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Rincones con fantasma. 7. El convento de Santa Catalina

Tres foramontanos en Valladolid 06 Jun 2013 - 07:26 CET
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Por José María Arévalo

(Convento de Santa Catalina; foto de P. Requejo en elmundo.es publicada en Vallisoletvm)(*)

Continuamos el capítulo “San Agustín, Santa Catalina y Santa Isabel” del recorrido por el Valladolid perdido que sigue el libro de Juan Carlos Urueña Paredes “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, en la edición que publicó El Ayuntamiento de Valladolid en el año 2006, que estamos siguiendo. De los conventos de Santa Catalina y Santa Isabel no incluye Urueña ninguna reconstrucción fotográfica, ya que se conservan en la actualidad, y únicamente les dedica unas líneas, con anécdota incluida en cada uno. Nos ha parecido conveniente, sin embargo, añadir fotos y textos que, como en artículos anteriores, hemos obtenido de vallisoletvm.blogspot.com.es, especialmente del convento de Santa Catalina, al que nos referimos hoy, que en un futuro no muy lejano puede sufrir importantes modificaciones, ya que las monjas se trasladaron hace pocos años y el Ayuntamiento ha autorizado su conversión en establecimiento hotelero o similar, y se está planteando qué hacer con los restos de Juan de Juni que en su iglesia reposan. De modo que este convento, al menos en su fisonomía actual, puede pasar a formar parte del “Valladolid desaparecido” al que nos estamos dedicando.

(El convento de Santa Catalina según el plano de Bentura Seco de 1738, publicado en Vallisoletvm)(*)

Efectivamente, el convento y nuestro gran imaginero han sido actualidad estos días en la prensa, con motivo del traslado a Salamanca – fusionada su comunidad con la de Nuestra Señora de la Consolación de Salamanca, popularmente conocido como las Dueñas- de las once monjas dominicas que hasta 2009 habitaron este monasterio de la calle Santo Domingo de Guzmán. “Obligadas –decía El Norte de Castilla el pasado 7 de Mayo- a dejar la que fue su casa por la imposibilidad de mantener una abadía que alberga tesoros, aunque parte de ellos hayan sido ya trasladados a San Pablo para evitar su deterioro. El Ayuntamiento de Valladolid está dispuesto, al menos, a recuperar los restos del imaginero Juan de Juni, enterrados en la iglesia del convento, y trasladarlos al Panteón de los Ilustres del cementerio de El Carmen”.

El gran escultor manierista que falleció en Valladolid el 10 de abril de 1577 y que vivió en nuestra ciudad más de treinta años, está enterrado bajo la tarima de la iglesia del convento de Santa Catalina, debajo de un escudo situado junto al púlpito, según se recoge en el libro de enterramiento del templo. Cuenta el mismo periódico que “al parecer, junto a su tumba se encontrarían las de dos de sus tres esposas y la de una hija, por lo que las tareas de identificación serían laboriosas si finalmente el Ayuntamiento opta por llevar a cabo la exhumación”.

Pero entremos ya en la historia del convento, de la mano de Juan Carlos Urueña. “El monasterio de santa Catalina, ubicado en uno de los rincones que más sabor antiguo tiene de Valladolid, alberga muchas obras de arte de estimación. Allí está enterrado Juan de Juni. Existe una sencilla leyenda sobre el origen del monasterio, según la cual D.ª María Manrique, su fundadora, tuvo graves problemas con sus hijos que se oponían fuertemente a su deseo, según Antolinez con tal vehemencia que uno de ellos… «…tuvo intento de matar a la madre. Habiendo sabido ella tan loca determinación, dejó su lugar y se vino a Valladolid, enderezando su viaje por la villa de San Cebrián de Mazote, y aportó en un convento de monjas que tiene el lugar, que es de la orden de santo Domingo. Cuando llegó, estaba la priora haciendo oración a una imagen de un Cristo Crucificado, el cual la dijo: Abre la puerta a la señora de la Mota, que viene huyendo de su hijo. Y desde entonces quedó el crucifijo con la boca abierta.»

(Claustro del convento de Santa Catalina) (*)

Pero Urueña nada más dice a cerca de tan importante convento, así que recurrimos a Vallisoletvm –que por cierto escribíamos hasta ahora con “u” en vez de “v” en la última sílaba, pensando era solo distinción para su nombre digital- que en su recopilación de artículos de Marzo/Septiembre 2011, incluye uno sobre nuestro convento de Santa Catalina, citando como fuente el texto de Juan José Martín González y Francisco Javier de la Plaza Santiago, “Monumentos Religiosos de la ciudad de Valladolid (Parte Segunda)”.

