Por Javier Pardo de Santayana

(500 metros cúbicos de escombros, obra de la artista zaragozana Lara Almarcegui, que representa a España en la Bienal de Venecia)
Esto le gustará a nuestro amigo Arévalo. Porque la «artista» insiste en que la cosa no tiene que ver con la burbuja del ladrillo, pero mire usted por donde no podemos sustraernos a su evocación. Dice que no; que la idea de presentar en la Bienal de Venecia un edificio ocupado en su totalidad por escombros de la construcción del propio pabellón no responde a esta circunstancia por muy evidente que parezca, sino a una idea de corte más filosófico: que es más bello un descampado que una casa, y en esto le doy enteramente la razón. Tanto, que precisamente por eso me he ido a vivir al campo o a lo más parecido a éste, que es una casa con jardín oteada por los corzos y que da cobijo a los mirlos. Y por eso me voy de cuando en cuando a la Montaña para darme un atracón de arrancar zarzas y plantar pimientos.
Mas de todas formas no veo la necesidad de mostrar tan lógica y laudable preferencia amontonando piedras y otros materiales parecidos. Cierto que unas ruinas pueden ser un fabuloso motivo para el arte, y que éste prefiere recoger la emoción de la vida a reflejar la perfección del hombre. O sea, que «la arruga es bella». Pero de eso a amontonar escombros hay todo un largo camino por recorrer.
¿Se tratará quizá de un «happening»? me dije buscando justificación para el desaguisado. Pero, como su propio nombre indica, un «happening» es algo que está ocurriendo, y aquí lo que tenemos es algo que se supone que ha ocurrido: piedras y más piedras y cemento y ladrillo en polvo como supuesto resultado de un derrumbe o desestructuración a lo Ferrán Adriá que uno no sabe a qué demonios viene si no es porque una señora nos lo dice. Y con tanto realismo, que pone piedras de verdad que, según creo, hasta entorpecen el paso de los ingenuos e improbables visitantes. Porque, sí señores, la cosa se ha hecho para que venga la gente y lo contemple. Y supongo que también para que quede impresionada por la belleza o la profunda emoción del mensaje transmitido.
Digo que aunque me parezca bien que esa señora tenga una obsesión por esta cosa y espere suscitar inmensas emociones con una somera interpretación de su mensaje, creo que lo que debería hacer es decirlo por las buenas, y ya está. Y supongo que habrá quien la responda así: «pues sí, señora, estoy de acuerdo en que las grandes ciudades agobian al personal». Y punto. Yo incluso añadiría que las grandes ciudades suelen ser estéticamente horribles, y que si las echásemos abajo y en su lugar dejásemos un descampado o plantásemos hierba y arbolitos quedaría todo como mucho más mono y sobre todo con mayor sensación de libertad. El problema es que si esa señora se tomara al pie de letra su propio mensaje, y nosotros también nos lo tomásemos en serio, quizá tuviéramos que echar abajo su habitáculo y dejarla a la intemperie en mitad de un descampado. Pero claro, en invierno pasaría un frío pelón, y si se pusiera a diluviar no sé si no cambiaría de opinión. Pero ella no tendría toda la culpa, que a quien se le ocurrió tomarla en serio fue al comisario que, entusiasmado por tan brillante idea , la eligió para representarnos convenciendo también a la administración, pues la gracia nos ha costado unos 400.000 euros, o sea todo un dineral que habrá que apoquinar por el servicio del tractor y el alquiler del material, supongo. Por cierto, no creo que usted haya siquiera acariciado la obra, que esto es quizá lo más surrealista que la encuentro: que se nos presenta una supuesta obra que no fue tocada por su autora.
Así que me pregunto quién puede estar interesado por irse a Venecia con tal perspectiva si no es para pasear en góndola y oír cantar el «Sole mío». No veo, efectivamente, gracia alguna en pagar viaje y alojamiento por contemplar unos montones de material de construcción y recibir la inane explicación de que esto lo ha ideado una señora para mostrarnos que está muy fastidiada por lo fea que es la construcción y el agobio que uno sufre con tanta casa como hay en la ciudad; razonamiento asaz estúpido a la hora de justificar un dispendio como éste ahora que sufrimos una importante crisis. Y sobre todo por ser un «arte» tan tontorrón y efímero que luego se desmontará y devolverá a su origen por su imposible venta a sujeto público o privado, pues ni cabe en el salón ni hay esperanza de que lo adquiera el museo Reina Sofía; que a ver quien es el chulo que le quita el polvo.
Así que se me ocurre regalarlo al movimiento de los indignados, que estarán muy en la línea de la artista y sabrán dar a aquel montón de piedras la utilidad que ustedes imaginan.
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