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Pissarro en el Thyssen

Tres foramontanos en Valladolid 23 Jun 2013 - 07:20 CET
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Por José María Arévalo

(Camino. Óleo de Pissarro en la actual exposición del Thyssen-Bornemisza )(*)

Como el Thyssen-Bornemisza acaba de inaugurar, el pasado 4 de junio, la primera exposición monográfica dedicada en España al paisajista impresionista Camille Pissarro (1830-1903), el grupo de los que salimos al campo a pintar -llamado por la prensa, como ya les conté “El club de la acuarela errante”-, nos hemos apresurado a disfrutarla, aunque la exposición se va a mantener hasta el 15 de septiembre. Esta muestra, que incluye casi 80 obras suyas, dicen los organizadores que busca “restaurar su reputación”, ya que se trata de uno de los grandes pioneros del arte moderno, figura fundamental del Impresionismo –fue redactor de su carta fundacional y el único que participó, de 1874 a 1886, en las ocho exposiciones impresionistas– y que, sin embargo, quedó eclipsado por la gran popularidad de sus amigos y compañeros, principalmente Claude Monet.

Habíamos visto algunos de sus cuadros en las últimas exposiciones sobre los impresionistas – aparte los que tuvieron la ocasión de verlos antaño en los museos parisinos-, tanto en el mismo Thyssen como en la Fundación Mapfre, sobre todo en ésta, que nos ha conseguido la colección del Musée d’Orsay en dos muestras, la inaugurada en enero de 2010, y la recién clausurada, el 5 de mayo, con el desarrollo del final del impresionismo. De todas dimos ya buena cuenta, y el artículo sobre esa última lo ilustrábamos precisamente con un cuadro de Pissarro, “Joven campesina haciendo fuego”, de su época puntillista, que me gustó mucho y reproducimos ahora de nuevo.

(Louveciennes, neige. Pisarro en la actual exposición del Thyssen)(*)

Uno del grupo nos pasó más de cien fotos de cuadros de Pissarro que encontró estos días en la red, para ir preparados. Así que nos fuimos a la muestra del Thyssen muy favorablemente dispuestos, y con muchas ganas de aprender. Sin embargo, nuestra impresión a la salida de la exposición, siento decirlo, no era buena. Habíamos encontrado, salvo en tres o cuatro cuadros, un Pissarro poco impresionista, con demasiadas pinceladitas en sus paisajes (con malos resultados, con lo bien que trabajó después el “puntillismo”), y con poco contraste y luminosidad. O sea que tan amplia exposición en lugar de mejorar nuestra opinión sobre la pintura de Pissarro, la ha empeorado.

Lo peor para mi gusto, es que, mientras todos los demás impresionistas te dejan asombrado ya sea por su originalidad, su color o sus luces, su composición o su particular interpretación de la realidad, los cuadros de Pissarro, salvo alguno aislado, resultan monocromos, de un clasicismo que solo se rompe por los defectos técnicos, como los miles de pinceladas con que describe los árboles o los matorrales sin conseguir un resultado creíble. Solo en tres o cuatro cuadros de la exposición utiliza simples manchas para representar una pradera y sus sombras, sin entrar en detalles, con cierta síntesis, o intensifica la fuerza de las sombras dando el oportuno relieve; pero incluso de éstos no puede decirse más que son correctos, aceptables, pero nada extraordinario. De las pinceladitas se salva su utilización para reflejar al público en un puerto o en un boulevard, con las que realmente consigue efectos aceptables. Mientras te asombras ante cuadros como los de los pavos de Monet, o la deconstrucción en formas y colores de Van Gogh, o la perfección técnica de Manet, la potencia colorista de Gauguin, etc., etc., no hay una sola obra de Pissarro en esta gran exposición del Thyssen que pueda considerarse notable.

“En ellos se oyen las voces profundas de la tierra, se adivina la vida poderosa de los árboles”, te dicen que escribió de sus cuadros Émile Zola. Pero a mi no me han producido los árboles de esta exposición la sensación de encontrarme ante un maestro, como lo fuera Corot pintando árboles. Pero vamos a ser positivos y buscarle algún sentido a su aportación.

Te cuentan en la muestra que su amigo Cézanne le llamó “humilde y colosal”, y que declaraba sobre él: “[…] todos venimos quizá de Pissarro. Tuvo la suerte de nacer en las Antillas, donde aprendió el dibujo sin maestro. Me lo ha contado él mismo. En 1865 eliminaba ya el negro, el betún, la tierra de Siena y los ocres. Es un hecho. ‘Pinta sólo con los tres colores primarios y sus derivados inmediatos’, me decía. Así que, Pissarro es el primer impresionista”. Quizá sea ésta, pues, su principal aportación. Pero justo en los paisajes de praderas en que les decía consigue una buena síntesis, ví unos siena tostados muy cálidos y agradables a la vista.

