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Pesca, sartas y reteles

Tres foramontanos en Valladolid 10 Mar 2013 - 07:23 CET
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Por Carlos de Bustamante

(La Esgueva a la altura de la Ronda Este de Valladolid. Acuarela de J. M. Arévalo. 36 x 48)(*)

Sin los prolegómenos de costumbre, iré al grano. Además de los aparejos para la pesca con caña (con “o”) en el río, también les “echaron” los Reyes un retel para sacar los peces-supongo- enganchados en los anzuelos. Aunque la pandilla lo utilizó para otros menesteres, como luego veremos, pasaba lo que con la “bici”. Uno para todos y todos para uno. Era un verdadero lío. Duró sólo unos días. Luego…, si Dios es servido, ya lo veremos.

Corriendo salieron del Cuartel General de Diabluras. Entre los pequeños claros de la frondosidad en la ribera, divisaron los peces que, se recreaban en abundancia en aguas por entonces muy limpias. “Espiritados”, cebaron los anzuelos.

La primera captura del tercero de los hermanos fue espectacular. Flotaba la boya muy quieta bajo la mirada escrutadora del pescador, atento al más ligero movimiento; señal de que alguno “picaba”. De pronto, desapareció arrastrada a las profundidades. Pez que debería ser gigante, porque el tirón fue tan enérgico, que desenrolló todo el sedal del carrete artesano. No sólo se le escapó luego la caña de las manos al pescador, sino que, desequilibrado, cayó estrepitosamente al agua. Al oír el chapoteo, acudieron todos. Veían burbujas en la superficie, pero de él, ni rastro. Ninguno se lo pensó dos veces. Sin común acuerdo, vestidos como estaban, se lanzaron a las profundidades tenebrosas. No para ellos. Y lo vieron. Hurgaba en las cuevas ocultas de la orilla. Tiró del sedal y con él salió del escondrijo un barbo tan grande, que nada de extraño el tirón y percance posterior. Sujeto por las agallas con una mano, nadó con la otra hasta tierra. Jolgorio. Descubrimiento asombroso: ¡los barbos tenían guaridas!

Sin abandonar la modalidad de pesca con caña, con frecuencia todos buceaban en las profundidades en busca de cuevas donde hallaron los barbos más grandes que nunca imaginaron que existieran. Y conocieron los fondos del padre Duero, tan bien o mejor que la tierra firme.

Para llevar los peces pequeños, no precisaron de artilugio alguno de tiendas especializadas. Con pequeñas ramas en horquilla de chopos y álamos, confeccionaban las sartas. Introducida una de las ramas de la horquilla por las agallas del pez, quedaba perfectamente ensartado. Cuando se llenaba una sarta, nada tan fácil como fabricar otra y más sartas de repuesto. No es que las fritadas fueran tan sabrosas como los “pescaítos” de mar; pero como sarna con gusto no pica, los barbos pescados un día sí y otro también fueron un aperitivo excelente en la casa familiar. Casa si no pobre, desde luego alegre en su gran austeridad.

Los barbos grandes de las cuevas, eran algo más que aperitivo. Mas como el sabor a barro no era demasiado apetitoso, el pedazo de pez que llegaba vivo a casa (algunos de hasta 10 Kilos), pasaba a una artesa, donde, trascurridos unos días de expectación entretenida, era devuelto al lugar de procedencia. Sin rasguño alguno contaría a sus hermanos de cueva cómo unos depredadores humanos, sin agallas ni aletas por donde respirar y nadar irrumpían en sus dominios. Como estaban bien alimentados en la artesa, aunque con espacio muy corto para correrías, no parece que los vieran bajo el agua como enemigos.

Mejor era –se dirían- salir de sus “esconderites” por esa especie de semejantes sin escamas, que salir prendidos de la boca como los hermanos pequeños y posteriormente al suplicio de la sartén. Por esto, aunque no muy probable, los seis se movían bajo las profundidades, como pez en el agua. La afición no decayó nunca del todo; pero duró poco. El ansia de aventuras diferentes, les llevó a otro tipo de pesca: la de cangrejos con reteles. Uno sólo para todos, no fue en absoluto problema. Les sirvió de modelo. Mejores de capacidad resistencia y precio que los de las tiendas especializadas. ¡Dónde iba a dar…!

En la Dehesa hay numerosas albercas. Para el riego unas; y como simple drenaje de tierras encharcadas, otras. Aunque en todas abundan los cangrejos-¡ay!-autóctonos, por la calidad de las aguas o alimentos en ellas, en unas sobreabundan mientras escasean en otras, o son de peor calidad.

Como lo referido a la única “bici”, lo mismo les sucedía con el único retel. Artilugio, como saben, utilizado comúnmente para la pesca del exquisito crustáceo. Si la fiel Infantería, a la que más tarde pertenecerían algunos de los hermanos, no reconoce obstáculos insalvables, desde entonces éstos ya ejercieron de Infantes. Teniendo como tenían el modelo, no podía haber obstáculo que detuviera las ansias desbordadas de afición por la caza y la pesca. Fabricaron reteles. Tan buenos o mejores-¡dónde va a dar!- que los que se les ofrecía en las tiendas a precio de oro. Inasequibles. Uno a uno, prepararon los componentes: redecillas de hilo trenzado: tela de saco. Aros de alambre de acero inoxidable: aros de herradas viejas o que las hacían viejas “deseguida”. Horquillas sofisticadas para tirar del retel: confeccionadas igual o mejores con varales. Guitas para sujetar los aros: hilo sisal de atar los haces de mies. Viejos o hechos viejos “antes de conantes”.

El caserío entero se quedó sin herradas, pero los hermanos. Ahora pescadores de cangrejos, disponía de no menos de una docena de reteles mejores que los de las tiendas especializadas. Y por resistentes, más duraderos.

El cebo más apropiado eran las vísceras de animales. Mejor, con algo de “fato”. No llegaron en su afición y necesidades a matar ninguna oveja, pero de un hatajo muy numeroso, no faltaban percances y defunciones. Cebo asegurado. Al principio de la actividad, frenética, la pesca era tan abundante, que surtieron de cangrejos a la propia familia y a las muy numerosas del caserío.

Cuando decayó el aliciente, pescaron a mano. Sin ser preciso el buceo en las albercas, sí lo era introducir la mano en las cuevas. “Normalmente” los cangrejos salían prendidos de los dedos de los pescadores. Otras veces, sacaban hermosas ratas de agua que, asadas, les aseguro son exquisitas. Sí; y no me pongan mala cara, que es cierto lo que les digo. Lo que no puedo asegurar de cuando lo que sacaban de las cuevas eran hermosas culebras de agua. Asquerositas, pero inofensivas. El toreo, las diversas modalidades de pesca y otras actividades que sabrán pronto, si Dios es servido, finalizaba el verano. Y en seguida, al “santo cole”(para su madre). A luchar allí a brazo partido con el latín y la bobada ésa de los números primos en matemáticas, que mira tú para qué les iban a servir…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8512/8538788827_36454fdec6_b.jpg

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