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Francisco

Tres foramontanos en Valladolid 16 Mar 2013 - 07:21 CET
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Por José María Arévalo

(Barca de pescador. Acuarela de Rafael García Bonillo, en exposición de 1985. Foto de la portada del catálogo)(*)

Ha sido emocionante, para los católicos al menos, la elección del Papa Francisco I, en circunstancia tan emotiva como la renuncia de nuestro padre Benedicto XVI por falta de fuerzas. Particularmente me ha ocurrido como cuando falleció mi mujer, Concha María, que no podía escribir otra cosa que acerca de ella, a la que dediqué varias semanas los artículos que me correspondían en este blog. Seguro de que mis compañeros foramontanos van a escribir sobre el nuevo Papa –ya lo hicieron sobre el cese del anterior-, esta vez no puedo evitar adelantarme porque no tengo en la cabeza estos días más que su persona e intenciones. Entre tantas banalidades que se han dicho por la tele – lo de qué bien que sea hispano, etc.- y en los periódicos – que si es conservador porque se enfrentó al gobierno argentino oponiéndose al aborto y al matrimonio gay-, la mayor me ha parecido lo que titulaba un conocido diario de izquierdas, para el que su elección augura un giro en la Iglesia, ya que el nuevo Papa se llamará Francisco, como el santo de los pobres. El lunes colgaremos un interesante reportaje de Aceprensa sobre el pensamiento del Papa en sus intervenciones públicas. Entretanto, me ha venido a la memoria una cita de Benedicto XVI, que he leído recientemente, sobre San Francisco de Asís, en un contexto de gran profundidad que sí me parece da luces sobre el simbolismo de la adopción de este nombre por el nuevo Papa, ahora que el cardenal Amigo ha confirmado que lo escogió en recuerdo de este santo.

Me refiero a uno de los textos del anterior Papa, que ha incluido Giuliano Vigini en uno de los libros editados con motivo del Año de la fe, “La alegría de la fe”, en cuyo tercer capítulo, sobre el Espíritu Santo, nos dice que Éste “sale a nuestro encuentro a través de la creación y su belleza”. Me quedé con la cita, más que por San Francisco, al que se refiere en el reglón anterior, por lo que nos atañe a los que amamos el arte, y me alegro de la coincidencia porque así cumplo, de alguna manera, mi compromiso de dedicar a las manifestaciones artísticas el artículo de fin de semana en este blog. Veámosla.

“Si repasamos la historia –decía Benedicto XVI el 3 de junio del 2006, en la homilía que pronunció en las Vísperas de Pentecostés- , vemos que la creación pudo prosperar en torno a los monasterios, del mismo modo que con el despertar del Espíritu de Dios en el corazón de los hombres ha vuelto el fulgor del Espíritu creador también a la tierra, un esplendor que había quedado oscurecido y a veces casi apagado por la barbarie del afán humano de poder. Y de nuevo sucede lo mismo en torno a Francisco de Asís. Y acontece en cualquier lugar donde llega a las almas el Espíritu de Dios, el Espíritu que nuestro himno define como luz, amor y vigor. Así hemos encontrado una primera respuesta a la pregunta de qué es el Espíritu Santo, qué hace y cómo podemos reconocerlo. Sale a nuestro encuentro a través de la creación y su belleza. Sin embargo, a lo largo de la historia de los hombres, la creación buena de Dios ha quedado cubierta con una gruesa capa de suciedad, que hace difícil, por no decir imposible, reconocer en ella el reflejo del Creador, aunque ante un ocaso en el mar, durante una excursión a la montaña o ante una flor abierta, se despierta en nosotros siempre de nuevo, casi espontáneamente, la conciencia de la existencia del Creador. Pero el Espíritu creador viene en nuestra ayuda. Ha entrado en la historia y así nos habla de un modo nuevo”.

Así que –pensaba yo al ver los comentarios de la prensa- se queda muy corta la referencia a San Francisco de Asís como el santo de los pobres. Benedicto XVI subraya cómo “la creación pudo prosperar” gracias al impulso del santo franciscano, –repito la cita- “del mismo modo que con el despertar del Espíritu de Dios en el corazón de los hombres ha vuelto el fulgor del Espíritu creador también a la tierra, un esplendor que había quedado oscurecido y a veces casi apagado por la barbarie del afán humano de poder”.

Así que la figura histórica de de San Francisco se inscribe en un contexto mucho más amplio, el de la tarea reservada a los hijos de Dios de continuar, de restaurar la creación. “El mundo no existe por sí mismo –decía Benedicto XVI en el párrafo anterior-; proviene del Espíritu creador de Dios, de la palabra creadora de Dios. Por eso refleja también la sabiduría de Dios. La creación, en su amplitud y en la lógica omnicomprensiva de sus leyes, permite vislumbrar algo del Espíritu creador de Dios. Nos invita al temor reverencial. Precisamente quien, como cristiano, cree en el Espíritu creador es consciente de que no podemos usar el mundo y abusar de él y de la materia como si se tratara simplemente de un material para nuestro obrar y querer; es consciente de que debemos considerar la creación como un don que nos ha sido encomendado, no para destruirlo, sino para convertido en el jardín de Dios y así también en un jardín del hombre”.

