Por Carlos de Bustamante

(La Sagrada Familia del cordero. Óleo de Rafael Sanzio de Urbino, en el Museo del Prado; pintura.aut.org. 29×21)(*)
No me tuerzan el gesto por, favor, que trataré, simplemente en esta serie de La Dehesa ganadera; más concretamente de las ¿vulgares? ovejas.
Un niño de 3-4 años, pregunta a su madre:
-Mamá , ¿quiénes son los niños del cuadro en nuestro dormitorio?
– El niño Jesús y su primo san Juan Bautista-le contestó su madre Nieves.
-¿Y quién de los dos es el niño Jesús?, volvió a preguntar al tiempo que miraba una vez más con los ojos sin pestañear fijos en el cuadro, como cada noche al acostarse.
-El que tiene a su lado el cordero y da de beber al otro con la concha, contestó al niño boquiabierto. Luego, vinieron una serie de porqués, de los que sólo transcribo alguno para no cansarles con estos prolegómenos.
-¿Y por qué, mamá, está el cordero junto al niño Jesús y no al lado de su primo? , inició la serie de preguntas que omito.
-Porque-titubeó- porque… , bueno, lo sabrás con lo que ahora te cuente.
Sin apartar los ojos de la preciosa obra (copia) del gran Murillo, el niño se dispuso a escuchar lo que imaginaba un cuento de los muchos que su madre acostumbraba a contar a sus hijos antes de rezar al Ángel de la Guarda y dormir:
-Cuando tenía más o menos tu edad-comenzó- vivía en Dueñas; la finca de tus abuelos, mis padres. Un día… visité el aprisco, que es la casita donde duermen las ovejas. Había allí, muchas madres con sus corderos recién nacidos. Corderitos aún más pequeños que el que miras cada noche en el cuadro. Mientras el niño lo contenplaba con más atención aún, su madre prosiguió, intrigante. Mamaban todos calladitos, cada uno de su madre; todos menos uno, el mismo que sin cesar de balar, llamaba desesperadamente a la suya, que no encontraba entre todas las del aprisco.
Con pena de escuchar cómo lloraba… le pregunté a Mauricio el pastor qué le sucedía. Titubeó antes de responder. Pero como le insistí, al fin me dijo: “Es que la suya murió en el parto, porque, además de ser muy grande, la cordera venía en mala postura”.
-Entonces –le pregunté-, ¿no tiene madre que la alimente y cuide?
-Pues no, pero si otra oveja la admite, intentaré que la… , dudó, adopte como suya, me respondió no muy seguro.
Como la corderita, blanca como la nieve, seguía balando (llorando), le dije enseguida:
-Pues si mi madre quiere-le dije- yo mismo podría cuidarla y darle biberón como si fuera un niño. El pastor no me contestó, pero miró a mi padre que en ese momento entraba en el aprisco y miraba la escena tras una telera.
– Si quiere tu mamá-me dijo complacido- por mí no hay inconveniente. Salí corriendo y también conseguí el permiso de tu abuela. Cuando volví al aprisco, Mauricio tenía a Nieves (así llamé a la cordera en cuanto la vi tan blanca) en sus brazos.
-Es que me dijo, no la quiere ninguna oveja. Sin más explicaciones, puso a Nieves en mis brazos. De inmediato dejó de llorar. Supe enseguida que Nieves me tomó por su madre fallecida.
Con leche tibia de otras ovejas, tu abuela me ayudó a preparar el primer biberón. Mientras le hablaba como hablan las madres a sus hijos, yo misma se lo di. Nieves, sin dejar de mover el rabillo, como hacían los demás mientras mamaban, se lo tomó entero. Luego, se quedó dormida en mis brazos mientras le peinaba con cuidado sin dejar de decirle cosas tiernas, como a los niños. Desde entonces, yo sola hice de madre todos los días.
-¿Y también hizo lo mismo Jesús con esa cordera…?, preguntó mientras el niño, rubio como los trigales maduros, contemplaba el cuadro más ensimismado que de costumbre.
-No; no creo, Carlitos (vaya, así se llamaba el niño preguntón), sólo le seguía, como si ÉL fuera Pastor.
Mi madre continuó, el que no era cuento, con detalles de cómo crió y cuidó a Nieves. Detalles que ya no recuerdo, porque me quedé dormido. Sí recuerdo que la historia que hoy escribo no se me borró nunca de la memoria. Y desde entonces, amé todo lo referente a este ganado.
Sólo unos años más tarde, me refirió la tragedia. Cuando Nieves fue mayor, me dijo, la llevaron con las demás ovejas. Pero cada día, Nieves se volvía del campo y entraba en casa para estar conmigo. Como adelgazaba a ojos vistas, y sin por el momento decirme nadie nada-concluyó-, Nieves murió sacrificada, como otras corderas, para alimento humano.
Fue entonces cuando comprendí el porqué de estar el cordero junto a Jesús en el cuadro. Y el porqué también nombrarle como el Cordero de Dios: Jesucristo, que murió sacrificado por y para los hombres. Y es, ¡qué sabias las madres!, cada cosa a su tiempo… Como a su tiempo, y si Dios es servido, continuaré-comenzaré más bien- de cómo desarrollé en la Dehesa ganadera, la afición adquirida desde tan niño.
Como conclusión hoy, les puedo decir, que el ganado ovino, con miles de años de antigüedad, bien podría tener su origen en las regiones del Oriente (“orientalis”) y que sin ser pastor, sino carpintero, Jesús conocía, con experiencia diaria, todo lo referente al oficio, cuidados y guarda de las “ovis orientalis aries”. Conocimientos que utilizó en múltiples ocasiones en las predicaciones y parábolas durante los tres años de Ministerio público. También el relator, en su debido grado, aprendió de los maestros orientales; los que contaban con frecuencia su riqueza en el número de ovejas de los muy cuidados y seleccionados rebaños que poseían. Si me siguen, tal vez comprendan esta afición y sentimientos recibidos desde edad tan temprana.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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