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Los nacionalismos y el amor universal

Tres foramontanos en Valladolid 02 Abr 2013 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Castillo Santángelo. Acuarela de Francisco Roldán)(*)

Parece como si saturado el articulista de temas camperos, quisiera adentrarse por terrenos que difieren casi por completo de los argumentos con que suele irrumpir con machacona insistencia en este blog. Pues miren ustedes, puede que la diferencia no sea tan grande. Si les comenté, con anécdotas incluidas labores y trabajos agrícolas que forzosamente se hacen o hicieron sobre el terreno, el cambio de tercio es que “el terreno que ahora piso” es de distinta naturaleza. Durante semanas, el terreno fue uno tan complicado como el referido al cerebro humano, alma y corazón. No sé ustedes, pero se lo aseguro, con el detenido estudio de esta ciencia, tan propia de especialistas, “el articulista” sí sacó algo -mucho- en limpio.

Como la información requerida para el desarrollo de título tan “raro” procede de eminentes personalidades (¿), seguiré sin perder el “norte” de nuestras raíces cristianas. Escribo, pues, de terreno, porque los nacionalismos se refieren nada menos que al terreno patrio de tan candente actualidad con las pretensiones de algunos-no todos- de nuestros muy queridos españoles vascos y catalanes. Nacionalismos, como espero que estimen, tan ligados al amor universal tan propio y probado de los españoles. Centrados, como casi siempre por exceso, les traigo a colación lo referido sobre idéntico tema por su Santidad Pablo VI. En 1964 señaló “como negaciones del amor universal, tres realidades: el nacionalismo, el racismo y el clasismo”.

Puso el dedo en la llaga; pero sin definir- lo que a lo mejor no es preciso- estos conceptos, recurro para aclararlos si fuera necesario para alguno, lo referido al respecto por un teólogo de dudosa teología en cuanto a la de la “liberación” y puede ser, no obstante válido y de claridad meridiana-en parte al menos- en lo que se refiere al tema de hoy:

“La teología –dice don Andrés Torres Queiruga en las revistas Pastoral Misionera y Sal Terrae- no puede aceptar ingenuamente un fenómeno tan cargado de ambigüedades y tentaciones como el nacionalismo. Aleccionado por la experiencia nazi-añade- el teólogo P. Tillich (¡huummmm, protestante luterano) ha llamado la atención sobre su enorme fuerza “demoníaca”(¡haaalaaa!). Y con palabras `parecidas´ (¿)se ha expresado en alguna ocasión el papa Juan Pablo II. `El peligro es la absolutización, que convierte el nacionalismo en orgullo nacionalista fanático, resentido y cerrado. Dicho en otros términos, el riesgo de todos los nacionalismos o regionalismos, reside en sacralizarlos; en divinizarlos; en convertirlos en dioses falsos. En ídolos que exigen adoración, entrega y sacrificios. Y las víctimas sacrificadas a esos dioses, son seres humanos, hijos de Dios y hermanos nuestros´.

“En nombre del evangelio- prosigue ahora don Andrés Torres Queiruga-la teología tiene que negar todo nacionalismo que se absolutiza, convirtiéndose en un valor que se pone por encima de la misma humanidad”.

Prosigue un largo razonamiento que no cabe en este simple comentario de por sí farragoso. Resaltaré, pues, solamente algunos puntos y añadidos importantes en los que desgrana los razonamientos que, en parte insisto, hago míos.

“El nacionalismo se absolutiza cuando se convierte en orgullo regionalista; cuando afirma lo propio simplemente por ser propio, negándose a toda crítica que llega desde fuera. Se absolutiza, cuando tiende a identificar su peculiar modo de ser con lo `universal humano´, aislándose de los demás y cerrándose –o no abriéndose suficientemente- a ese diálogo interhumano, que es la única fuente de progreso real hacia la verdadera humanidad. Tales y parecidas actitudes- prosigue la parrafada- equivalen a una `idolización´ declarada o encubierta del propio pueblo; y lleva imparablemente al desprecio y negación de los demás.

Después de estas ideas madres tan atinadas, concluye el punto de vista evangélico con la conclusión de que `el nacionalismo degenera entonces en una auténtica neurosis colectiva. En ella, suelen enmarañarse el fanatismo, resentimiento u odio más o menos encubierto, pero ciertamente envenenador de la convivencia humana´. La teología- en fin- no puede hacerse cómplice de una tal situación”.

Sigue luego un extenso razonamiento, que por estar fuera del ámbito puramente laico, dejo para que, citada la fuente, sirva a quien corresponda, que no es este blog.

Pensando en España, y esto si nos atañe directamente, las “autonomías privilegiadas –añade- pueden caer en la trampa de aprovechar en su único beneficio de su mayor saber, tener y poder; para con ellos, asegurar o aumentar sus privilegios, desentendiéndose de los demás. Aquí radica, a mi parecer-dice don Andrés Torres Q. – el máximo peligro”.

Leídas atentamente estas opiniones, creo interpretar debidamente, que Queiroga pone en evidencia todo nacionalismo “excluyente”, porque dice: “el odio y el resentimiento se verían potenciados lo indecible por la identificación pasional con el propio grupo étnico. Entonces –opina- este nacionalismo excluyente sería en realidad particularismo”. Yo añadiría: particularismo de constitucionalmente y españolísimamente inaceptable secesionismo.

Aunque pudieran tener algún atisbo de razón, o parte de ella, la afirmación del mismo autor que sigue, tomada de numerosas personalidades, no estoy de completo acuerdo: “O se es cristiano, o se es nacionalista; pero las dos cosas no se pueden ser al mismo tiempo. Ser cristiano y ser nacionalista son dos cosas incompatibles”. (F.J. Laporta, El País, 5 de abril 1999). Opinión de razón dudosa, que me permito expresar no con fundamentos teológicos que ignoro, sino en el más profundo patriotismo y amor a España, del que sí puedo afirmar que algo entiendo.

“En nombre del pueblo (huummmm…) -añade- la teología tiene que negar todo nacionalismo `clasista´, que sirva para consolidar privilegios de clase o sirva de tapadera para encubrir la opresión del hombre por el hombre (huuummm…). Porque también el nacionalismo puede ser pervertido y manipulado por los que tienen el poder y el saber. Entonces, la enorme potencialidad del sentimiento nacional (`nacionalista, digo yo´) acabaría en una nueva forma de opio para el pueblo (huumm…) por los largamente entrenados laboratorios de clases dominantes. El peligro resulta más sensible en aquellas regiones o países (huumm…) donde los valores nacionales (`insisto: nacionalistas´), han rendido o rinden ya dividendos –de dinero, de poder o de prestigio-; no tanto , o más bien poco, allí donde esos valores son patrimonio del pobre y bandera de instancias nacidas precisamente para defenderlos”.

Termino con un ruego que estimo conveniente: como a don Andrés no se le quita la capa “teológica de la liberación”, es, digo, conveniente, tomar los razonamientos sumamente acertados, que los tiene, y entre paréntesis, aquéllos que lleven tal envoltura. Que “háylos”. Si Dios es servido, prefiero volverme al campo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8365/8585912243_a94033b6b2_b.jpg

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