Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Caín en La Razón del pasado día 17 de octubre)(*)
Escribo este artículo el Día del Trabajo. Pienso en lo de los «Días de Esto, y de lo Otro y de lo de Más Allá». Por ejemplo, el «Día del Árbol», en que la gente planta árboles, en el «del Teatro», en que se ofrecen precios especiales a los espectadores, o en el «Día del Libro», cuando, además de animar a la gente a leer y favorecer el negocio editorial, se presentan las últimas novedades bibliográficas. Y, naturalmente, el «Día de los Enamorados» , aquel invento no sé si de Galerías Preciados o de El Corte Inglés; mágica fecha en que los enamorados se enviarán besos y abrazos cariñosos y se obsequiarán mutuamente con regalos empaquetados con cintas rojas. En el colegio de mis nietos la ocasión se sublima transformándola en algo así como el Día del Amor Universal, y también los niños envían corazoncitos rojos a sus papás o simplemente a sus amigos, lo cual está muy bien porque está en línea con el espíritu de la celebración. Todo lo cual parece coherente.
Pero, ¡ay amigo! ¡qué creen ustedes que se hace el Día del Trabajo…. Pues bien, resulta que el día del Trabajo…¡no se trabaja! Y, claro, uno se queda de una pieza y se pregunta algunas cosas. Por ejemplo, si realmente ensalzamos el trabajo propiamente dicho. Porque uno se malicia que, aunque se diga festejarlo, lo que se hace en realidad es odiarlo cordialmente. O sea que «Trabajo» no es la palabra; que lo que los celebrantes desearían sería no trabajar nunca en la vida si esto fuera posible. Así que de glorificación del trabajo, poco, y si hay algo será siempre echando mano de la clásica retórica.
Naturalmente, otra cosa sería si habláramos de empleo. Día del Empleo, sí, claro, porque sería algo así como Día de la Paga, que es la manera de llegar a fin de mes. Y esto tendría ahora más sentido que antes, con tantos millones de parados como andan por ahí buscándolo desesperadamente.
Pero trabajo…¿Han visto ustedes los anuncios de la lotería? Porque casi siempre nos presentan las delicias de ganar el gordo y no dar ya golpe el resto de la vida. Y uno observa que lo que de verdad ansía la gente que «trabaja» es que los puentes sean largos y lleguen las vacaciones cuanto antes.
Se me antoja, incluso, que éste es el espíritu de nuestros muy sindicales líderes; que, en realidad, lo que siempre éstos buscaron fue una buena colocación de por vida; o sea, como casi todo el mundo. La prueba es que en cuanto encuentran la ocasión propicia procuran imitar a los odiosos ricachones flagelándose con las sábanas blancas de los hoteles de cinco estrellas y con suculentas mariscadas. Ahí tienen ustedes, para corroborarlo, a un destacado y vociferante líder madrileño que aceptó gozosamente un puesto de «representante laboral» en uno de los bancos que tanto él acostumbraba denostar, y que no se avergüenza por compaginar sus incendiarios discursos con el cobro de jugosos estipendios.
Qué quieren que les diga; todos lo entendemos porque es la condición humana, pero ¡qué falsas suenan sus palabras tras las pancartas! ¡Y qué fácil debe ser encontrarlas para arremeter contra todo lo que se mueve dándoselas de héroe ante las pantallas de la televisión! Claro que esto de protestar es un negocio como el de Al Gore, que descubrió el «algoritmo» perfecto para hacerse con una fortuna hablando siempre de algo de lo que nadie entiende y que no puede refutarse sin mostrarse antipático y contrario a lo «políticamente correcto»: la mejor fórmula para navegar subvencionado por un mundo mediático sin sufrir rasguño alguno y ganando imagen por añadidura. Desde luego, el trampolín es perfecto: un programa de mañanas y tardes por las calles con liberados, pancartas y pareados vergonzantes, y unas huelgas esmaltadas de sonrojantes coacciones para disfrutar de la sensación de poder; que los ciudadanos que trabajan aguantan sin chistar porque a los matones se les perdona todo: incluso las patadas en la rabadilla a quienes solo pasaban por allí.
Es cierto; uno se pregunta qué ha hecho esa gente para mejorar las cosas como no sea en su propio beneficio. Y no es que no se necesiten unas voces de seguro indispensables; lo que se echa de menos es que éstas sean verdaderamente representativas de lo que dicen representar y no de ideologías de partido. En resumidas cuentas, que se ocupen de lo que les corresponde y no se metan en politiqueos. Que no sean las voces de sus amos. Que se enteren de que ya empezó el siglo XXI y abandonen de una vez las prácticas mafiosas…
Otra cosa sería si realmente tuvieran detrás una mayoría y se preocupasen por los que no cotizan porque no tienen trabajo, pero, amigo, eso sería hablar ya de otra cosa completamente distinta a la de ahora.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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