Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Las Edades del Hombre, en Arévalo

Tres foramontanos en Valladolid 09 Jun 2013 - 07:40 CET
Archivado en:

Por José María Arévalo

(El Cristo Yacente de Gregorio Fernández, de la catedral de Segovia, en las Edades del Hombre de Arévalo)(*)

Tenía muchas ganas de ver las nuevas Edades del Hombre de Arévalo, villa que me encanta y no solo por mi apellido. Mi padre me contó allí muchas veces cómo le llevaba mi abuelo -que era un agricultor estudioso de los cultivos apropiados para las tierras castellanas, incluso dio una conferencia en Madrid con sus experiencias-, en tartana desde Carbonero el Mayor, a la famosa feria de Arévalo, como otras veces le llevaba a las de Valladolid. Así que me apunté a la excursión que nos montó la asociación de mandos superiores jubilados de la Renault dos días después de que fueran inauguradas por la infanta Elena, el martes 28 de Mayo. El problema de ir tan pronto es que no todo está a punto; por ejemplo cuando esto escribo, y han pasado un par de semanas, todavía no funciona el microsite en la web de Las Edades, ni estaba impreso el folleto habitual con la relación de obras expuestas, solo te ofrecían el catálogo completo a 43 euros, que no me llevé pensando en los medios digitales. No les puedo, así, dar cuenta detallada como en anteriores ediciones de las Edades, lo dejaré para más adelante, que da para mucho esta exposición.

Hay que aprovechar para ver muchas cosas en Arévalo, por ejemplo la maravillosa talla de San Francisco de Asis, de Gregorio Fernández, de 1625, en la iglesia de Santo Domingo de Silos, en la cabecera de la plaza del Mercado, con una expresividad enorme a pesar –o quizá por ello- de que tiene los ojos cerrados. Y, al lado contrario, un poco más allá, el retablo hispano flamenco de la iglesia de San Miguel, de Marcos de Pinilla, también llamado “El maestro de Arévalo”, de 1507. Y acercarse a la vecina Madrigal de las Altas Torres, como hicimos y ya les comentaré otro día. Pero volvamos con las Edades, que pueden ver hasta el 3 de noviembre, decimoctava muestra con la que se cumple el 25 aniversario de la creación de la Fundación Las Edades del Hombre y de la primera exposición que se realizó en Valladolid. En «Credo» se exponen un total de 92 piezas en las que se encuentran obras de Goya, El Greco, Gregorio Fernández, Juan de Juni, Pedro Berruguete, Alejo de Bahía o Luis Salvador Carmona.

Como en ediciones anteriores, en el Monasterio de Santa María de Valbuena, en Valladolid, se han restaurado previamente a su exposición en las Edades, muchas obras de arte, asegurando su conservación y devolviéndolas su esencia original. Por el taller del monasterio vallisoletano de Santa María de Valbuena han pasado una decena de las que conforman la exposición de Arévalo, entre ellas “La Transfiguración” de Luis Bolduque, “El descenso a los infiernos” del maestro de Frómista, ambas palentinas, “la expulsión del paraíso” del Maestro de Pozuelo y “la creación de Eva” de Manuel Álvarez y Juan Ortiz. Pero sobre todo me ha impresionado el nuevo porte, extraordinario, del apostolado del museo de la Catedral de Valladolid, del conquense Cristóbal García Salmerón (1603-c. 1666), por el que hace años había pasado sin darle mayor importancia. Son tablas de los Apóstoles sosteniendo párrafos del Credo, ahora de una fuerza extraordinaria. En el museo vallisoletano se encontraban en la Sala Capitular, próximo al Cristo de Gregorio Fernández que preside la sala y como que la llena toda.

