Por Carlos de Bustamante

(Iglesia de Chinchón. Acuarela de Francisco Roldán)(*)
Mucho título. Muchos conceptos. Múltiples conclusiones… y poco espacio disponible. Porque hoy las circunstancias lo requieren, aunque sea comprimido, trataré de sacar el jugo que se encierra en cada uno de ellos.
Muchos conceptos, he dicho, pero todos interrelacionados entre sí. Que tomados en el orden que sea-aunque mejor el referido-, no sería el ideal considerarlos aisladamente.
Si uno de nosotros es, por ej., abogado “por vocación”, se debe suponer, que es coherente con las normas de su profesión: defensor, aún del culpable, cuando cumpla con él los derechos que las leyes le otorgan. Defenderá no el delito, sino al ser humano que lo ha cometido; tantas veces con atenuantes que le hacen incluso inocente. Si en el ejercicio de su profesión “vocacional” ha de ejercer de fiscal acusador, con humanidad nunca en contraposición de la justicia, deberá acusar al delincuente con los agravantes a que hubiere lugar y que aumentarían la pena debida a sus acciones delictivas. Si de juez se tratara, es entonces cuando, como bien sabemos, teniendo en cuenta los argumentos del defensor y el fiscal acusador, debe dictar sentencia justa; tan justa e importante como le dicten las leyes justas. Sin odio particular y la debida mesura, pero sin titubeos, “en lo que esté probado”. Insisto: probado.
Podría citar una a una todas las profesiones habidas y por haber. Para que no se sientan sólo aludidos los abogados, les comentaré lo dicho con el ejemplo de otra profesión que, como el sacerdocio (del que ni sé, ni soy quién para tratar), es puramente vocacional. Por antecedentes nunca ocultados, natural mente me refiero a la milicia.
¿Se imaginan qué caricatura de servidor a la Patria sería el militar que, incoherente con su profesión, traicionase con palabras u obras a su Patria y a los suyos incumpliendo, por ej., el juramento a Dios de su compromiso? Más le valiera, haberse dedicado al noble oficio de fontanero. O a la mentada abogacía, ¿no?
Difícil la perfección en cada una de ellas y seguro que imposible alcanzarla por ningún ser humano por sobrado que esté de inteligencia o convencimiento cabal del exacto cumplimiento del deber. Sin embargo y aunque a nadie ningún poder humano o divino le pida cuentas por perfección, sí por el esfuerzo diario en aproximarse a ella con el deseo de conseguirla. Coherencia.
Hay sin embargo, dentro del gran abanico de profesiones, algo que le puede ser común a todas. Mentado lo divino, no que se trate de abogados, militares… católicos, no; sino de profesionales, cualesquiera que sea su carrera u oficio, que, además de fontaneros, comerciantes, políticos, militares…son católicos. Entonces, además de coherencia es perfectamente exigible, dentro de la libertad de las conciencias, que sean “fieles” a esta libre elección. Lo he dicho repetidas veces y no será, s. D. q, ésta la última: no habrá coherencia ni fidelidad si a la entrada del taller, domicilio, juzgado, parlamento, cuartel etc., se deja colgada en el perchero la condición de cristiano como el mono, la toga, el capote o prenda cualquiera de abrigo. Coherencia. Fidelidad.
¿Más…? Pues sí, más. Si no, no lo hubiera puesto en el título.
Dijo perogrullo, que nos ha tocado vivir el tiempo que nos ha tocado. Fácil o difícil, como fáciles o difíciles han sido otros. A cada uno le tocó una “china”. A nadie se le oculta que éstos, de fáciles, ¡nada de nada! Supuesta-si no es mucho suponer-la coherencia y fidelidad, se cae por sí sola la necesaria virtud, entre otras archiconocidas, de la serenidad.
¡Pero oiga, es que nos atacan por todos lados! Pues por eso, ¡hombre!, por eso. ¿Recuerdan…? : “¿Qué mérito tendréis si sólo amáis…?” Bueno, pero es que eso es de nota… Fidelidad. Coherencia. Serenidad. Que falta nos hacen.
Aún resuenan en mis oídos y seguro que también en los de ustedes: “¡No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo! U otras palabras no menos importantes y contundentes: “Ahogad el mal con abundancia de bien”. No necesitan traducción ni interpretaciones. Es pura y sencillamente coherencia, fidelidad y serenidad. Algo más para hacer que para decir… ¿Qué cómo…? Allá cada cual con su “cadacuala” en cada profesión u oficio. Pero nunca con reacciones viscerales incontroladas. Por refranero, he de terminar con lo que dicta la sabiduría popular: “Más se consigue con miel que con hiel”. ¿O no? Suplan, por favor, mis malas explicaderas con sus buenas entendederas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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