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Mejor calladitos

Tres foramontanos en Valladolid 25 May 2013 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(El Peñón de Gibraltar desde la Línea de la Concepción. Acuarela de Manuel Domínguez Velázquez de Castro, en artelista.com)(*)

No saben ustedes lo bien que me cayó su majestad la Reina de Inglaterra cuando, en un rasgo de fino humor que bordeaba la falta de respeto, hizo un salto virtual en paracaídas para acceder al estadio en la brillante inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. El simple hecho de que la soberana se prestase a ello añadía a su figura el simpático rasgo de una envidiable capacidad para reírse de sí misma en espectacular contraste, no sólo con lo avanzado de su edad, sino, sobre todo, con el ringorrango ceremonial en que aquel país envuelve sus instituciones y sus símbolos.

De ahí mi decepción actual, a no ser, claro está, que también tomara como rasgo de humor su lamentable actuación en la última apertura anual del Parlamento, no por aparecer escoltada por su augusto hijo y por la esposa y antes amante de éste – circunstancia recalcada por la mayor parte de los corresponsales y comentaristas españoles – sino por algo de mayor interés para nosotros como es su apoyo a la autodeterminación de Gibraltar.

Supongo que ustedes comprenderán que la cosa no me hiciera gracia por mucho que, como es sabido, la soberana no hiciera, según la inveterada tradición británica, sino leer un texto del gobierno. ¡Un momento! me dije. ¿Pero cómo se atreve esta señora? Pues si ella representa en cierto modo el alma misma del país, convendrá que se la recuerde que el Peñón fue ocupado con ocasión de un conflicto planteado, no entre España y Gran Bretaña, sino entre quienes apoyaban a uno y otro de los dos candidatos al trono de nuestra nación – el austriaco y el francés. Y que se quedaron con su presa para siempre, con el recochineo adicional de hacerlo pese a haber sido ellos quienes precisamente acabaron siendo perdedores. O sea que, como diría el castizo, se anexionaron Gibraltar aprovechando que el Pisuerga pasaba por Valladolid.

Luego no vendría mal recordarla la cerdada -¿con qué otro nombre, si no, podría referirme a ella? – de aprovechar la generosidad de los españoles con ocasión de una grave epidemia para echar también el istmo a su zurrón; que la cosa tiene tantos bemoles como para justificar una leyenda negra en sentido contrario pero con mayores y más poderosas razones que la que sus predecesores impulsaron contra España. Y esto sin citar las reiteradas e innobles vulneraciones del Tratado de Utrecht. ¿Recuerdan aquello de «sin jurisdicción alguna territorial y sin comunicación alguna abierta con el país circunvecino por parte de tierra»? ¿Y qué me dicen de lo de «impedir la introducción fraudulenta de mercaderías»? ¿Qué me dicen, en fin, de que «si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciese conveniente dar, vender o enajenar de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla»?

Yo tuve ocasión de vivir en Puente Mayorga – o sea a pocos metros del Peñón – en los tiempos de mayor aislamiento, cuando la realidad de la colonia se hacía patente hasta en el día a día; aquellos tiempos en los que el locutor más enconado contra España era un antiguo crítico taurino y los gibraltareños no sabían ni qué hacer para deshacerse de sus coches. Eran, sí, tiempos en los que las autoridades españolas defendían con éxito en la ONU nuestra postura ante el anacronismo viviente de la presencia inglesa. Así que ahora pensé: ¿Cómo se atreverán? ¿Qué pretexto esgrimirán sin atentar contra el orden jurídico internacional? Y no se me ocurriría otro que el latiguillo de que los tiempos han cambiado…

¡Pues vaya si han cambiado! me dije; tanto han cambiado que ahora España y Gran Bretaña son aliados en la Alianza Atlántica y socios en Europa. Es decir, que ha llegado la hora de que Su Majestad británica nos cuente que su Gobierno ha decidido, como mínimo, hacer lo mismo que antes hizo con Hong Kong y con casi todo lo demás… A no ser, claro está, que hayan decidido tratar mejor a un impresentable régimen comunista que a unos socios y aliados europeos tan democráticos como el que más y emparentados incluso por la Corona.

Todas estas reflexiones me llevaron, en fin, a recordar aquella tarde en Chatham House, cuando en el sancta-sanctorum de la política exterior británica se denunció el anacronismo de la indeseable situación de siempre. Claro que entonces se respiraba un ambiente más propicio para que se entendieran estas cosas; la prueba es que, habiéndoseles avisado de antemano, no marcaron línea roja alguna a nuestra intervención. Pero pasado el tiempo todo sigue igual; tan igual que, por lo que puede colegirse, el Gobierno de su graciosa Majestad británica viene de nuevo a tocarnos las narices. Y perdonen ustedes la expresión.

De verdad, yo diría a esa señora que, so pena de quedar como un cochero, mire bien los papeles que la dan a leer. Porque lo que con ellos viene a demostrar a quien la oiga y sepa un poco de la verdadera historia, es que su nación es escasamente leal y fiable; o sea, poco deseable como socio y aliado. Que de muy poco vale su palabra. Y que eso no queda bien por mucho que se adorne con añejos gestos de grandeza.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7282/8745019368_2865d4a61e_z.jpg

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