La exposición comienza en la iglesia de Santa María la Mayor, en la Plaza de la Villa, con el capítulo «Creo», donde te ofrecen de entrada una proyección en tres pantallas que rodean al visitante. El video tiene sin duda una impecable factura, con efectos magníficos de luz y sonido sobre las fuerzas de la naturaleza, pero, sinceramente, no añade nada. Me dediqué a contemplar, durante los diez minutos de la proyección, el impresionante Pantocrator que tiene la capilla en los muros de la cabecera, de las pocas pinturas góticas que se conservan por estas tierras. Se trata de un Pantocrátor del XIV, rodeado de mandorla, con la Jerusalén Celeste en los pies; bendice con la diestra y sostiene con la mano izquierda una esfera que alude al universo, coronada por una cruz. En una de las recensiones que he encontrado –a falta del tan deseado microsite de las Edades-, haciendo caso omiso a este maravilloso mural, se dice que “lo primero que se observa es la capilla mayor con los rostros antiguos que figuran en el cartel anunciador de la exposición”, que precisamente han colocado (sin respeto ninguno por la pintura gótica) bajo el Pantocrator. Como algunos de los rostros son reproducciones románicas, te entran dudas sobre si el mural del Pantocrator es una reproducción también de las Edades. Pues no, lo he comprobado en Wikipedia. Bueno, la verdad es que el conjunto queda armonioso.

Lo más llamativo de este primer espacio es el artesonado del sotocoro, y «Fragmentos del Credo Epigráfico», en piedra caliza y del siglo VII, procedente del Museo de los Concilios de Toledo y de la Cultura Visigoda. Tras lo cual, salimos de la iglesia y atravesamos la bellísima plaza castellana antigua que conserva Arévalo, porticada, declarada conjunto Histórico-Artístico, para entrar en la iglesia de San Martín, que acoge el capítulo «Creo en Dios», en el que se ha incluido una pequeña referencia a las demás religiones monoteístas, judaísmo, islam, budismo, sintoísmo e hinduismo, con un «Buda. El Iluminado», anónimo de la Dinastía Ming del abulense Museo de Arte Oriental, y un óleo realizado para la exposición por Daniel Quintero, «Rabino estudiando Torá».

En este segundo templo vemos de entrada una pila bautismal, de la Catedral de Ávila, cuyo pie y exedra pertenece a Vasco de la Zarza, escultor renacentista cuya actividad está documentada entre 1508 y 1524, y trabajó sobre todo para la catedral de Ávila y conventos de la misma ciudad, aunque realizó también obras en Ampudia, Cuellar, Olmedo y Toledo.. Después, piezas magníficas de Alejo de Vahía, Juan Bordes, Luca Giordano, Luis Salvador Carmona y Alonso de Madrigal «El Tostado». En el atrio del templo se encuentran las esculturas de Venancio Blanco dedicadas a San Pedro de Alcántara, Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

El tercer recinto, el que más obras recoge, es la iglesia de El Salvador, donde se ven los capítulos «Creo en Jesucristo» y «Creo en el Espíritu Santo», además del epílogo. Entre las obras que incluye destacan una «Anunciación» de El Greco, el «Bautismo de Cristo», de Francisco de Goya, uno de sus pocos cuadros de temática religiosa, el yacente de Gregorio Fernández que ahora comentaremos, un «Cristo resucitado» del gran manierista Juan de Juni, y un calvario o descendimiento –de nuevo echo de menos el microsite- de este mismo autor, en el que maravilla la modificación que realizó de la perspectiva habitual para esta talla que está colocada normalmente en lo alto de un retablo.

El «Cristo yacente» de Gregorio Fernández es el de la catedral de Segovia, con el que me ha pasado como con las tablas recién restauradas de la catedral de Valladolid que les he comentado, enorme asombro, en este caso porque nunca había visto así iluminada la bellísima talla de “la gubia del Barroco”, que normalmente está en penumbra. Mientras que su Yacente de nuestro Museo Nacional de Escultura es un prodigio de síntesis dentro de la representación tan realista que caracteriza al gran maestro, este de la catedral de Segovia destaca por su detallada exposición de toda la anatomía humana, es un Yacente muy perfilado, aun no siendo tan barroco como, por ejemplo, el de El Pardo. Sigo apreciando más aquella sobriedad del nuestro, pero reconozco que éste, más llamativo, más preciosista, es una representación verdaderamente increíble precisamente por lo realista.