“Promovió la fundación de este convento doña María Manrique, viuda de don Manuel de Benavides, señor de la Mota de Toro. El Libro Becerro, conservado en el convento y los Estudios de Martí y Monsó, constituyen la más sólida información sobre el historial del mismo. Los hijos de doña María pusieron muchas dificultades a su deseo de fundar, cosa que no pudo llevar personalmente a cabo, pero que acometió su hija doña Elvira de Benavides y Manrique, que fue la primera priora.

El convento se denominó de Santa Catalina de Sena y fue colocado bajo la orden dominicana. A requerimiento de doña Elvira, el Papa Inocencio Octavo otorgó en 1488 una bula, autorizando la construcción de “la iglesia, claustro, refectorio y dormitorio”, que disponía de huerta para cultivo de hortalizas y dependencias complementarias. El convento se levantó en unas casas que fueron de don Luis de Velasco, obispo de León.

Doña María Manrique hizo testamento en 1483. Su lápida se halla en el convento y fue leída por Martí y Monsó, lo mismo que la de su hija Elvira. En distintos puntos del patio figuran escudos de la familia fundadora, con los timbres de Manrique y Rojas (cinco estrellas).

( Huerta del convento de Santa Catalina) (*)

Otro acontecimiento reseñable es el enterramiento del escultor Juan de Juni, cosa que deja dispuesta en su testamento de ocho de abril de 1577. En un libro de “Inscripciones de las lápidas que se conservan en el pavimento de la iglesia”, del archivo del convento, consta que con Juan de Juni están enterradas Ana María de Aguirre, segunda mujer del escultor, y María de Mendoza, tercera mujer, y una hija llamada Ana María. Estas lápidas están ocultas por el actual entarimado, pero la sepultura, que era propia de Juan de Juni, sabemos se halla cerca del Crucifijo de la Iglesia.

Compró sitio en la iglesia para edificar capilla y enterrarse don Juan Acacio Soriano, abogado que fue en la Real Audiencia y Chancillería. Hizo testamento el 21 de abril de 1598 y falleció el día 23 del mismo mes. Era hijo del Doctor don Jerónimo Soriano, natural del reino de Aragón, y apadrinó a una joven de nombre María Magdalena, la cual profesó en el convento. Dejó para el convento paños de tapicería, candeleros, vinajeras, jarros y otros objetos de plata de culto.

En 1602 doña María de Castro otorgó una escritura de contrato, adquiriendo la capilla mayor de la iglesia para sepultura suya y de su familia. Era viuda de don Andrés Cabeza de Vaca, caballero del hábito de Santiago y señor de Villamete. En 25 de febrero de 1603 hacía testamento ordenando que la sepultaran en el convento de San Agustín, lo que contradecía su concierto con el convento de Santa Catalina. Dejó por testamento al Conde de Nieva, el cual arregló las diferencias sobre el patronato surgidas entre los conventos de San Agustín y Santa Catalina, quedando elegido éste para tal fin.

El 30 de abril de 1604, en consecuencia de ello, dicho conde de Nieva se concertó con el arquitecto Pedro de Mazuecos para hacer la capilla mayor y entierros de la familia Cabeza de Vaca y María de Castro en el convento de Santa Catalina. Mazuecos redactó las condiciones, las cuales suponían el derribo de toda la capilla mayor de la iglesia.

Habrían de fabricarse cuatro arcos triunfales (los que se requieren para la cúpula), dos entierros de piedra de Navares. En 1607, ya concluida la obra, se trasladaron los restos de ambos esposos, siendo colocados en la cripta que hay bajo el presbiterio. Los bultos funerarios fueron realizados por el escultor Pedro de la Cuadra, según escritura de 27 de abril de 1607.

El edificio se encuentra situado en la actual calle de Santo Domingo de Guzmán. En julio del año 2009 las monjas abandonaron este edificio y se trasladaron al convento del Corpus Christi, en la calle Prado de la Magdalena, de la misma orden religiosa. Al parecer, problemas con las termitas y la magnitud del monasterio para una congregación tan pequeña, provocó el abandono definitivo de las religiosas. El Ayuntamiento ha dado su conformidad para que el convento de Santa Catalina de Siena pueda convertirse en un futuro en un hotel o incluso un parador nacional”.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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