidizos.
Pues bien, el otro día, tras un mes y pico viendo arena y la mar algo revuelta, salió un día de buen tiempo y marea alta. El tirón de una luna más intuida que vista convocaba a los mozambiqueños a sacar provecho de este mar hinchado que se ofrecía como un regalo de Dios. Para empezar, las embarcaciones de vela árabe que solíamos ver varadas aparecieron flotando y moviéndose graciosamente con el oleaje como si sus dueños hubieran salido a la mar, y cuando se levantaba una leve brisa, los graciosos vestidos colgados para la venta entre capulanas y alfombras ondeantes a lo largo de la avenida Marginal, iniciaban su particular y graciosa danza, como si un grupo de simpáticas sirvientas quisieran asociarse al jolgorio general de una deliciosa tarde libre.
Y medio Maputo se estableció en las orillas de esta larga calle-carretera para tomar el sol, bañarse – que bien apetece con este sol inclemente – y tomarse una cocacola o una cerveza en los elementales chiringuitos que proliferan a la sombra de las palmeras y los altos árboles que bordean la carretera. Y, dentro del entusiasmo general, surgían las velas multicolores de los surfistas a la altura de las “Marés” y se encendían de luz las velas blancas de las embarcaciones del Marítimo y del Naval para regatear justo delante de nosotros, y el agua se llenaba de bañistas en su mayor parte jóvenes, que aquí los mayores somos muy pocos. Sería éste el momento de mayor esplendor de la capital, como lo fue la otra tarde-noche en la Marginal, cuando el día de los Héroes Mozambiqueños congregó aquellas multitudes que casi bloquearon nuestro paso de regreso de la misa de seis de Santo António da Polana, porque éste parece ser el escenario preferido de los grandes celebraciones. Y de las no tan grandes, ya que también aquí, sobre la estrecha línea de una de las someros espigones construidos para retener la arena, suele también verse, preferentemente los sábados, el destello blanco de una novia que desea inmortalizar su imagen con el índico como telón de fondo.
Pero para mí lo más curioso de estas entrañables playas de Maputo quizá sean los grupos de “sionistas,” que toman las playas como templo elegido para sus ritos habituales. Lo leí en una guía del país: determinados días podrían verse miembros de esta secta reunidos en la orilla. Según me enteré luego cuando me informaba sobre el vecino país de Suazilandia – donde por cierto representan la religión dominante en las zonas rurales – sus adeptos combinan el cristianismo con el culto ancestral indígena. Y, en efecto, no ha sido infrecuente para nosotros ver concentraciones de gentes vestidas de blanco haciendo corro con las piernas hundidas en el agua. “Esos deben ser aquellos de que nos hablaba la guía”, decía yo para mis adentros. Hasta que un día lo vimos confirmado al pasar con el coche junto a la sombra de los inmensos árboles que a veces parecen como hincados en el suelo por sus propias raíces expuestas al aire. Allí estaba
nada menos que un obispo con mitra y báculo rodeado por sus fieles. La mitra lucía una llamativa estrella amarilla sobre un fondo azul intenso. Luego, unos metros más allá, otro religioso revestido de una vestidura blanca con una gran cruz y dos estrellas.
Desde luego esto no se ve ni en Marbella, ni en la Barceloneta, ni en la concha de San Sebastián ni en ninguna de las playas españolas: nada de chiringuitos, ni de tumbonas, ni de duchas, ni de salvavidas, ni de pedalós, pero sí, rodeado de sus feligreses con la mayor naturalidad del mundo, un obispo con su báculo y su mitra.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8530/8503462545_40a31b2078_b.jpg
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