Como siempre, acostumbrado a las obras manieristas y barrocas de nuestros grandes escultores, lo que quizá más me impresionó fueron las muchas obras de los primitivos castellanos que, sacadas de oscuras iglesias de pueblecitos perdidos, las Edades, tamién ésta, nos ofrecen. Así el gran «Juicio final», de un maestro anónimo hispanoflamenco del siglo XVI, que aparece en esta última iglesia de la exposición, un enorme mural con figuras expresivísimas de almas sufriendo, santos, clero y pueblo con esos rostros tomados de los hombres y mujeres del campo, los castellanos de la época. Un cuadro en la transición del gótico a la pintura renacentista, de Pedro de Berruguete (Paredes de Nava, Palencia, 1450 – 1503) padre de nuestro gran imaginero Alonso de Berruguete, cierra brillantemente la exposición.

Las obras de contemporáneos, que últimamente incorporan las Edades, desde la de Salamanca, creo, no me han gustado tanto como en Las Edades de Medina de Risoseco y Medina del Campo. Dos obras se han hecho expresamente para la exposición, el «Rabino estudiando Torá», de Daniel Quintero, que ya les he mencionado, y el cuadro de Carmen Laffón «Cielo», situado éste al final de la muestra. Junto a ellos, obras de Antonio Oteiza, Daniel Quintero, Juan Bordés, Pablo Gargayo o Eduardo Palacios, autor del cartel de la muestra. La escultura “Carmen dormida” de Antonio López, me pasó desapercibida; como siempre, hubiera preferido un cuadro de los suyos. A la salida de la iglesia de Santa María, como ya hems comentado, se ha creado un parque de esculturas al aire libre que representa a ilustres abulenses como son Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y San Pedro de Alcántara, obras todas del salmantino Venancio Blanco.

Para terminar, recojo algunos párrafos del muy inspirado mensaje que ha publicado, especialmente dirigido a los abulenses, su obispo don Jesús García Burillo, que después de comentar la coincidencia del título de la muestra, “Credo”, dentro de este Año de la fe que estamos viviendo, se refiere a la belleza como camino que nos lleva a Dios, “La via pulchritudinis” como titula el mensaje, la vía de la belleza, que en más de una ocasión hemos comentado en estas páginas.

Tras afirmar que ve hoy signos crecientes de esperanza, porque en el corazón del hombre sigue latente la búsqueda de Dios, señala: “La via pulchritudinis se presenta como un itinerario privilegiado tanto para los que viven y expresan su fe, como para aquellos que no la tienen pero se dejan mover interiormente por la belleza. Partiendo de la experiencia sencilla del encuentro con lo bello -que suscita la admiración, el asombro, la contemplación-, la vía de la belleza puede abrir el camino a la búsqueda de Dios y orientarla. Asimismo, es capaz de disponer el corazón y el espíritu para el encuentro con Cristo, que es la Hermosura, que es la Santidad encarnada y ofrecida por Dios a los hombres para su salvación. Esta Hermosura invita a los buscadores insaciables del amor, la bondad, la verdad y lo bello, a elevar el corazón a la Belleza eterna y a descubrir al Dios Santo, al autor de toda belleza.

La belleza está íntimamente unida a la verdad, la bondad y el amor. Lo bello no puede ser reducido al simple placer de los sentidos: esto sería despojarlo de su valor supremo, trascendente. Aunque, siempre dependiente de la subjetividad humana que puede reducirla a un esteticismo efímero, la belleza tiene esa capacidad de abrir lo más íntimo y profundo del corazón humano. La via pulchritudinis nos propone la belleza como medio que permite transmitir la fe, gracias a su capacidad de tocar el corazón de las personas y de expresar el misterio de Dios.

La via pulchritudinis es, en el fondo, una vía de la verdad (veritas), camino por el cual el hombre llega a descubrir la bondad (bonitas) de Dios, fuente de belleza, verdad y bondad. La belleza irradia un cierto poder de atracción; es una epifanía, y se manifiesta expresando una claridad interna. La belleza indica una cierta armonía, integridad y perfección, expresa lo deseable, el esplendor y la búsqueda de una perfección que se manifiesta. Por eso, dice Santo Tomás, que la belleza presenta una cierta similitud con lo que es el propio Hijo.”

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7434/8938066898_64612dcb66_o.jpg

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

Más en Tres foramontanos en Valladolid

Mobile Version Powered by