Por Javier Pardo de Santayana

(Canal. Acuarela de J. M. Arévalo)(*)
Una vez más – fin de semana – despierto con los sonidos de una emisora que transmite un programa caracterizado por un buenismo de seguro bien intencionado pero transido de ideología. Hablan del agua, uno de los grandes problemas con los que hoy en día se enfrenta nuestra sufrida Humanidad. Buen tema, porque el asunto es sin duda interesante. En él confluyen multitud de factores importantes: aumento de la población, cambio climático, desigualdades sociales, estrategias, fronteras, posibilidades técnicas, etc, etc.
El tono es lastimero. Y a poco de empezar oigo decir que el suministro de agua es un «derecho». Así que ahí me paro para hacer algunas consideraciones al respecto.
Imaginemos que alguien se va a vivir al desierto de Atacama, es decir a la región más seca del planeta. Pues, si le será difícil obtener el «líquido elemento», tan difícil o más será encontrar un culpable de que tal cosa ocurra, porque la naturaleza es así y no hay más cáscaras. Ya se sabe lo que es un desierto; yo los conozco bien porque los he vivido tanto en el Sáhara como en Nuevo Méjico.
Hubo un tiempo – el de las grandes migraciones – en los que la población humana se trasladaba de un lado a otro del planeta en busca de asentamientos donde encontrar condiciones que la permitieran subsistir o la ofrecieran mejores perspectivas de vida. Y aún estamos en ello, ya que ahora, por razones de crisis económica, hemos entrado en otro proceso parecido. Pero esto no exige que vayamos a encontrar un odioso culpable de las incomodidades que con tal motivo habremos de experimentar.
A mí, por el contrario, me asombra el esfuerzo del hombre por hacer llegar este elemento al mayor número posible de ciudadanos y el éxito obtenido. Contempla uno cualquier gran ciudad y se asombra de que los miles – a veces millones – de almas que allí viven puedan sencillamente abrir un grifo para disponer de agua potable en cantidad. Y evacuar sin mal olor todas las toneladas de detritus que diariamente se producen. Y tantas cosas más…
Pero hoy parece ser ley de vida el protestar de todo y endosar a alguien la culpa de cualquier limitación o inconveniente. Criticaban los participantes en el programa la privatización de la gestión del agua, que según alguno de ellos debería volver a los ayuntamientos. Y no me cierro en banda a la posible conveniencia de este cambio. Pero uno sabe que los ayuntamientos andan con problemas hasta para pagar a sus proveedores, así que – digo yo – difícilmente podrán cumplir con tal obligación. Desde luego sabemos como funcionaba el modelo estatalista. Concretamente, en Rumanía – que visité en dos ocasiones y donde circulaban multitud de chascarrillos de la época de Ceacescu – recomendaban abrigarse bien al salir a la calle en pleno invierno porque uno podía coger un buen trancazo al pasar junto a una ventana abierta. Lo cual da idea de la dudosa eficacia de la calefacción centralizada por un estado «Gran Hermano». Supongo que de un servicio de esa calidad pocos supervivientes de nuestra Sociedad del Bienestar podrían mostrarse satisfechos por mucho que comulguen ideológicamente con el tirano. Incluidos, naturalmente, «los indignados», a quienes alguno de los comentaristas del programa de radio aludió como posibles inductores de un deseable cambio.
Pienso yo que las distorsiones de la sociedad del «todo gratis», a la que tan fácilmente nos llegamos a acostumbrar, nos hicieron olvidar bastantes cosas esenciales; por ejemplo, nuestra condición de terrícolas, o sea de criaturas que habitan sobre la superficie de un planeta: el tercero por proximidad a una determinada estrella de una galaxia también determinada. Y que tendemos a retrotraernos a una visión bastante parecida a la de aquellos tiempos en que creíamos en una Tierra plana; cuando el hombre – y la mujer, claro está, no se me enfaden – creía hallarse sobre una estable base a modo de peana y en un escenario que le pertenecía por entero.
Así que hablar de derechos en nuestras circunstancias y sobre algo que no nos pertenece me parece algo inútil y desenfocado. Hagamos, sí, el mayor esfuerzo por organizarnos cuanto más mejor ante los generosos y al mismo tiempo limitados recursos que la naturaleza nos ofrece, y analicemos todo lo que haya que analizar para acercar el agua a todos y cada uno de los habitantes del planeta. Esfuerzo en el que, por cierto, ya hemos dado considerables pasos, puesto que hay reuniones internacionales de ámbito mundial, instituciones, estudios, presupuestos y toda clase de mecanismos orientados en el sentido de intentar mejorar el sistema y acercar el suministro a la mayor parte de la población. Aunque también habrá intereses de por medio que enredarán más o menos la cuestión esencial e incluso algún grado de ceguera y de intención aviesa, que de todo habrá sin duda.
Mas todo esto es normal, porque el problema es enormemente complicado. Así que no caigamos una vez más en el error de ponernos estupendos metiendo los derechos de por medio para buscar culpables, que esto es perder la perspectiva de las cosas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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