Por Javier Pardo de Santayana

(St. Pauls from the Thames. Acuarela de Edward Wesson)(*)
Lo de que irse de vez en cuando por ahí es algo sano y conveniente es cosa reconocida y avalada por la experiencia y uno de los atractivos del viajar, y no digamos si el destino nos lleva, por decirlo así, al quinto pino. Dicen que el cambio cura incluso los nacionalismos, tenidos por una enfermedad poco menos que incurable que empieza mirándose el ombligo y termina ya saben ustedes cómo: a farolazos. Por eso me permitiré enumerar algunos de los factores de riesgo que evitamos yéndonos a cambiar de aires, sean éstos vientos frescos o tan cálidos como para parir tormentas.
Nos ahorramos, por ejemplo, la matraca de la crisis. Y no es que no la suframos, que si vamos de acá para allá es más o menos directamente por su culpa. Pero bueno; uno se adapta al nuevo ambiente y en vez de echar la llorada procura hacer de la necesidad virtud, con lo cual se ejercita en el camino de la perfección, aprende de esa maestra que es la vida y hasta se divierte de cuando en cuando. Pero, sobre todo, deja de recrearse en la mala suerte y de utilizar ésta para descargar la bilis, que es el deporte nacional español, naturalmente después del fútbol.
Y de ahí viene otra ventaja, que es la de dejar de oír hablar del inevitable señor Mourinho (“morito” en portugués); ese personaje caído del cielo para añadir mordiente al berenjenal hispano por si no fuera suficiente el que nosotros mismos generamos. Y que, además no se mete en política destructiva como otros que yo me sé. O sea que poniendo mar y tierra de por medio con cierta generosidad – a más de ocho mil kilómetros de avión, por ejemplo – nos libramos de implicarnos en el intercambio de garrotazos que diariamente se produce en el ring hispánico y podemos contemplarlo como un gran espectáculo deportivo aparentemente gratuito que bien pudiera ser incluido en el programa olímpico junto a la lucha libre, el boxeo y las arte marciales.
Otra cosa que la distancia nos ahorra – porque hasta aquí llegan muchas cosas, pero claro, con algo de sordina y como envueltas en celofán – son las noticias relativas a la rapiña institucional: noticias sí, pero no “nuevas”; quiero decir no nuevas para unos pagos que saben también de esto. La diferencia es que en el África austral son unos principiantes y se les nota mucho en los niveles inferiores, que a los superiores “se les supone” como se supone el valor a los soldados. Pero en eso nosotros mismos somos duchos según lo oído en estos últimos y azarosos años.
Otra ventaja de andar por esos mundos de Dios es que el objeto de las críticas, cuando no de la indignación, es necesariamente gente extranjera, es decir, almas desconocidas. Ustedes ya me entienden: en realidad los “extranjeros” somos nosotros y bien que se nota, pero a los efectos subjetivos de que hablamos podemos poner todo al revés. Quiero decir que no es lo mismo un bache en Maputo que en Madrid o en Valladolid, o sea que, si para llevar a los nietos a la escuela en una localidad española – fuera ésta ciudad o aldea – tuviéramos que movilizar un poderoso 4X4 y correr el peligro de hundirnos en el lodo, no pasarían dos días sin que las mamás y los papás pusieran el grito en el cielo y reclamaran el inmediato cese del señor alcalde, sobre todo si éste no fuera del partido al que votaron ellos. Pero estando fuera se tiende a ver una situación así con benevolencia porque en el edil no nos vemos a nosotros mismos sino a un señor de otra cultura y con otra historia detrás, mientras que en España le conocemos como si le hubiéramos parido. Y ya sabe usted: cuando odiamos a otro es porque nos odiamos a nosotros mismos.
Natural, dirá usted que sabe mucho de psicología y tal. Mas no lo es tanto: fíjese si no en esos ingleses que no empatizan ni con sus padres, a los que mandan a la residencia incluso antes de que empiecen a chochear, ni con sus hijos, a quienes primero envían a un internado y después a ganarse enseguida la vida por su cuenta. Con lo cual, porque el prójimo les trae literalmente al pairo siempre que no perjudique sus intereses, no les resulta tan fácil el odio como el desprecio, que es lo que más practican. O al menos así nos lo parece.
En cambio nosotros seguimos con la prole en casa hasta los treinta, y cuando se va se nos parte el alma, y en cuanto conocemos a alguien ya queremos que piense como nosotros y hasta que sea forofo de nuestro propio club, porque, si no, a ver como se puede uno entender con él.
Y claro, como no suele ser así, pasamos del amor al odio y se nos revuelve la bilis.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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