Por Javier Pardo de Santayana

(Arlequín. Acuarela de Francisco Roldán)(*)
No sé si ya con los ochenta encima me dará tiempo a hacer méritos para ello, pero así a bote pronto les juro que me encantaría ser un referente. Ahora casi todo el mundo acaba por serlo, pero antes ni se sabía qué era eso. Lo que no he hecho todavía es decidir de qué.
Tengo la impresión, incluso, de que lo del referente es un concepto nuevo aunque no lo parezca de tanto que se habla de él. Digo yo que debe ser algo así como lo de la adrenalina, que no la había cuando yo era joven; qué digo yo «cuando era joven» si no la hubo hasta anteayer como quien dice y ahora todo quisqui sueña con tenerla. Fíjense ustedes en qué medida ha llegado a ser ansiada para que hasta haya gente que se tira desde los puentes por sentirla, aunque esto no deje de ser una salvajada bastante estúpida por cierto. Es más, creo que una manía incomprensible como ésta tiene algo que ver con ese «subidón» que no se cae de la boca de los jóvenes y cuyo origen sitúo quizá malévolamente en la funesta moda de los estimulantes; esas sustancias sin ayuda de las cuales parece imposible hacer cosa alguna de provecho. También me parece comparable con lo del «orgasmo», del que los que fueron jóvenes antes de la democracia ni tan siquiera habían oído hablar. Pero como no les pasaba nada por ignorarlo se limitaban a poner cara de haba cuando les explicaban su significado; como si pensaran » macho, lo que nos debemos haber perdido».
Bueno, pues cosa igualmente parecida debe estar ahora pasando con lo del famoso «referente», porque no se deja de oír cosas como ésta: «Fulanito ha sido – o es – un referente para el mundo del jazz, o del tenis…», o de la madre que lo parió. Y aquí estoy yo pensando y pensando en qué demonios podría tener un servidor para, con la cantidad de cosas que ha hecho en sus ochenta años de existencia, llegar a ser un referente de algo. Mas no me angustiaré ni impacientaré por ello, pues ahora caigo en la cuenta de que uno suele ser tenido por tal sobre todo en llegando a la condición de difunto, que es cuando más suele hablarse de ello. O sea que un difunto tiene bastantes más probabilidades de ser referente que un vivo como usted o como yo, y conste que lo de «vivo» no va con segundas.
Parece evidente, en efecto, que la gente se muestra más propicia a admitir que alguien ha destacado en algo cuando éste no se halla en condiciones de estorbar, y si no lo creen fíjense ustedes en las columnas necrológicas de los periódicos y en las cosas que dicen los famosos a la salida de los tanatorios. Les verán, sí, subir a los altares a aquellos a quienes solo minutos antes despellejaban; paladina demostración de que la compasiva naturaleza humana encuentra méritos y virtudes en el prójimo cuando éste ya no se halla en condiciones de defenderse por sí mismo.
El lado malo de la cuestión es que, ahora que lo pienso bien, esta situación me traerá seguramente sin cuidado cuando tan definitiva situación me toque a mí. Y que, por supuesto, ahí está siempre el olvido: esa capacidad del cerebro humano para deshacer el recuerdo como un azucarillo y nutrirse a tope de referentes magníficos, relegando unas veces a éstos a la siempre igualatoria vulgaridad, o sustituyéndoles otras por referentes nuevos que con el tiempo correrán la misma suerte. Yo creo de verdad que si cada vez hay más personajes referentes de esto, de lo otro y de lo de más allá, es porque, como se sabe, las referencias de una época tienden hoy día a ser efímeras de tantas como hay.
Por mi parte, y como quiera que al hilo de estas mis actuales reflexiones he ido llegando a la desalentadora conclusión de que mis méritos nunca alcanzarán el baremo necesario para que alguien me corone como referente de nada, y, por otra parte, el monstruo del olvido no tardará en relegar mis palabras a la más rápida y cruel desaparición del mundo de los vivos, decido libremente renunciar a ello e incorporarlo al bien abastecido capítulo de las vanidades inútiles.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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