(Joven campesina haciendo fuego. Escarcha blanca. 1887-1888. Óleo de Camille Pissarro, en la exposición de Mapfre Recoletos “Impresionistas, postimpresionistas y el nacimiento del arte moderno. Obras Maestras del Musée d’Orsay” que ha permanecido hasta el 5 de Mayo. 93 x 92,5)(*)

El paisaje, género que domina en su producción, centra el recorrido de la muestra, visitando cronológicamente los lugares donde residió y pintó: pueblos como Louveciennes, Pontoise y Éragny, pero también ciudades como París, Londres, Rouen, Dieppe y Le Havre, pues, aunque su obra se asocie habitualmente a la vida rural, a la que dedicó más de tres décadas, en sus últimos años se trasladó al medio urbano, y su producción de entonces está dominada por las vistas de ciudades. Las dos últimas salas están dedicadas a los paisajes urbanos que pintó en la década final de su vida: sus numerosas vistas de las ciudades citadas. Veamos el recorrido siguiendo la reseña de Hoyesarte:

“Tras una introducción en la que se exhibe una autorretrato del artista fechado en el año en que murió, así como una paleta donde pintó una escena campestre combinando los colores del arco iris, la exposición se articula en orden cronológico en función de los lugares en que vivió y trabajó, con especial atención al paisaje, género que domina en su producción. En este recorrido adquiere especial importancia la estancia en Louveciennes, desde 1869 a 1872, donde Pisarro inventó el impresionismo «codo con codo» con Monet. A continuación, se muestra la obra realizada en Pontoise, 1872-1882, donde el dialogo fundamental lo mantuvo con Cezanne. Junto a sus paisajes se exhiben dos bellos retratos de su hija y de su mujer.” Para mi gusto en estos retratos, que yo llamaría cualquier cosa menos “bellos”, no se acerca ni de lejos a los de Renoir.

“La siguiente etapa es la que vivió en Éragny, 1884-1903, pueblo más pequeño, a dos horas de París, que supuso «el declive de su paisaje rural. Tiene ya problemas con la enfermedad ocular que padecía y empieza a mirar las ciudades. Hay un descenso de la innovación pictórica, son paisajes muy bonitos pero más limitados, menos ambiciosos», según Guillermo Solana, el comisario de la muestra.

En 1885, con los jóvenes pintores Seurat y Signac, crean un nuevo método para prolongar la investigación impresionista. Su deseo de renovación le conducirá a experimentar con el neoimpresionismo o «puntillismo», que no obstante terminará abandonando hacia 1890. En la exposición solo hay un cuadro propiamente de este estilo; particularmente es el que más me gusta de Pissarro.

Para finalizar, se han situado las vistas de las ciudades, «en las que hace un trabajo más experimental» y por las que apuesta en sus últimos años. Entre estas se encuentra ‘Rue Saint-Honoré por la tarde. Efectos de la lluvia’ ”.

Efectivamente, este cuadro y el del Boulevard Montmartre son quizá los que más me han gustado de toda la exposición. Pero como paisajista, prefiero a nuestro Martín Rico, del que vimos -y comentamos en estas páginas- en febrero pasado, una estupenda muestra en el Museo del Prado, en el edificio de los Jerónimos. Pissarro y Martín Rico son coetáneos, el primero tres años más joven, y muere cinco años antes que el español.

Hasta que se trasladara a Venecia, durante muchos años trabajó Martín Rico en París donde contactó con destacados artistas europeos e internacionales, entre ellos el propio Camille Pisarro, y Daubigny, paisajista francés de la escuela de Barbizon. “El perfil cosmopolita de Martín Rico -decía Hoyesarte.com- hizo que sus obras tuvieran mayor éxito fuera de España por lo que, con la excepción del Prado, es un pintor poco representado en las colecciones institucionales de nuestro país”. En cambio disfrutó de gran reconocimiento en Estados Unidos, donde el Meadows Museum de Dallas tiene bastantes obras suyas, y ahora ofrece, trasladada, la monográfica que le dedicó el Museo del Prado.

Aunque se le considera pionero en la introducción del paisaje realista en nuestro país, lo cierto es que fue muy influenciado por los impresionistas franceses, especialmente por Pissarro, y yo encuentro en su pincelada las perfecciones de síntesis que no aparecen en la mayoría de los paisajes de Pissarro. Pero así se escribe la Historia.

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8253/8960831898_0dbaf80a7f_o.jpg
http://farm8.staticflickr.com/7391/8960832080_e482a2fe41_o.jpg
http://farm9.staticflickr.com/8255/8663242989_2c77886fc6_b.jpg

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