Y añadía: “Frente a las múltiples formas de abuso de la tierra que constatamos hoy, escuchamos casi el gemido de la creación, del que habla san Pablo (cf Rom 8,22); comenzamos a comprender las palabras del Apóstol, es decir, que la creación espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios, para ser libre y alcanzar su esplendor. Nosotros queremos ser esos hijos de Dios que la creación espera, y podemos serlo, porque en el bautismo el Señor nos ha hecho tales. Sí, la creación y la historia nos esperan; esperan hombres y mujeres que sean de verdad hijos de Dios y actúen en consecuencia.” Y concluye que para ello para ello, con Jesús, Dios salió de su intimidad y vino a nuestro encuentro. “Esto se realiza ante todo en su vida, pasión, muerte y resurrección; en su palabra”.

Al final del capítulo hay un texto muy expresivo: “Os invito a notar cómo el espíritu Santo es el don más alto de Dios al hombre, el testimonio supremo por tanto de su amor por nosotros, un amor que se expresa concretamente como `sí a la vida´ que Dios quiere para cada una de sus criaturas. Este `sí a la vida´ tiene su forma plena en Jesús de Nazaret y en su victoria sobre el mal mediante la redención. A este respecto, nunca olvidemos que el evangelio de Jesús, precisamente en virtud del Espíritu, no se reduce a una mera constatación, sino que quiere ser `Buena noticia para los pobres, libertad para los oprimidos, vista para los ciegos …´. Es lo que se manifestó con vigor el día de Pentecostés, convirtiéndose en gracia y en tarea de la Iglesia para con el mundo, su misión prioritaria”.

En estas líneas sí encuentro algún texto del hasta ahora arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, hoy ya Francisco I, en el reportaje que les ofreceremos el lunes. Por ejemplo, decía el año pasado, el 25 de Mayo: “El relativismo que, con la excusa del respeto de las diferencias, homogeniza en la transgresión y en la demagogia; todo lo permite para no asumir la contrariedad que exige el coraje maduro de sostener valores y principios. El relativismo es, curiosamente, absolutista y totalitario, no permite diferir del propio relativismo, en nada difiere con el `cállese´ o `no te metas´. El poder como ideología única es otra mentira. Si los prejuicios ideológicos deforman la mirada sobre el prójimo y la sociedad según las propias seguridades y miedos, el poder hecho ideología única acentúa el foco persecutorio y prejuicioso de que `todas las posturas son esquemas de poder´ y `todos buscan dominar sobre los otros´. De esta manera se erosiona la confianza social que, como señalé, es raíz y fruto del amor”.

En fin, todo ello me ha recordado también cómo inculcaba san Josemaría la obligación de los cristianos de restaurar todas las realidades creadas, “restablecer la divina concordia de todo lo creado” (nº 65 de “Es Cristo que pasa”). “Hemos de amar el mundo –escribió en el nº 112 del mismo libro-, el trabajo, las realidades humanas. Porque el mundo es bueno; fue el pecado de Adán el que rompió la divina armonía de lo creado, pero Dios Padre ha enviado a su Hijo unigénito para que restableciera esa paz. Para que nosotros, hechos hijos de adopción, pudiéramos liberar a la creación del desorden, reconciliar todas las cosas con Dios.”

Me parece que van más por ahí los tiros, si profundizamos un poco. También lo reflejan, a mi entender, las primeras palabras oficiales de Francisco I, en la homilía de la Misa que reunía en la Capilla Sixtina al nuevo Pontífice y a los 114 cardenales electores, que tanta expectación producía para conocer los propósitos, la voluntad del nuevo Papa: «En el Evangelio incluso Pedro, que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres Cristo, el hijo de Dios vivo. Yo te sigo, pero no hablemos de la Cruz. Es algo que no tiene nada que ver… Te sigo, sin la Cruz. Pero cuando caminamos sin la Cruz, cuando construimos sin la Cruz y cuando confesamos a un Cristo sin la Cruz… no somos discípulos del Señor: somos mundanos; somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor». Finalmente: «Y yo quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor; sí, el valor, de caminar en presencia del Señor, con la Cruz del Señor, de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor que se derramó en la Cruz; y de confesar la única gloria: a Cristo crucificado. Y así, la Iglesia irá hacia delante. Deseo para todos nosotros que el Espíritu Santo y la oración de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo».

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8101/8558935859_ca6671d9b2_b.jpg

P.D. La homilía de inicio de Pontificado del papa Francisco, en la solemnidad de San José, creo ha confirmado sobradamente estas impresiones del primer momento. Recojo el cuerpo principal de la homilía:

“Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.

Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.

Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro.

Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.

Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.

En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.”

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

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